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martes, 10 de mayo de 2016

Mi primera lista VIP

Alguna vez me tenía que pasar. Les pasa a todas las blogueras con glamur. 

Que un día te levantas con estos pelos y en tu bandeja de entrada tienes un email en el que te piden tu nombre para invitarte a una fiesta VIP (léase biaipi).





Y te toca salir del anonimato, no les vale que digas que eres La Hipster o Lajis. Quieren hasta el apellido.

En el chiquipueblo estas cosas no me ocurrían. En el chiquipueblo no hay fiestas biaipi.

Pero en Madrid, en la granciudad, es otro tema. A diario hay eventos de esos en los que te invitan a gintonics del bueno, con camareros guapos y chicas monas, en localizaciones increíbles, como efectivamente y festivamente fue el caso de la reinauguración del NH Nacional. 

Para los que seáis como yo chiquipueblerinos y no sepáis de qué hotel os estoy hablando, quizá esta imagen del esquinazo de la calle Atocha con el Paseo del Prado os diga suficiente. 




No os voy a engañar, no sabía que este fue el tercer hotel en abrir sus puertas en Madrid, en 1925, cuando todavía circulaban tranvías por las calles y los cercanos Ritz y Palace ya alojaban desde hacía algunos años a los viajeros pudientes.




Tampoco tenía idea de que había cerrado en un par de ocasiones y aunque habré pasado por delante decenas de veces en los últimos meses, no había reparado en el uso del edificio. 

Aparecí por la fiesta sobre las ocho de la tarde con mi nombre como contraseña. Pude disfrutar de un cóctel de escándalo, música en directo, barra de gintonics y buena compañía. Risas, muchas risas, y la suerte de estar en un lugar tan privilegiado, con vistas, en pleno centro, como a mí me gusta. 

Es un poco mierder que por trabajo no me aloje nunca en Madrid, y por ocio me sabe mal gastarme los euros en pasar una noche de hotel tan cerca de casa, porque desde luego me parece una opción más que recomendable: localización excelente, bien comunicado, a escasos metros de la estación de Atocha, edificio representativo, instalaciones renovadas y cocina de calidad. 

Cuando sea rica y famosa, de mayor, pienso hacer dos cosas: ir a saraos de lunes a domingo y alojarme en los hoteles míticos de mi barrio, así, para probar y dar una opinión fundamentada. 

Va a ser lo más.




miércoles, 3 de febrero de 2016

Cabeza de Calabaza, una tienda de sombreros molona en Malasaña


No soy para nada fetichista. 



Aunque tengo predilección por algunos objetos. Me encantan mucho los zapatos, no es que sea una loca que coleccione sin ton ni son, porque no me da el mierdasueldo más que nada, pero siempre, siempre, compro zapatos de piel "buenos": los que tienen tacón los guardo en su caja bien empaquetaditos y, ¡ele!, al armario a la zona de nunca poner (y menos ahora que necesito calzado cómodo para patearme Madrid) y los de sin tacón, los planos, planísimos, a machacarlos hasta que ya no haya por dónde pillarlos o la fascitis plantar los destierre de mi vida. 

Lo mismo más o menos me sucede con los bolsos. Grandes y de piel, no admito variantes. Excepto un bolso chiquitín que acabo de rescatar y era de mi madre, calculo que comprado en el año 1996 (repite conmigo, vintage, vintaaaaage), que siempre me había parecido viejuno y ahora me encanta con sus hebillas doradas. Definitivamente, me estoy haciendo mayor. 

Y los relojes de hombre. Me quedo embobada mirando los escaparates de las joyerías y me pirran los de esfera grande, plana, blanca, con correa de piel. Vamos, el reloj de caballero de toda la vida de Dios, el de abuelo. 

También me flipan las gafas. Las de sol, las de ver y las pixeladas. 

Vamos ya, a quién pretendo engañar, que soy una fetichista de manual.

Y dentro de mi fetiche, hay dos prendas que me trastornan. Las capas y los sombreros, todo muy barroco. 

Capa no tengo ni he tenido. Creo que no cuenta como capa el poncho de rayas que olía a llama de mi adolescencia. Otro día os hablaré de él en más detalle. Ahora bien, el sombrero, ¡ay, mi sombrero! Pero cómo me gusta que hayan vuelto a ponerse de moda y se vean por la calle de todas las formas y tamaños.

Ya iba yo fijándome en el hipsterio de la granciudad, que las chicas monas llevan su sombrerito, y se me antojaba uno. Y apareció el parejo por mi 31 cumpleaños y entre los pre-regalos que se marcó, me cayó un vale de regalo por un sombrero de la tienda más molona, Cabeza de Calabaza.



Cabeza de Calabaza está en la Calle Palma, en pleno barrio de Malasaña. La dueña del negocio se llama Irene, y es mas maja que las pesetas, siempre se está riendo. Y a lo que se dedica Irene es a hacer sombreros y tocados a medida de sus clientes. No os vayáis a pensar que son sombreros normaluchos, grises y anodinos, qué va, son de los que te para la vecina cuando te ve para decirte qué guapa vas (basado en hechos reales). La personalización es absoluta: puedes escoger el tipo de sombrero, la tela, el color, la decoración...e Irene se encarga de tomarte las medidas y de confeccionar el sombrero a mano. 



 

Siempre había pensado que mi primer sombrero sería uno estilo años 20, supongo que influenciada por la imagen de Angelina Jolie en El Intercambio. Sin embargo, me decanté por un modelo bien diferente, un sombrero floppy mucho más sesentero, así de ala ancha y ondulado. 


El mío es en color topo y con una trenza como adorno, y me tiene enamorada perdida. A mí y a todo el que me ve con él, no os imagináis cuántas personas me han preguntado qué dónde lo que comprado, porque es precioso. 

Así que, mi recomendación: un día de estos de malasañear, aprovechad para visitar el taller de Irene y probaros alguno de los sombreros que tiene. 

Si os resistís y salís de la tienda con las manos vacías, me lo contáis. Que no me lo creo. 

martes, 12 de enero de 2016

De mayor me pido vivir aquí

Acabamos de terminar la reforma de El Escorial. 

Miento, no la hemos terminado. A ver, a ver, que mire un momentín a mi alrededor...Ajá, a mi izquierda un par de puertas apoyadas en la pared, varias cajas de mudanza, dos muebles apilados (ambos a la venta en Wallapop, chatos, oferta irrepetible), y de frente una pared con azulejos que me hacen la ola y salpicada de defectos de pintura.

Y eso que llevamos 7 meses y medio en el piso. ¿Qué nos está pasando? Señor, ¡ten a bien acogernos en Tu seno!

Pero como estoy refatal, y la vena masoca sale cuando quiere, que yo no la vengo controlando, ya estoy pensando en mi próxima aventura inmobiliaria. La de la otra vida, cuando acabe con la hipoteca a 30 29 años de mi humilde morada actual y el Señor tenga efectivamente a bien acogerme en Su seno. 

Entonces, desde las alturas, me reencarnaré para regresar al mundo de los mortales y con la experiencia acumulada en esta mi primera existencia, y la certeza de que las deudas prescriben en el lecho de muerte (¿verdad, verdad?), iré a estos cuatro pisitos de Madrid y haré a los propietarios de los mismos una oferta indecente, que no podrán rechazar. 

Es un plan infalible. 

Eso, o la suerte me compensa en vida en forma de multimillones. Todo puede ser, chatos, yo nunca pierdo la esperanza. Soy más bien de percutir.

Total, que en mi vida hipster futura, no me movería yo del distrito centro de la granciudad ni de coña, palabrita del ñiñojesús. Aunque sí pediría un hogar algo más amplio (sin exagerar tampoco, no sé, entre 180 y 250 metros está fetén, que luego hay que pasar el mocho y es un rollo), más luminoso (estoy pensando en una terracita de ná, 50 metritos o así, que me quepa el macetohuerto que tenía en el chiquipueblo y una mesa y sillas para seis; orientación oeste para disfrutar el atardecer gintonics en mano ya se considera un plus, si es que yo de siempre he sido muy conformista) y en una finca de esas que tienen puertas para que entren carruajes, en un enclave especial. 

Para que os hagáis una idea de lo que hablo, les tengo echado el ojo a estos cuatro pisos en concreto (las fotos están tomadas en diferentes momentos de mi paseos por Madrid, no pongáis atención a la calidad artística, por favor):


1. El último piso de este edificio que sobresale en una de las aristas de la Plaza de Santa Ana. El de arribota del todo, el de los balcones ovalados que suele tener las luces encendidas por la noche. Sí, os vigilo. ¿Quién tiene tantísima suerte de vivir ahí? 
(La foto está tomada desde la cafetería de la planta baja del hotel Meliá y los puntitos que se ven son gotas de lluvia en el cristal).



2. Volvería a disfrazarme de princesa si fuera necesario con tal de ocupar lo más alto de la más alta torre de esta finca con vistas al Retiro en la calle Alfonso XII. ¿Que los muebles no encajan bien en las estancias redondas? A mí, plin, le pido un crédito basura a Cofidis y me pillo unas cuantas estatuas art déco para rellenar la sala y tan pichi, oiga. Me siento en un diván, me pongo una ópera mientras leo poesía con el gato acostado en mi panza, y a contemplar mis estatuas y ver a los runners echar los higadillos. Planazo. 


3. Esta fachada, en la calle Barco número 21, me vuelve loca. Si estoy paseando por el barrio, cambio la ruta con tal de pasar por delante. En más de una ocasión he estado tentada de llamar al telefonillo y pedirle por favor, por favooooor a quien habite tan bello lugar que me deje cotillearle la choza. Esos balcones acristalados, ay, qué bien me vendrían para mis orquídeas. 


4. Y, por último, un dúplex. Nada ostentoso, ¿eh?, no se vayan a creer. Algo con gusto, así, ático más mirador en la Plaza de Ramales, con vistas al Palacio Real para soñar despierta. Cuántas veces en mi vida habré pasado por delante y nunca me había fijado en este edificio. Lerder que es una. Ahora no me lo quito de la cabeza. Qué maravilla. Por el dichoso mirador no esperaría yo a la vida reencarnada, qué va, si pudiera hipotecaba esta, la reencarnación primera y las venideras, hasta que el karma haga que me convierta en chinche y me dejen de conceder créditos. Y cuando sea chinche, me colaría por una rendija de la ventana. Hasta la eternidad.

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Desde aquí, hago un llamamiento: si alguno de los habitantes de estos pisitos está así como harto de las desventajas (yo qué sé, lo típico, que no puede tender las bragas a gusto porque sus vecinos son muy de postín y le escudriñan a ver si el encaje es bueno o del H&M y con ese estrés empieza a tener problemas para dormir), que contacte conmigo y planteamos una multipropiedad de esas que están tan de moda. 

¿Vosotros también os fijáis en las casas en las que os gustaría vivir? ¿O va siendo hora de que me revise la medicación?

martes, 21 de julio de 2015

Un domingo cualquiera

Me he pasado con la modernez. 

Es la calor, que no me deja pensar con claridad, y así nos va, que te despiertas un domingo a una hora prudencial, de esto que el parejo se pone perezoso para ir a por el pan para las tostadas mientras la menda se da una vuelta más en la cama y cierra el ojo con la esperanza de dormir diez minutejos extra, y al final resuelves que sin pan no hay desayuno, y que total, ya que nos ponemos, si hay que salir, pues en vez de ir a por pan nos acercamos a la Casa de la Torrija que es un paseo de nada y ele, nos homenajeamos con una torrija en pleno mes de julio y que nos quiten lo bailao, majos. Es lo que tiene vivir en la gran ciudad, que hay torrijas en julio.

Estamos fatal de lo nuestro. Y la Casa de la Torrija cierra los domingos, que parecemos nuevos.

Que no cunda el pánico, habrá un plan B en pleno centro. Con un poco de suerte, encontramos sitio en la novena del Cortinglés de Callao y disfrutamos de las vistas. Pues sí, sitio habría, pero a partir de las 11:00 h que es cuando abren los domingos. Y nos rugen los estómagos y falta media hora. 

Venga, crucemos la Gran Vía y buscamos otro sitio por Malasaña. ¿Dónde, dónde podemos desayunar, coñe, que en el chiquipueblo había dos bares pero aquí no nos aclaramos?

Y aunque no es el mejor momento, aunque nos hemos lanzado a las calles sin ducharnos siquiera, aunque tenemos las legañas pegadas al ojo y pintillas zarrapastrosas y pocos ánimos pal amooooooor, se nos ocurre que hemos leído por ahí que la cafetería del Museo del Romanticismo (C/ San Mateo) está muy requetebien y para allá que vamos.

Y el Museo del Romanticismo nos recibe con esta estampa.



Y, efectivamente, está muy requetebien. Una tarta de frutos rojos que quita el sentido, un jardín con hortensias en flor, unos camareros simpáticos, un oasis en pleno centro. Diez euros exactos la cuenta para dos.

Me cambia la cara, se me quitan las penas. Esto es empezar bien el día. Ni legañas, ni pintillas, el parejo y yo estamos güenísimos, hombre ya. 

Nos venimos arriba. La gran ciudad es lo mejor que nos ha pasado. ¡Qué vivan los domingos y las fiestas de guardar! A la tarde nos tocará currar como borricos en las obras de El Escorial de nuestro piso que no se acaban nunca, pero por la noche podemos irnos al Cine Doré, que echan una de miedo de los 80.



¿De miedo? Una de la Toston Pictures que nos tragamos, como diría el parejo. De esas sin banda sonora ni na, nosotros que llevábamos las patatuelas en la mochila para ronchar un poco durante la sesión. Nos habrían chistado fijo.

Lo dicho, nos hemos pasado con la modernez.

Pero no quiero el chiquipueblo de vuelta ni regalao. 

lunes, 11 de mayo de 2015

Mis gafas de famosa

Para los regalos soy la leche, muy especialita, y ya si se trata de que me regale el parejo, agarrarse los machos toca. Mira que lo pongo fácil, que tengo una wishlist compartida, en la que hay un poco de todo lo que me mola del hipsterio, desde jabones handmade hasta libros de los de pensar. Pues nada, no hay forma, el parejo se empeña en que un regalo es un regalo y, por tanto, no tengo derecho a decidirlo. El derecho es suyo a elegir lo que le salga de los mismísimos y cagarla hasta el fondo.

En estas estamos, cuando a finales de 2014 el calendario señala que cumplo 30 castañas. El parejo se lo estaba temiendo desde forever mínimo. Y a pesar de eso, le puede su hombría, así que a pecho descubierto, opta por pasarse la wishlist por el arco del triunfo y comprarme lo que le venga en gana. Eso es valentía, señores, no lo repitan en sus casas.

Y el día de mi 30 cumpleaños, después de un desayuno en el que parte del menú han sido las uñas y los pellejos que me muerdo pensando en qué idea peregrina habrá tenido el colega para regalarme, aparece con cara de icono de Whatsapp de angelillo inocente y una bolsa de la óptica L'Atelier en las manos. Está claro que este año no me han tocado los jabones handmade.


Me abalanzo sobre el paquete y descubro un estuche molón de color blanco. Lo abro sin paciencia y saco las gafas de sol más bonitas que he visto en mi vida: el modelo Manhattan de Oliver Goldsmith, en color rojo oscuro y cristales grises, ¡exactamente el mismo modelo que lució Audrey en la épica Desayuno con Diamantes! Mientras una parte de mi cerebro calcula con rapidez el posible precio de semejante objeto de deseo (es un efecto secundario de ser hipster de extrarradio, que te puede la parte tacañona), la otra da saltitos de alegría inconmensurable. ¡Joder, esto sí que es un regalazo, no puedo ser más afortunada!



Entre abrazo y abrazo, besos, gritos, el parejo intenta explicarme que hay que volver a la óptica a graduarlas (además de extrarradio, soy miope, eso para el hipsterio está fetén, porque mis gafaspasta no son de palo, señores) y que "ya está to' pagao', chati". 

Me falta tiempo para salir escopetada a L'Atelier, la óptica más chula en la que me han visto el pelo. Están en la calle Moratín, en el barrio cultureta por excelencia de Madrid, el Barrio de las Letras (metro Antón Martín). Tienen un local precioso, donde atienden dos chavales a cual más majo y profesional, que lo mismo te gradúan la vista, que te dan palique,que te aconsejan sobre el diseño de montura que mejor le sienta a tu careto. Y no te aconsejan cualquier cosa, no te creas, porque en L'Atelier no tienen RayBan ni marcas mainstream: si lo que buscas son unas gafas de calidad, y de diseño del bueno, has dado en el clavo. 

Yo, desde luego, estoy encantada con mis gafas de famosa. Me quedan genial y llaman muchísimo la atención, la gente me suele preguntar por ellas y orgullosa les cuento su historia. Espero que me duren años y años, y parejo, tú que me lees, has puesto el listón altísimo para los 31, en diciembre nos vemos, chatungo.

jueves, 30 de abril de 2015

Una tarde en el matadero

Una tarde en el matadero era exactamente mi idea de la primera cita del parejo y yo en la consulta de infertilidad. Pero hoy no vengo a hablaros de este tema, sino de un plan genial para hacer un finde cualquiera de estos: visitar Matadero Madrid. 






Matadero Madrid mola un puñao, así os lo digo. Para mí, es un ejemplo de transformación de espacio obsoleto, una maravilla de aprovechamiento cultureta para el barrio en unos edificios  preciosos. No como la barbaridad que han hecho en la antigua Estación del Norte, ahora Príncipe Pío, donde plantaron un centro comercial horroroso y anodino, uno más de tantos, en un lugar donde casi cualquier otra iniciativa habría sido más que bienvenida. Cosas de la sociedad de consumo. 

¿Qué puedes esperar en tu visita a Matadero Madrid? En primer lugar, estás al ladito de Madrid Río, ese parque lineal estupendo a orillas del Manzanares, cuyas obras sufrieron los habitantes de la gran ciudad con un estoicismo increíble, y que hoy es un sitio guay para ir en familia o con amigos, o como más te dé la gana. Así pues, Matadero Madrid puede convertirse en una parada en tu paseo, andando o en bici (más que nada porque dudo que te dejen pasar dentro de los edificios en patines).

Una vez en el recinto, tienes exposiciones (cuando yo fui estaban las Guerrilla Girls, que como su nombre indica son unas chicas guerreras que reivindican la presencia de las mujeres y las minorías en el mundo del arte, y había otra con un ladrillo de la cárcel de Carabanchel y otra más con imágenes y sonidos del planeta Tierra; ya os avisé que Matadero era muy cultureta), sala de teatro y de cine, un par de bares (uno de ellos con terraza), unas salas creativo-colaborativas para que los emprendedores y diseñadores se reúnan a contarse sus cosas rollo San Francisco style, y una explanada exterior enorme con chavalería haciendo el cabra. 

Además de eso, está la Casa del Lector, que el día que yo fui estaba cerrada, pero en la que organizan eventos y talleres relacionados con la lectura. También en la entrada, vi unos carteles en los que se anunciaban las actividades programadas, y había muchas para hacer con niños.

Vamos, que es completito que no veas y la diversión está asegurada para todos. Ojalá aquí en el chiquipueblo tuviéramos algo parecido, pero qué va, aquí con programar clases de macramé a las 11h de la mañana se quedan tan panchos.




jueves, 23 de abril de 2015

Un sábado en el mercado de Antón Martín

El sábado pasado tuve que pasarme por las obras de El Escorial de mi piso a supervisar la colocación de los azulejos. Señores, esto es así, cuando llega la hora de poner azulejos, los albañiles, que son seres de sabiduría ancestral, prefieren que la hipster de turno se pase a comprobar que las cosas se hacen a su gusto, que luego deshacer y volver a hacer sienta de culo. Las obras sacan todos los estereotipos de género.

Total, que después de comprobar que la alineación y el reparto de colores de los revestimientos estaban claros, había quedado con una amiga treintañera como yo para ir a desayunar a El Azul de Fúcar y dar un paseín por Lavapiés.

Yo tenía muchas ganas de conocer el mercado de Anton Martín, porque a mí los mercados de toda la vida me encantan, no hay nada como que te atienda el pollero: "¿qué te pongo, chata?" Mmm, cuánto lo he echado de menos en el chiquipueblo, que aquí lo más que hay es una pollería/carnicería/charcutería todo revuelto y unos precios que no me extraña que la gente huya a Mercadona.





¡No os hacéis una idea de la alegría que me llevé! El mercado de Antón Martín es un mercado chulísimo, con los puestos de toda la vida, el género expuesto y sin empaquetar, la gente, muy variada en pintas y generación, haciendo cola con los carritos de la compra... y muchos detalles molones: las floristerías de la primera planta (con su paniculata y runúnculos), el rincón de comida eco y herbolario, algunos puestos de arte y decoración, y los cafecillos y bares. Me llamó  la atención un japonés que tenía bastante afluencia. Y luego el espacio que tenían para que la peña pudiera conectarse a internet y trabajar un ratito en medio del bullicio y del jaleo. 

Alguien (poco informado, por lo que se ve) me había metido el miedo en el cuerpo y me había advertido de que era carísimo, que no era un sitio para hacer la compra de frescos semanal ni mucho menos. Hombre, no sé yo, nosotras dimos una vuelta bastante rápida y no tuve tiempo de detenerme con atención, y además aquí en el chiquipueblo los precios son de morirse del susto, pero me parecieron razonables. 

Vamos, que a mí el mercado de Antón Martín me parece un planazo para el viernes por la tarde o el sábado por la mañana: te coges el carrito de la compra, te plantas en Lavapiés que ya de por sí es un barrio que tiene un puntazo, inspeccionas los puestos con cariño, seleccionas los que te gustan, haces la compra semanal que es productivo y eso, y para terminar, te pegas un homenaje y te tomas una cañeja o el vermú allí mismo. 

Y vuelves a casa más feliz que un regaliz y dejas la nevera llena, que eso da un gustazo... Igualito que el Mercadona, oye.



domingo, 5 de abril de 2015

Magasand, unos sándwiches bien buenos

Ahora que vamos a vivir cerca del Retiro, estamos el parejo y yo encantados de redescubrir este rincón madrileño y aprovechar los rayos de sol primaverales, cual lagartijas (o lagartonas). 

El caso es que mientras nos decidimos a comprar una cesta de picnic de esas profesionales de mimbre, con sus platos, sus cubiertos, su mantel de cuadritos y su par de copas (sí, qué pasa, nosotros nos imaginamos haciendo picnic al estilo peli francesa, con nuestro vinito y todo, confiamos en que no nos detengan por botellón a estas edades), nos hemos iniciado en las artes campestre-urbanas de una forma un poco menos casera. Vamos, que hemos ido a un restaurante que prepara sándwiches para llevar y nos los hemos comido tan ricamente en el césped mirando hacia la Puerta de Alcalá (mírala, mírala).

¿Cuál es ese restaurante? Pues, señores, es Magasand. Tienen dos locales, y uno de ellos, el de la calle Columela 4, está al lado del Retiro, lo que lo hace más que conveniente para acercarse, pedir para llevar y disfrutar tumbados en la hierba.




A pesar de que no es tan idílico como aparecer en el Retiro con la cestita de mimbre cual Caperucita, tengo que decir que los sándwiches están buenísimos. Nosotros pedimos un Spicy bonito, un Manhattan y otro que no encuentro en su web, pero que juraría que se llamaba Currito, de pollo al curry. Los tres muy sabrosos. Acompañamos para beber con un zumo de piña, manzana y menta para mí y un smoothie para el parejo (que siempre lo pronuncia "esmuti" y consigue que también siempre me entre la risa cuando le oigo) y, por supuesto, postre: una tarta de queso con dulce de leche que nos pareció lo mejor. 

Precio: unos 26 euros por todo. 

Detalle: ahora entrando en su web, veo que alquilan las cestas de picnic, así que podríamos haberlo hecho con mucho más glamour, dónde va a parar. Ay, qué principiantes somos. 

Hoy, domingo, brilla el sol, y repetimos plan. Nos vamos a hacer una comida-merienda al Retiro, casera esta vez. Yo me ocupo y el menú será el siguiente (por si sirve de inspiración a alguien que ande a estas alturas sin saber qué hacer con su vida):

  • dos sándwiches con pan integral de semillas: uno de bacon frito, dátiles, tomate kumato y mostaza. El otro de atún, huevo duro, aguacate y mayonesa. 
  • dos sándwiches de pan blanco: uno de queso ahumado con nueces, rúcula y tomate kumato, el otro de queso de untar, palitos de cangrejo y eneldo. 
  • para beber, un zumo de cítricos, con naranja, mandarina, limón y pomelo.
  • de postre, unas fresas cortadas con azúcar.

¡Buen provecho y a disfrutar de la gran ciudad!

miércoles, 1 de abril de 2015

El Azul de Fúcar

Ahora vamos mucho más a menudo a la gran ciudad, a supervisar nuestras particulares obras de El Escorial del piso, y cuando estamos reventados o no son horas para molestar a los vecinos con taladros y demoliciones, aprovechamos a dar un paseo por el centro. 

El parejo y yo hemos descubierto un sitio súper hipster, con un ambiente muy selecto del tipo gente escribiendo partituras en la barra, y lo más importante, una tarta de zanahoria que te mueres de rica. 

El sitio en cuestión es El Azul. 


El Azul está en la calle Fúcar, en el Barrio de las Letras, entre las calles Atocha y Huertas, metro Antón Martín. 

Dicen que la comida está muy bien, no lo puedo corroborar. Nosotros empezamos por lo más importante, que es el postre, y la verdad es que merece la pena y no es muy caro. Creo que la ración de tarta estaba en el entorno de los 3 euros y el café lo hacen con espuma. Mmmmmm...

Además, la decoración es modernita, de la que se lleva ahora, esa que no ha llegado aún al chiquipueblo: las sillas cada una de su padre y de su madre, libros, lámparas háztelotúmismo con redecillas de coladores... Muy chulo y acogedor.



En fin, que volveremos. Para comer, para un cafetito con acompañamiento, o para una merienda o desayuno. 

Si aún no tenéis planes para estos días de fiesta y, como nosotros, no salís de viaje, El Azul de Fúcar es un buen plan de mañana o de tarde.

A ver si nos vamos ya pronto a la gran ciudad, que el chiquipueblo está de un soso...