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jueves, 31 de agosto de 2017

La mañana en que me topé con un ángel

No había reparado en la fecha hasta que vi los resultados por la noche. Había vivido el tratamiento como si la cosa no fuera demasiado conmigo, total, lo que quisiera que fuera a ocurrir estaba fuera de mi control y desde el albor de los tiempos he sido una ceniza, pocas experiencias previas me hacían presentir un éxito. Entonces, ¿para qué preocuparme en exceso?



Y mira qué casualidad, aquella mañana me topé con un ángel. Saqué mi numerito de la máquina después de meter el DNI y me sorprendió la cantidad de gente que tenía por delante a pesar de haber llegado tan temprano. Agarré a J. de la mano y le confesé que estaba un poco nerviosa. Cada vez que sonaba el ruido sordo que indicaba un avance en la lista de pacientes a la espera, pegaba un brinco en el asiento. Por fin, mi turno. Entré sola a la zona de extracciones.

-  ¿Vienes a hacerte una beta, verdad? – me preguntó la enfermera después de confirmar mi nombre y apellidos.

Me derrumbé. Todo lo que no me había derrumbado en los casi dos meses anteriores mientras me tomaba pastillas al principio y me pinchaba cada día, a las once en punto de la noche, después. No articulaba palabra. Fue escuchar “beta” en boca de otra persona y romper a llorar, sin explicación aparente, sin saber qué coño hacer en medio de esa fila fría de personas abriendo y cerrando las manos mientras se llenaban, con disciplina, los botecitos de sangre.

-   Sí- acerté a decir. Y no podía parar de llorar, discretamente, sin escándalos, haciendo lo posible por retener la presión acumulada desde la primera noche en que las inyecciones empezaron a picar en serio y ver a J. preparando la medicación ya no me hacía tanta gracia – Perdóname, de verdad, es que tengo hoy tengo muy mal día.

-    Pero, ¿por esto? – dijo señalando la pantalla del ordenador donde se leía el tipo de análisis que había que hacer y la mesa con el instrumental preparado.

-    Sí, por esto- solté un poco de aire y me froté los ojos- Es que no es nada fácil.

Aunque me lo había parecido, joder, me había parecido relativamente fácil. Había sido capaz de pincharme sola, sin ayuda, sin casi quejarme, excepto una vez, solo una, que iba pasillo arriba y pasillo abajo refunfuñando con los puños apretados porque ya me sentía bastante hinchada y sensible y hasta las pelotas y no me veía con fuerzas de empezar con la otra medicación y meterme dos inyecciones para el cuerpo a diario. Apenas tuve efectos secundarios en la estimulación, no me los quise permitir. Estuve tranquila en la punción, a pesar de ser la primera anestesia general de mi vida y de despertarme muy angustiada cuando me cambiaron de camilla, aún en el pequeño quirófano, antes de tiempo y pensando que había un terremoto y que yo no podía salir del hospital porque estaba anestesiada y me iba a morir allí. El propofol del que todo el mundo habla maravillas y yo con el corazón a mil y un nudo enredado en la boca del estómago. Ese fue el único día de bajón, la punción, cuando nos confirmaron que solo habían extraído seis a pesar de que el médico veía buena evolución y apenas tres días antes había contado unos catorce folículos de buen tamaño. Parece ser que casi todos estaban vacíos, nunca lo supe a ciencia cierta, los informes estaban incompletos y no se prodigaron demasiado en explicaciones. Tampoco me quejé mucho de los dolores posteriores ni me decepcioné profundamente cuando a la mañana siguiente, en la oficina, entré un momentito a ver el informe y supe que de los seis, solo cuatro eran maduros, y de los cuatro, solo dos habían fecundado y nos los jugábamos todo a una carta.

Lo demás había ido rodado. Nos reímos juntos en la transferencia cuando nos tocó cambiarnos y ponernos los gorros, las batas, las pantuflas, esas verde hospital. Nos volvimos a reír cuando el médico nos confirmó que íbamos adelante con los dos, que uno era A, muy bonito, y otro B. Muy bonito, dijo. Y ya no sabíamos cuánto más reír cuando se asomó por el ventanuco el tipo del laboratorio mientras yo estaba en el potro despatarrada y me llamó por mi nombre, para corroborar que no había ningún error. Qué surrealismo todo. En menos de dos minutos estaba hecho, la punta de la cánula brillando en el ecógrafo, mucha suerte, y media hora escasa de reposo en la que comentamos lo genial que hubiera sido que esto nos hubiera ocurrido en una noche loca en Ibiza.

Aquel día volví a casa feliz como nunca. Le decía a J. que no importaba lo que pasara después, que yo estaba preñada al menos por 24h y era estupendo. Se oía música desde mi ventana, Decoracción en el barrio, yo perdí como manda la tradición el concurso de balcones. El resto de la espera la llevé con dignidad. Ni una lágrima, sin ansiedad exagerada, a veces el miedo de que, si no salía, habría que comenzar de cero porque no teníamos ni un congelado. Y entonces sí me pesaban los pinchazos de las once. En apenas una semana había perdido casi toda esperanza, no sentía nada especial, mi cuerpo inerte se comportaba igual que en un ciclo cualquiera. No quise hacerme ningún test de farmacia, anticipaba aterrorizada un nuevo blanco nuclear: aguantaría hasta el día oficial, a última hora para estar con J., cuando publicaran los resultados en la web del hospital, como quien mira la última nota del examen de la carrera.

La enfermera preparó los utensilios y me dio la mano, con suavidad, mientras en el otro brazo me introducía la aguja y la sangré comenzó a brotar. Inspiré fuerte, seguía llorando, y ella no soltó en ningún momento mi mano.

Cuando terminó, le puso la pegatina al bote. Me miró con muchísima ternura y se despidió:

-   Yo, hoy, te voy a dar suerte.


Y el día 23 de junio, por la noche, la noche de San Juan, mi primera beta dio positiva. 

domingo, 18 de junio de 2017

Ojalá

Yo antes me pintaba las uñas. 

Ahora ya no. Ningún color me viene bien. 

Ojalá hubieras llegado cuando las tardes eran largas y yo soñaba y me agobiaba por tonterías. Vivíamos en un pueblo pequeño, en una casa con dos plazas de garaje y una terraza grande en la que pegaba bien el sol, con orientación oeste, para ver atardecer. Salíamos a pasear al campo, alguna vez intenté correr. Íbamos a ver a los caballos y hablábamos mucho de ti. Teníamos un dormitorio con una cama, pintado de verde, y un despacho en el que las orquídeas siempre echaban flores. En el salón había una estantería llena de cuentos. 




Los primos aún eran canijos y empalagosos, me llamaban "tialauri" todo junto. No me dolía no tener raíces. Estudiaba por gusto y se me daba muy, muy bien. Pensábamos en ahorrar para permitirnos ciertas cosas cuando estuvieras aquí. Discutíamos por dónde pasar las fiestas de Navidad. Me encantaba ir a ver tiendas de juguetes de madera. Vivía con intensidad los primeros embarazos del grupo de amigos, lloraba cuando llegaba a casa y le daba la turra a parejo, pero también me hacía ilusión saber y pensaba que pronto tú también serías. 

Una tarde me puse muy triste y le escribí a parejo un email. Le dije que me perdonara, que es que quería mucho que te acurrucaras entre nosotros en el sofá. Y que me aterraba la idea de que no pudiéramos tenerte. Creía que era una de las peores noticias que podían darme, porque cuando era chiquitita a veces contaba hasta cinco y pensaba "si no me da tiempo a doblar los calcetines antes de terminar de contar, es que no voy a tener hijos". Y no siempre era tan hábil. 

Cinco meses después nos dijeron que seguramente no vendrías a menos que pasáramos por complicados tratamientos. Nos acabábamos de mudar a un barrio céntrico, ya no teníamos ni terraza ni siquiera sofá, y nunca saqué los cuentos de su caja. Me despertaba llorando casi todas las mañanas. Me miraba en el espejo y me ponía a llorar. Así un año entero. 

Ahora voy mucho al cine, si puedo, cada miércoles. Nos tocaban todos los sorteos y nos pasábamos la vida en el Lara. Salimos a menudo a tomar un vermú o a cenar japonés. Hemos puesto Netflix, vemos series antiguas y cojo películas de la biblioteca. Dejé de estudiar. Tengo un trabajo con más responsabilidad y en el que viajo más lejos, que me llena regular y me absorbe demasiado. Probé con el teatro, pero me removía por dentro y no pude. Los viernes por la tarde son para mí: voy a yoga y a última hora hago un dulce casero. Estoy volviendo a leer de noche en la cama. Hay días en los que improvisamos y salimos temprano de casa y nos dan las mil por ahí. Aún vienen algunos amigos a jugar juegos de mesa y pedimos pizza y nos reímos. 

He reconstruido una vida sin ti. Temo que no quieras venir porque pienses que no encajas. Ya ves, todo por contar demasiado rápido de niña. 

Ojalá hubieras llegado cuando aún me pintaba las uñas.





miércoles, 24 de mayo de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte II)


Yo me prometí en lo más hondo que jamás de los jamases iba a volver a escribir sobre infertilidad. Digna, dignísima, así como subiéndome las gafas de sol y dándole una vuelta más al foulard, con desdén y absoluta suficiencia, mirada por encima del hombro. Vaya, vaya…




Seguro que podría sacar muchas más de 10 cosas de cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida. No busco hacerme la víctima ni autocompadecerme, con contaros 10 cositas de ná me conformo, aunque tengo una pulsión intrínseca hacia el drama y la destrucción, lo reconozco: peco de pensamiento, palabra y obra.

Al terminar la anterior entrada se me quedó un regusto muy amargo, y es que exageré un poquito: confieso que hay una persona a mi lado que intenta con toda su buena fe y amoool sostener ese paraguas cuando llueve afuera y dejarme el cachito más grande, porque tenemos un paraguas chiquitín para los dos y él prefiere que yo no me moje. Si arrecia, el agua le resbala a borbotones por los hombros o le caen unos goterones de aúpa, y soporta estoico el tío, pero yo sé que el paraguas empieza a estar viejo y oxidado y cada vez va pesando más. 

Si os parece, empezamos con este tema, hablemos del parejo en el punto 6.


6. Mi relación de parejo se ha visto afectada

Y no para bien. Si los elementos que pueden hacer que alguien reaccione de una u otra forma a un hecho determinado son incontables, imaginaos en un conjunto de dos o pareja. Variabilidad infinita.

He escuchado a varias parejas decir que la infertilidad les ha unido más, les ha hecho más fuertes. Bueno, pues no es mi caso: la infertilidad nos ha golpeado duro en el momento más inoportuno y ha tambaleado nuestro mundo como un terremoto 9 en la escala Richter. Señores, spoiler alert, esto es algo que puede pasar.

No quiero dar muchos detalles personales, solo los imprescindibles para entender los antecedentes: parejo y yo llevamos juntos forever and ever y mi camino hacia la no-maternidad ha estado lleno de inseguridades, un camino intrincado y serpenteante, una presa que contiene millones de metros cúbicos de agua estancada. A partir de un punto, tener hijos ha sido parte de nuestra definición como pareja (ojocuidao, no digo que tener hijos sea parte de la definición de todas las parejas ni que crea que tiene que ser así; simplemente esa era nuestra realidad, nuestra identidad parejil. Un día os cuento todas las situaciones que recuerdo ahora y me parecen ridículas a más no poder para que os riáis bien a gusto de las ironías de la vida de otros, que son las que hacen gracia). Desde hace mucho tiempo, algunas de nuestras conversaciones comenzaron esporádicamente a incluir el número de hijos que queríamos tener, así proyectando a futuro en plan despreocupado. Y los nombres que les pondríamos. Bromeábamos con que los niños saldrían rubiales como él y las niñas morenas como yo, esa sería nuestra impronta familiar. Y anticipábamos que necesitaríamos ahorrar para poder permitirnos una excedencia si eso. A veces discutíamos sobre qué nos importaba de un colegio, rollo valores y tal, y cuántas habitaciones necesitaríamos en un piso. Y si cabría o no una cuna adosada si poníamos el armario empotrado a los pies de la cama cuando estábamos diseñando nuestra habitación en la reforma de El Escorial. Temas cada vez más concretos que fueron modelando nuestro plan de vida y sobre cuya base fuimos tomando decisiones, más o menos acertadas.

Y todas estas conversaciones y deseos eran desiguales, por estadística, porque no hay dos personas que vivan la paternidad del mismo modo y ya sería raro que durmieran bajo el mismo techo, porque yo tenía urgencia y a la vez necesidad de tenerlo todo previsto y parejo quería disfrutar y paladear la espera con calma, mero reflejo de cómo afrontamos la existencia.

Cuando decidimos que era el momento, cuando se quebró la presa y nos lanzamos a la aventura, yo estaba pletórica. Cómo no, por fin iba a hacerse realidad, ya tenía los billetes al destino, solo era cuestión de ir al aeropuerto y montarse en el avión. Me cuesta recordar un momento más decisivo en mi vida. Parejo sin embargo recuerda el primer año de búsqueda como el de mi angustia. Me dice que siempre miro el pasado con buenos ojos. Yo ya no sé si al ser lo que vino después peor he idealizado ese periodo, o simplemente lo experimentamos y nos comunicamos de forma tan dispar, o si es cierto que me guardé todo lo bueno, la ilusión, el corazón brincando, y solo compartí las lágrimas cada 28 días (+/- 2) y la rabia y sensación de fracaso con cada embarazo ajeno.

Y la distancia fue creciendo. Yo no tenía mucho espacio para pensar en otra cosa y ver que no llegaba me preocupaba, me hacía vulnerable, irascible. Y él no entendía mi agobio y tal vez se agobiaba en un sentido diferente.

No le deseo ni a peor enemigo lo que pasó cuando descubrimos que lo nuestro iba a estar muy difícil. Solo quien ha sufrido algo parecido se hace una idea de los sentimientos, la pena profunda, los silencios, las discusiones, los lloros, los malentendidos, el proceso de encontrar otra vez cada uno su lugar, rehacer posiciones y no volver a poder hablar nunca más inocentemente de cuántos hijos tendremos ni de cómo se llamarán ni de si de mi genética se llevarán el color oscuro de pelo o la miopía.

Tal es el caso que, después del terremoto, ni siquiera queremos lo mismo. Me sorprendo imbécil perdida todavía obnubilada con la idea de una familia numerosa y parejo tiene claro que no más de dos y cada vez ve más factible que uno y gracias. Me acuerdo de nuestros sueños de juventud, de la lista con los imprescindibles de nuestra casa ideal que incluía un jardín grande, garaje y, no nos engañemos, lo demás está de más, tres churumbeles rubios, y no puedo evitar pensar en que esto de la infertilidad es una maldita apisonadora porque parte de la vida consiste en eso, en soñar, y de ahí ya quedan migajas.

A menudo me pregunto qué habría pasado si me hubiera preñado en algún momento del primer año y medio de búsqueda y seguro que habría vivido muchas noches sin dormir y muchas preocupaciones por motivos bien distintos, pero conservaría intacta la inocencia. La impresión de que todo va a salir bien. Pero eso lo dejo el punto 8.


7. Estoy a disgusto con mi cuerpo

Es un hecho que cuando uno tiene la autoestima un poco por los suelos o se pasa por una de esas temporadas en la que no te encuentras, se acaba pagando también con lo físico y se ven defectos que antes le pasaban desapercibidos. Pero no les quería hablar de eso, ladies and gentlemen. El disgusto que tengo es más profundo y motivado por dos factores.

El primero, el estrés y desazón de la primera etapa, que me provocaron insomnio (¡insomnio a mí, que he dormido de siempre con una facilidad pasmosa por muchos problemas que tuviera!) y un nudo permanente en el estómago que me impedía comer. Literal. Ha habido días en que si comía lo vomitaba. Vomitar de nervios es el nombre científico. Con este panorama, perdí bastante peso. Soy (o era) de metabolismo rápido, así que en general tiendo a estar delgada. No me peso nunca, pero por cómo de grande me quedaba la ropa, calculo que perdí entre 5 y 8 kilos. Después de esta época más ansiosa, llegó otra mucho más calmada en apariencia y el nudo en el estómago se fue definitivamente. Coincidió con un cambio de curro que hace que mi vida sea ahora más sedentaria y mis horarios de comidas un desastre. También sospecho que la calma esta es aparente y algo de ansiedad queda de fondo, porque rechino los dientes por la noche de forma brutal, pero este es otro tema. A lo que voy, resultado as per today: estoy como 5-6 kilos por encima de mi peso normal, calculo (sigo sin pesarme), ya que ponerme los vaqueros recién lavados es una odisea. Eso supone que mínimo estoy 10 kilos por encima de la época en la que estuve más delgada, apenas hace un año, que hay bastante ropa que no puedo ponerme y que me noto más torpe, lenta. O sea, que por unas cosas u otras, llevo un par de años con vaivenes de peso que muestran los vaivenes emocionales y ya empiezo a estar un pelín cansada de tanto bamboleooooooo.

El segundo factor es algo más chungo: la defectuosidad, el sentimiento de tener un cuerpo que no funciona. Cuando era pequeña, no sé, unos 7 años, en un plazo muy corto de tiempo descubrieron que tenía un ojo vago que había que azuzar con parche, lentilla y gafas (triple combo), y también que mi espalda estaba hecha un cromo, escoliosis de órdago por tener una cadera más alta que otra. Amenazaron con poner corsé y alza, y finalmente quedó en una plantilla muy gorda hecha a medida para poner por dentro del zapato y muchas horas de natación que odiaba a más no poder. Me acuerdo perfectamente que no se lo dije a nadie, pero no dejaba de pensar: “vaya una mierda de cuerpo que te ha tocado, que no funciona como tiene que funcionar, que no vale, que está mal hecho”. Pues ahora es más o menos igual. Vaya una mierda de cuerpo que no sirve. Aunque siga sin decírselo a nadie, me lo rumio yo todo por dentro.


8. Me han caído 30 años de golpe

¿Dónde estás, querida juventud? ¿Por qué leñes soy una SEÑORA mayor quejumbrosa y derrotista? Que ya solo me falta pronunciar en voz alta: “llévame Señor pronto contigo, que total, tengo la vida hecha”. Lo que hay que oír.




Ya os conté que yo he sido muy energética, de hacer muchas cosas a la vez, de proponerme cosas complicadas y encabezonarme y conseguirlas. He sido de ilusión y decepción fácil, una persona muy sentida, mari intensita, que se toma a pecho todo lo que hace. He creído que me iba a comer el mundo, que la actitud era importante y que la aptitud se perseguía.

Pues, ele, pa´ que aprendas, la infertilidad ha conseguido paralizarme y colocarme en un limbo en el que nada avanza, la vida es estática y el futuro no necesariamente es mejor que el presente. He frenado en seco. La actitud y la aptitud me son bastante indiferentes, me encuentro derrotada. No es sencillo encontrar un proyecto vital trascendente y motivador que llene el vacío de la no-maternidad.

No es lo único, de fondo hay un ruido constante de “hey, chata, las cosas pueden ir mal”. La inocencia se ha marchado malhumorada, pegando un buen portazo. Cuando cualquiera (generalmente mujeres) hablan de sus embarazos, partos, crianza, anhelos reproductivos… yo miro para otro lado. A veces recuerdo con nostalgia la época en la que yo estuve ahí. El golpe de realidad es una leche considerable.


9. Lo paso regulín en las fechas señaladas

Llámese cumpleaños (“oh, my Lord, otro año más… otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, los 35, están ahí, mierda, mierda, joder, ¿y qué deseo me pido yo cuándo sople la vela?”), Día de la Madre (“estooooooo… ¿y si hoy me tumbo en el sofá y me pongo un gintonics y no hago nada?”) o Navidades (“otro año más, otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, mierda, joder, ¿y qué le pido yo a los Reyes?”)

Otras fechas molongas o celebraciones, pues tienen sus momentos curiosos; es decir, allí donde se concentran más de 4 personas con las que hay confianza relativa o nula y/o hay padres recientes y/o familiares de los que hace un tiempo que no ves (gensanta, esto incluye mogollón de fechas señaladas), las probabilidades de que se acabe hablando sobre tu afán reproductor son muy amplias y abarcan técnicas versátiles y de sutileza variada. Así que si estás bajita de ánimos y te pilla un día de esos de mecagüentó, no suele apetecer mucho ir a cumpleaños ajenos multitudinarios, quedadas de antiguos compañeros de instituto, carrera o máster, bodas, bautizos, comuniones, nacimientos… Ya expliqué que la presión acecha hasta en los velatorios y puede ser muy dura de sobrellevar en ciertas etapas de la infertilidad. Y cuando ya más o menos he avanzado de nivel, he ganado mil puntos de resiliencia suprema, he encontrado mi equilibrio personal y divino e inventado respuestas para toda clase de situaciones, resulta que tu entorno se ha ido desmembrando, y aparece el último punto de lo que la infertilidad de mierder ha traído a mi vida.


10. Me siento más sola

Ajá, repasemos los puntos anteriores: he estado muy triste, me he amargado bastante, el significado de lo que me rodea tiene una nueva dimensión, hay cosas que prefiero guardarme bien adentro, mi relación de pareja se ha resentido y las interacciones sociales propias de la edad y entorno en el que me encontraba tienden a hacer presente el maldito asunto infértil. ¿A alguien le extraña que con estos ingredientes me sienta y esté más sola y haya amistades y relaciones que valoraba que se hayan enfriado un montón?

En especial, las que más se han estropeado son con los amigos que han sido padres en el tiempo que nosotros llevamos buscando. Y es que conciliar el mundo fértil y el infértil requiere unas dosis de empatía, generosidad y comprensión mutua que al menos yo no he sido capaz de gestionar durante la etapa de dolor agudo inicial después del diagnóstico.

Sí, he tenido esa punzada llena de sentimientos encontrados cuando he recibido el anuncio de un nuevo embarazo, no he sabido dónde meterme cuando me han puesto un bebé cerca o directamente en brazos, me han dolido en el alma los infinitos comentarios bienintencionados de amigas y me han llegado a importunar cuando a pesar de mis caras o reacciones, se han hecho reincidentes. Las madres y padres recientes quieren hablar de sus hijos y yo como infértil convaleciente, niños y reproducción era el último tema del que me apetecía hablar. Claro, visto desde el otro lado, imagino que se hace un poco extraño y molesto que no preguntes por los retoños. Ya advertí que yo peco de todo, pensamiento, palabra, obra y omisión.

Lo que no quita que haya muchas personas a las que he echado de menos, que sabían lo que me estaba ocurriendo y no han sacado el tema, o peor, lo han sacado con tan mínimo acierto que no me han quedado ganas de repetir experiencia. Que tampoco han dicho “¿cómo estás, necesitas algo, me tomo un café contigo, me acerco a verte a casa?” 

Y no las culpo, acertar es complicado cuando una está tan sensible y comprendo que las prioridades cambian, el tiempo escasea y cada uno tiene sus problemas, y yo tampoco he estado ahí para escuchar sus andanzas como padres, es la realidad.

Para ser justa y poner peso en el lado positivo de la balanza, he de decir que otras amigas de las que ni siquiera sé si la maternidad entra en sus planes porque no había sido un tema de conversación entre nosotras ni han querido compartirlo conmigo después, han reaccionado con un cariño y una sensibilidad extraordinarias y me sigue llegando al alma cada vez que me dan un abrazo apretado. 

En resumen, no mola alejarte de gente importante para ti porque te superan las circunstancias. No mola que la gente que es importante para ti no entienda por lo que estás pasando. No mola nada.



En fin, que la infertilidad es así, te pone contra las cuerdas y 10 cosas se quedan cortas. Va a seguir lloviendo ahí fuera una larga temporada… me iré pillando un chubasquero que suelen estar de oferta en primavera y no descarto volver a escribir sobre ello de vez en cuando. La dignidad a tomar por saco.




lunes, 3 de abril de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte I)

De los creadores de 10 cosas hipster que puedo seguir haciendo porque no me preño y 10 cosas hipster que pienso hacer cuando me quede preñada, llega una nueva y esperadísima entrega: 10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida.

Sé que no podíais esperar, así que allá voy, sin más dilación. Como el post se me ha hecho un poco largo porque tenía mucho que contar y he llorado como una cabrona mientras lo escribía, no me ha quedado más remedio que sacarlo en dos partes. A continuación, las 5 primeras cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida:

1. Los "bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?, te tocan los bolondongos de forma muy particular.

Aquí tengo que reconocer que ya me los tocaban de antes, porque es que esto de toda la vida me ha parecido muy básico: veamos, si una pareja no tiene hijos es a) porque no quiere o b) porque no puede, y en ninguno de los dos casos entiendo yo que tengan que estar dando explicaciones a diestro y siniestro sobre un tema tan íntimo, aunque es cierto que cuando todavía era cándida e ingenua, el cotilleo ajeno no me resultaba tan desagradable. Y como dice parejo, en definitiva, aquí entra en juego la suegra y su impagable labor social de meter prisa para la conservación de la especie. Pero vamos, que somos todos mayorcitos y sabemos la teoría de cómo se hacen los churumbeles, por tanto si quiere usted sacar un tema de conversación por matar el tiempo, encarecidamente le recomiendo que mejor comente sobre la evolución del PIB en los países de la antigua Yugoslavia, por mencionar un sencillo ejemplo. 

Asimismo, se ruega eliminen de sus conversaciones cualquier referencia a las criaturas que usted asume que están por venir, especialmente las del tipo amenazante: "uy, claro, cuando tengas hijos tú ya verás..." o los increíbles: "se os va a pasar el arroz, claro, como ahora la juventud es tan egoísta" y “ a ver si es que no vais a servir”. Atiende. 

Puede parecer una queja exagerada (que lo es, al fin y al cabo idiotas e imprudentes hay en todos lados, y bueno, al final resulta que de algo hay que hablar en este mundo), pero si contara la de veces que me he visto en situaciones verdaderamente incómodas tendría para escribir no un post, sino un libro. Desde las personas cercanas que no se dan enteradas con una evasiva seca: "nosotros, de momento, no" y siguen metiendo el dedo en la llaga: "pero, ¿por qué? ¿Es que os da miedo, verdad? ¿Es que tienes mucho curro?" y hasta que no rompes en llanto no paran "mira, no, es que no podemos" y luego, no te lo pierdas, para colmo se incomodan con tu respuesta, leñe, no haber preguntado, hasta los amigos o cuasicompletos desconocidos que sacan a relucir tu vida reproductiva en el curro, en un cumpleaños y en el tanatorio si se tercia. Hasta cuatro veces. Y es que cualquier ocasión es bienvenida. Ahora, no en un momento de conversación a corazón abierto sobre lo humano y lo divino, no, a bocajarro y sin venir a cuento anytime, anywhere. Plas, plas, aplausos.





Lo mejor, ante la presión ajena, cuando ya dices "mecagüentó, estoy ya hasta ahí mismo y a este metomentodo le voy a soltar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad" y recibes respuestas maravillosas. Lo que me lleva al punto 2.



2. Por desgracia, sé más de infertilidad de lo que me gustaría saber. Y muy posiblemente, sé mucho más que tú.

Pero gracias por los consejos no pedidos y el resto de preguntas incómodas. Nombraré solo alguna de las más repetidas, pero el abanico es amplio y variopinto. Aviso a navegantes, nunca sabes por dónde te van a salir, así que no intentes estar preparado, mejor reacciona sobre la marcha. Aquí la improvisación es clave:

·         ¿Y quién de los dos tiene un problema?: verídico, gente con la que apenas has intercambiado unas palabras y a las que has intentado espantar a base de firmes y cortas respuestas, se esconden detrás del visillo, asoman media cara arrugando la nariz y aprovechan el jugoso momento para continuar satisfaciendo su curiosidad. Ojo, no es solo cosa del español medio, por si creían ustedes que esto del cotilleo es menester patrio; esto te puede ocurrir en cualquier lugar del mundo. Como contestar a tal impertinencia con un: “¿acaso le importa?” puede romper importantes acuerdos locales e internacionales, yo opto por la vía del medio y respondo: “pues los dos, señor, los dos tenemos un problema” y que entiendan lo que les dé la gana. Libre interpretación.

·         No te preocupes, puedes adoptar: pfffffffff, ¿qué decir? Esta es una de las respuestas que más me cabrean, es que me llevan los demonios. Creo que en alguna ocasión no he podido contenerme y he soltado a bocajarro: “usted también”. Sí, sé que es una idea descabellada en la mente de muchos, ¿se imaginan?, aunque una persona/pareja pueda tener hijos biológicos, también puede adoptar. Pensamiento subversivo, ¿eh? Gracias por poner sobre la mesa una alternativa tan innovadora, no se me había ocurrido, a mí, que siempre he considerado la adopción como una vía más hacia la maternidad, que desde muy joven he pensado que algún día me lanzaría a tener un hijo adoptivo y que, desde mucho antes de intentar tener hijos biológicos, me he informado sobre el proceso de adopción y conozco la teoría de los pasos, requisitos, procesos y problemática específica a la que puede enfrentarse una familia con miembros adoptivos. También podemos hablar sobre la acogida, de urgencia, temporal, permanente, programas de verano, lo que prefieran. Ya que nos ponemos… ¿Tan difícil es entender que el duelo por la infertilidad es independiente de la posibilidad de la maternidad adoptiva? ¿Tan loco es callar antes de hablar sobre un tema del que no se tiene ni idea?

·         Pues yo conozco a alguien que tampoco podían y chica, después de 4 tratamientos al final se quedaron de forma natural: ya, y yo conozco a uno que le tocó la lotería y no por ello te aconsejo que eches la primitiva y te tranquilices si no encuentras trabajo. No soy tonta, en la infertilidad en pocos casos hay imposibles, pero sí harto improbables. Me alegro por tu amigo. Por cierto, el mensaje implícito no me gusta un pelo, ¿o solo yo entiendo que en el fondo me estás queriendo decir que soy idiota perdida por plantearme un tratamiento de reproducción asistida?

·         A lo mejor lo que necesitas es relajarte: alma de cántaro, que van tres años… Además, quédese tranquilo, que en este tiempo por suerte hemos podido disfrutar de bastantes vacaciones: Berlín, Mallorca, La Palma, Marruecos (dos veces), Suiza, Menorca, Japón, costa peninsular (Valencia, Cádiz, Málaga), aventuras en los mares, Bulgaria… Y no, no ha habido preñamiento. Es absolutamente amazing.

·         Bueno, si no puedes tener hijos, tampoco pasa nada, siempre puedes encontrar otros proyectos: ¿de verdad? Gracias, mil gracias, mi vida es vacía y miserable sin niños, está claro que tendré que buscar alguna alternativa.

·         No te quejes, peor están los refugiados sirios: esta tampoco me la he inventado, es de verdad verdadera. Lo bueno, es que vale para consolar cualquier cuita. Hemos hallado el comodín definitivo.





3. Me he vuelto más reservada. 

Estoy cansada de escuchar mi runrun interno, cansada de aburrir con él al parejo, escarmentada de las ocasiones en las que he compartido lo que ocurre mi entorno más cercano y también en el más lejano. Prefiero callarme y no hablar de nada que tenga que ver con la no-maternidad o la maternidad, reprimirme y acorazar mi muro. No quiero seguir llorando a menudo. Desde el primer año de altibajos en la búsqueda a la aceptación de que no tengo absolutamente ningún control sobre lo que esté por pasar y que, desde luego, con casi total probabilidad tenga que despedirme de la familia numerosa que soñé, he llorado demasiado y he destruido demasiado. Me aburro yo misma y siento que aburro a los que están a mi alrededor, me cuesta abstraerme de la infertilidad, me siento infértil 24 horas al día, pienso en ello a menudo y situaciones muy cotidianas me lo recuerdan a diario, pero me lo guardo para mí y comparto muy poco mis sentimientos. 

No he encontrado una forma mejor de protegerme ni de proteger a lo que más quiero, al parejo.


4. El mundo ha cambiado para mí.

Cuando me acuerdo de todas las cosas que hacía antes, con las que me ilusionaba antes, no me reconozco. Solo hace 3 años yo era capaz de desempeñar un trabajo cualificado y muy exigente, estudiar una segunda carrera que me apasionaba, planificar y ejercer de ayudanta en la reforma integral de un piso y cultivar un número no despreciable de aficiones activas: escribir, fotografiar, aprender idiomas, viajar, soñar despierta. Podía y me gustaba tener muchos frentes abiertos, era inquieta, me interesaba casi cualquier tema. Y de repente, apenas me veo con fuerzas de llevar una vida ordenada y cumplir con lo que para mí son unos mínimos. Mi energía ha desparecido. 

Hay ciertos pasatiempos que he preferido aparcar por mi salud mental, como coleccionar cuentos ilustrados. Ya nunca me paro en la sección infantil de Ikea ni me detengo en escaparate ninguno con ropa de bebé. Interesarme por las maternidades ajenas me duele mucho y no hacerlo, casi más; saber me enfrenta a lo que tal vez nunca sea y no querer saber me hace sentir muy culpable. Elegir un regalo para un sobrino o para el cumpleaños de uno de los hijos de mis "antes amigas" se ha convertido en un gesto sin doble significado. Recibir la noticia de un nuevo embarazo me provoca una mezcla de alegría amarga, indiferencia y ganas locas de salir a correr al Retiro (he de decir que aquí hemos progresado adecuadamente, ya no me pillo lloreras de órdago ni pongo a todo trapo la canción de "Wake me up when it's all over"). Estudiar Psicología del Desarrollo es un mero trámite científico. 

En resumen, en mi vida y, en especial, durante el primer año de búsqueda de preñamiento, todo era una extraña mezcla de ilusión y decepción inocentes, un mundo compuesto de dos capas: la de los acontecimientos que ocurren y los que están a punto de llegar. Los segundos ya no existen. No sé lo que me espera. 

Admiro profundamente a los que han sido capaz de verbalizar, escribir, declarar o visualizar un futuro que abarca un proyecto difícil, el que sea. Yo no puedo. No puedo verme ni declararme madre, no puedo vencer el miedo que es como un monstruo grande, amorfo y pegajoso que va lentamente ocupando cada recoveco. Tres años se me hacen demasiados y pueden ser muchos más, puede no llegar... quizá con suerte pueda ser madre una vez, no quiero ni pensar más allá, ¿qué habría después? ¿Otra vez en la casilla de salida? Si ya me siento exhausta... ¿cuántas veces tendré que volver a estar en el punto de partida? ¿Cuánto aguantará mi salud, nuestra economía, nuestras fuerzas, mi edad, mis ilusiones?

Lo que sí sé es que nada volverá a ser como antes...como dice la canción.

5. Hay emociones que ya no siento y otras que han regresado con fuerza.

Desde que la infertilidad me acompaña, no siento rabia. Nada, cero, caput, finito. Casi nunca, en ninguna situación, me cuesta muchísimo enfadarme y eso que yo he sido de un humor, ¿cómo definirlo?, gata pisada del rabo. Simplemente ha desaparecido, puf, se esfumó.

En su lugar han aparecido la culpa, la desesperanza y una tristeza lenta y profunda, oscura, pura, sin matices, que me ahoga, se mece tranquila y campa a sus anchas en mis entrañas, pesa, es densa, plomo líquido, sabe a metal. Ya nos conocemos, nos hemos acostumbrado la una a la otra, nos miramos a los ojos, nos desafiamos.

He pasado dos duelos muy intensos, pocas experiencias se me ocurren más brutales que ser huérfana a los 19 e infértil a los 29. Joder, cuantísimo duele escribirlo. Dos acontecimientos independientes, dos tormentas con rayos, truenos, centellas, con similares resultados, los despojos de un cuerpo naufragado en una playa desierta, y sin embargo de evolución tan diferente. Dos hechos separados por una década, dos noticias inesperadas, dos veces las palabras que apenas se tardan 30 segundos en pronunciar y cambiar un rumbo, dos ausencias que forjan ese carácter en el que no quiero estar más; una historia, la mía, marcada por las etapas que aún no tocan, los imposibles, nadando a contracorriente. Y no hay mejor o peor, de momento solo hay irreversible frente a incertidumbre. 

Pero la orfandad y la infertilidad se parecen en que es estar sin paraguas cuando llueve. 









martes, 14 de marzo de 2017

Marejada

Alrededores del 11 de marzo de 2014. Bar Vacaciones, calle Espíritu Santo, Malasaña. Reunión de compañeros de máster, Raquel celebra los 32. Llegamos un poco antes de lo previsto, se nos ha dado bien aparcar. En la entrada nos encontramos con una pareja, damos por hecho que somos los primeros en aparecer y nos ponemos a hablar.

Mi memoria es auditiva, los hechos pasados se reproducen como si alguien me contara un cuento, con una sola excepción: la ropa, la mía, soy capaz de visualizar con nitidez qué prendas llevaba en un día concreto. Quizá sea ese el motivo por el que me cueste tanto hacer limpieza de armario. Sin embargo, ni un recuerdo de lo que llevaba puesto en aquel momento. En cambio, sí veo la camiseta blanca de rayas negras horizontales de ella, la barriga incipiente, el abrazo de él, y la esperada pregunta:

- Bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?

Parejo me mira y sonríe. Desde hace largo tiempo es un tema recurrente en nuestras conversaciones. En realidad siempre ha estado ahí, la maternidad en mi vida es el ruido de las olas en una ciudad costera. Psssss, pssss... una cadencia rítmica con la que convivo a diario, que me mece en sueños, a veces temporal, a veces marea baja. Las épocas de marejada se suceden con mayor frecuencia, rompen las olas enfurecidas en el muro que he ido construyendo a medida. 

- Nosotros, para mi cumpleaños - resuelve. Me coge la mano.

Abril, su cumpleaños. Fisura en el rompeolas, la presión se descarga al otro lado, son todo fugas. Me tiemblan las piernas.



Han pasado tres años. 

Uno: risas, esperanzas, planes, ilusiones. Vaivenes previstos, bendita inocencia. La misma mano que cogía la mía, ahora me acaricia con el dorso la mejilla, borra con delicadeza el rastro de un llanto silencioso.

- No estés triste- susurra. 

Dos: discusiones, incredulidad, miedo, incertidumbre. Un vendaval con ínfulas de huracanado. Nuestros cuerpos, desechos, abrazados en el sofá nuevo, dirimiendo quién se quedará con las gatas. Estoy triste, muy triste, todo el tiempo. 

- Me quedo- declara.

Tres: sosiego, silencios, espacio, penumbra. Empiezo a perder la cuenta de las ilusiones que me he dejado en el camino. Estoy cansada, irritable, me cuesta encontrar la perspectiva. La vida ha seguido su curso, soy yo la que he me detenido. Me siento pequeña, endeble, incapaz, terriblemente sola y perdida. No soy más sabia, solo tengo más canas; mi defectuosa genética se ha esforzado por ir completando lo que empezó a los tiernos veinticuatro. 

Ya no escucho el ruido de las olas en mi ciudad particular, es duro vivir en el interior cuando te has acostumbrado a la costa. 

Creo que he insonorizado el muro. 




martes, 10 de noviembre de 2015

Reinventarse o morir

Hermosos, no sé qué hacer. Que al principio parecía que era la granciudad que abría sus fauces y me atrapaba en sus miles de planes y rincones, y no, que a mí lo que me está engullendo es mi propia vida. No quiero ser yo. No quiero ser infértil. No quiero ser mamá más. Me enrabieto, lloro, me enfado, por dentro grito como una niña pequeña en la cola de la caja del Carrefour a la que no quieren comprarle chucherías. Pataleo. Esto no puede estar pasando. Quiero una máquina del tiempo. Me la pido para Reyes. O para antes. Para ya. Para ayer.




Necesito que se detenga el mundo. Unos días, unas semanas, unos meses. Un respiro. Un suspiro.

Me voy a hacer de piedra. Me voy a convertir en estatua, en un homenaje a la hipster que fui. Es un plan perfecto.

Últimamente, lately, todo todito lo he hecho mal. Una cagada tras otra. Me han superado las circunstancias, me he comportado como un ser unicelular en lugar de como una persona humana. Está claro que en esta vida no sabes cómo vas a reaccionar a los acontecimientos hasta que no te toca vivirlos en tus propias carnes. Lección aprendida.

Nunca había iniciado un proyecto con tanta ilusión, nunca había dejado tantos miedos atrás. Nunca había soñado tanto y tan seguido. Nunca había tenido tan claro hacia dónde se dirigía mi vida. Nunca me había sentido tan fuerte, tan bella, tan capaz, tan perfecta. Nunca había estado tan pendiente de mí, de nosotros, de los espacios, de las ausencias. Nunca había llorado tanto y tan amargamente. Nunca había encontrado tantas fuerzas tantas veces. Nunca me habían dado una bofetada tan sonora. 

Pero ahora estoy rendida. Me rindo.

Y ya no sé lo que quiero. El tiempo es muy puñetero. El tiempo es la diferencia más importante entre las parejas fértiles y las infértiles. El tiempo te empuja a pensar, a imaginar, a suponer, a analizar. El tiempo te roba la inocencia.

Me he olvidado de las bases por el camino. He descuidado lo más precioso que tengo. Me he perdido en los detalles. Me ha pasado por segunda vez. Chatos, esta es mi primera y última entrada seria. No esperéis que vuelva a lloriquear, porque no lo volverá a pasar (“never say never, hipster sobradilla”).

Solo voy a reír. Seguiré contando mis andanzas por la granciudad, os hablaré de mis pardilleces y tontunas, e intentaré evitar en la medida de lo posible el tema preñamiento. Estoy harta de pensar en ello, de sufrir por ello. Demasiada incertidumbre como para dedicarle ni un minuto más. Demasiado dolor, demasiado reciente, demasiado egocéntrico. Tengo otros frentes más importantes en los que luchar, otras batallas más estratégicas que ganar. Una vida partida en dos o en mil que recuperar.

Desde ya os digo que os voy a echar de menos, a todas las personas de las que tanto he aprendido sobre maternidad y crianza primero, e infertilidad después. Me va a costar porque aunque no quiera sigue siendo parte de mí... pero necesito aparcarlo una temporada. Olvidarme de lo que ha ocurrido. Ser únicamente hipster un ratito más. 


Espero que aun así os quedéis por aquí y me acompañéis. Gracias por todo lo que me habéis dado, mi comunidad 2.0. 

miércoles, 7 de octubre de 2015

Se me ha ido la olla y organizo... ¡¡un sorteo!!

¡¡Como lo estáis oyendo, fans, se me ido mucho la pinza y voy a organizar el primer sorteo hipster en el blog!! ¡¡Igualito que las blogueras de verdad!!

Que no os dé un jari ni nada de la emoción, controlaos, que sé que esto es un hito, es la bomba, lo más, pero es muy importante que lleguéis vivos al final del post para poder optar al súper premio. 





Y es que llevo ya un tiempo dándole vueltas a este tema, que me apetecía mucho hacer de azafata del telecupón, sacar una bolita agraciada y que algun@ de vosotr@s se llevara un premio muy de putidimare.



Uys, me he colao, estas son las mamachicho. 

No importa, el tema era enseñar pienna. Cómo molaban los 80.

El caso es que por fin he encontrado es premio que merecéis. Trtrtrtrtrtrtrtrtrtrtr, redoble de tambores, chatungos, que lo que yo voy a sortear son...trtrtrtrtrtrtrtrtr...


¡¡DOS TEST DE EMBARAZO RECIÉN CADUCAOS!!

Aquí están:


Ojocuidao, que no son dos test de embarazo cualquiera, noooooo. Son los remanentes del pack de 6 que me compré cuando comenzamos el parejo y yo a buscar preñamiento, allá por los tiempos de maricastaña y que ya predije yo que a este paso se me caducaban en el armario. 

Y se han caducado o están en ello o... claramente indican 10/2015, lo que no se sabe es si al principio o al final del mes, qué indeterminación.

Yo creo que esto no es caducidad, sino consumo preferente, como los yogures. Lo que pasa es que yo ya no me hago ni test de embarazo sin caducar, como para hacérmelos caducados. Pero vamos, que si alguna lectora (o lector, oye) quiere hacérselos, tan ricamente, pues que se lo haga, que total, van a ser gratis. 

Mola mogollón, ¿eh? El premio es mucho mejor de lo que esperabas de mí, ¿a qué sí, a qué sí? :) :)

Ahora, las bases del sorteo, es decir, ¿qué tienes que hacer para llevarte los test de embarazo caducaos que tanto ansías?:

  1. Para participar tienes que ponerme un comentario en este post entre este mismo momento (7/10/2015) y hasta el martes 13/10/2015 a las 0:00. Que el sorteo se cierre un martes y 13 no es casualidad. 
  2. En el comentario puedes contarme lo que te dé la real gana, desde cómo se llama tu tortuga hasta el motivo por el que quieres dos test de embarazo caducaos. 
  3. Asegúrate de que no comentas como anónimo y que dejas una dirección de email para que pueda contactarte si eres el afortunado ganador o ganadora.
  4. Te daré un minipunto si además pones en Twitter que has participado en el sorteo y enlazas esta entrada de mi blog, para que otros puedan participar y sea más divertido. En realidad el minipunto no vale para nada, pero si no ganas el premio, pues mira, minipunto que te llevaste.
  5. Asignaré a cada comentario un número por estricto orden temporal de llegada. Es decir, el primer comentario será el número 1, el segundo el número 2 y si llegamos al 10, pues tendrá el número 10. Todo muy para lerders, así me aseguro de que no me pierdo. 
  6. Meteré tantos papeles con numeritos como comentarios haya en un tarro y le diré al parejo, mi mano inocente, que saque un papelín del tarro. El número que coincida con el orden del comentario se lleva el premio. El sorteo tendrá lugar el día 14/10/2015 en mi casa y no será ante notario, mis gatas darán fe de la aleatoreidad del proceso.
  7. Contactaré con el suertudo por email y le pediré sus datos personales para proceder al envío de los test caducaos vía Correos. Prometo que los mando envueltos en plástico burbuja, que así el afortunado tendrá el aliciente de poder explotar burbujitas a gusto (¡doble premio, ni más ni menos!).

Venga, fans, no me defraudéis, queda abierto el plazo hasta el próximo martes y 13. 

¡¡A por ello, comentad!! :)



sábado, 15 de agosto de 2015

Ese termómetro germánico (tercera y última parte)

(Si te apetece leer los capítulos anteriores para saber de dónde viene esta historia que te voy a contar, puedes hacerlo aquí y aquí).

Amazon nunca falla a su cita. La que fallas eres tú, que con ese trabajo de locura que te has buscado, no estás en casa nunca, ni por la mañana, ni por la tarde, ni nada. Y no es plan de que te lleven el paquete con el termómetro germánico y los test de ovulación a la oficina, que no te vas a poder aguantar las ganas de comprobar ipso facto qué tienen de especial los termómetros de dos decimales y ya te ves, que para eso te conoces como si fueras tú misma, escaqueándote de alguna reunión y escondiéndote para abrir la caja en el baño de chicas. Todo muy normal y poco sospechoso. Mejor evitar las situaciones de peligro potencial.

En cuanto recibes el email ese de "su paquete tiene el número de envío tan largo que jamás lo podrá memorizar y será entregado a lo largo del día de hoy en el chiquipueblo", agarras el teléfono rauda y veloz. Ring, ring...

- Aquí agencia de transportes xxx.
- Aquí una loca enajenada en búsqueda de preñamiento. Mire, me han avisado de que hoy van a sacar un paquete para entregar en el chiquipueblo. No lo hagan. Repito, NO LO HAGAN. Es de vital importancia.
- Cuénteme más...



- Si van hoy al chiquipueblo no voy a estar en casa, y tendré que esperar a mañana para gestionar una forma de entrega alternativa, y eso no puede ser. ¿Lo entiende? El día 1 de mi ciclo es hoy, HOY. Puedo atrasar la toma de temperatura basal un día, pero no más, se trata de un método científico de complejidad extrema que me conducirá al preñamiento inmediato, y en mi estado esta puede ser la solución a todos mis males.
- Ajá, le entiendo. ¿Qué podemos hacer? Desde luego, el preñamiento inmediato es un asunto que no puede tomarse a la ligera.
- ¡Claro que no! Por eso iré yo misma a recoger el paquete donde usted me diga a horas intempestivas. El termómetro germánico tiene que estar en mi poder cuanto antes.

Y a las nueve de la noche, estás dando vueltas en un polígono industrial semiabandonado donde la empresa de transportes tiene su almacén, y te vuelves triunfal a casa con el termómetro y los test de ovulación (y unos test de embarazo de regalo, yupiiiiiiii, estos caducan en 2016).

Depositas el termómetro sobre la mesita de noche, concienciada de que lo primero que tienes que hacer a la mañana siguiente es tomarte la temperatura, como una momia, casi sin moverte en el cama cuando suene el despertador. Y así un día, y otro, y otro más, y cuando estés a la mitad aproximada del ciclo, la temperatura aumentará y eso significa que habrás ovulado y que mejor que hubieras follisqueado también antes de ovular para aumentar las probabilidades de preñamiento. Como no se puede cambiar el pasado todavía, para eso están los test de ovulación, para que desde el día 12 del ciclo te los vayas haciendo y preveas cuándo vas a ovular y le des al mambo locamente. Objetivo: que el óvulo no escape. 

A mí el uso del termómetro y los test me pareció sencillo, no entendí tanta literatura en post y foros al respecto. Los test de ovulación me dan positivo, flipasssss, es lo único que me ha dado positivo desde que estamos en búsqueda de hipstercito. La información que obtuve durante los 4 meses que tomé temperaturas fue la que cabría esperar por la regularidad de mi sistema reproductor: ovulo regularmente entre los días 14 y 16 del ciclo, la subida de temperatura no da lugar a dudas y tengo un patrón de temperatura trifásico, es decir, una semana después de ovular, mi temperatura vuelve a subir porque sí. 

Como sabéis, tampoco con ayuda de la temperatura hubo preñamiento... El termómetro germánico fue un fiasco total. 

Y desde que recibimos malas noticias, estoy desobediente y rebotada con el universo y con Paulocoelhon  el que más, que si antes no le aguantaba, ahora si me lo cruzo directamente le pego, estoy que paso de todo, y ni mido temperaturas, ni me tomo el fólico, ni leches en vinagre. 

Parece que lo del preñamiento, de momento, señores, no es para mí.

jueves, 6 de agosto de 2015

Ese termómetro germánico (segunda parte)

(Esta entrada viene de aquí, la primera parte)

Acojonada te hallas ante la perspectiva de que el parejo adivine lo que pasa dentro de tu cabecita. Aunque mejor se lo cuentas tú antes de que te descubra con el termómetro en la vagina boca ebrimornin y se piense algo muuuuuuucho peor.

Vas a contrarreloj, chata, siempre con prisas. Estamos a lunes y la regla te va a venir el miércoles. La regla es el día 1 del ciclo. Tu regla es puntual la japuta. Tienes 2 días, no puedes dejar pasar un ciclo más sin aplicar la técnica de la temperatura basal. Los métodos científicos se aplican con rigor, no me jodas y te pongas a procrastinar ahora. Y si hay que decírselo al parejo, se le dice, hombreya. Nada de panicar. Yes, you can. Google y Amazon son tus amigos.




Lo mejor es la política de hechos consumados. Al parejo no se le pide opinión, al parejo se le informa. MUAJAJAJAJA. 

Google te ilustra que el termómetro que tienes en casa no te sirve, necesitas dos decimales. Si es que esto es mu serio y mu preciso, que parece que no te acuerdas: otra liga, la liga del conocimiento. Que estás empaná. 

Amazon, segunda parada, con envío premium recibes el paquete el día 1 del ciclo. Tú no vas a entrar en la farmacia del chiquipueblo a pedir un termómetro con dos decimales, tú no, sigues siendo muy un poco digna. Pagas el sobrecoste y arreglado, pero a ti no te mira la farmacéutica con cara de compasión, nanai, que luego te la encuentras en la plaza o se lo larga a tu suegra... ¡Laostia!, cuántos termómetros, ¿cuál me pillo? Uys, el germánico, que los alemanes miden muy de pm. Lo sabe todo el mundo. Y viene en una fundita amarilla remona y trae un librico para hacer 5 gráficas. Más que suficientes, que con el método científico te vas a preñar ya mismo. Mira a tu amiga. Otros clientes también compraron test de ovulación, mecaguentó, ya que te pones, ponte en condiciones. Que los de embarazo te van a caducar, pero estos seguro que los gastas.

Fecha de entrega: miércoles. Eres lo más, la mejor, tienes tu momento de gloria hasta que hablas con tu amiga treintañera la buscadora compañera de fatigas para confesarle la película (un descubrimiento así no te lo puedes callar) y en un plisplas se ha apuntado también al carro de la ciencia y ha conseguido de estraperlo un termómetro del prohibidísimo mercurio, el más preciso para estos menesteres que os traéis entre manos. De verdad, eres una empaná de campeonato, una principianta.

Cae la noche. Te acurrucas al parejo, derrotada. Ronroneas más de la cuenta y haces la cucharita.

- Oyes, parejo, ¿sabes? Me he enterao que xxxxx se ha preñao midiéndose la temperatura cada mañana...
- (cara de flipao de circunstancias)
- Sí, porque hay un método que tú te mides la temperatura y así sabes cuando ovulas. 
- (cara de flipao de circunstancias, no sabe de qué coño le estoy hablando, aunque se vislumbra una sonrisa incipiente)
- Es para estar 100% seguros de que estamos follisqueando cuando ovulo, aunque soy muy regular y me siento ovular (otra vez Paulocoelhon, se cuela en mi mente, qué cansino el chaval), así que he decidido que no me cuesta nada hacerme una pruebas y me he comprado en Amazon unos test de ovulación y un termómetro alemán con dos decimales... 
- (cara de flipao de circunstancias con clara sonrisa incipiente e interés renovado al escuchar las palabras "alemán con dos decimales")
- ... y entonces de ahora en adelante, que el termómetro me va a llegar mañana o pasado, todas las mañanas antes de levantarme voy a tener que medirme la temperatura. Y tengo que ser muy constante y moverme muy poco para no alterar los resultados del termómetro.
- (cara de flipao de circunstancias con sonrisa de oreja a oreja y ojos pillos)
- ...
- ¡Pues muy bien! Si necesitas ayuda, yo te hago de médico ;)


Joder, otro que se ha pensao que la temperatura basal solo se mide por vía vaginal.