Domingo por la mañana, sol radiante en el centro de la granciudad, hemos dejado atrás los dos primeros meses de 2017 y me he dado por revisar los propósitos del año. Desastre. Uno de ellos reza: "leer más ficción", lo que en principio es fácil porque básicamente mi vida apenas me da para leer en mis escasas vacaciones. Así que "más" podría traducirse en un miserable libro.
- Nenis, esto no puede seguir así. Lo del deporte dos días a la semana se te perdona, que eso es claramente específico y concreto, normal que te dé pereza. Ahora que lo de leer más ficción no tiene excusa, chata. Vete a la biblioteca y así de paso te das una vuelta por el Retiro, que siempre sienta bien - me recomienda con sabiduría mi conciencia.
- Vaaaaaale - le contesta fastidiada mi inconsciencia.
- Y llévate el cartón cuando salgas, ya que estás - me recuerda el parejo.
Ele, el cartón de los bolondongos. Las cajas de Amazon y de sufrutamadre, pesar, no pesan, pero y lo que odio ir haciendo equilibrios por la calle con las cajas de las narices. Que sí, que podría plegarlas en casa antes de salir, aunque no está el suelo defectuoso que nos dejaron los mamonazos de la obra como para andar pegando saltos sin control, que a mí el cartón me gusta destrozarlo a leches antes de meterlo en el contenedor de reciclaje, qué pasa, hay que descargar por algún lado.
- Oye, y tú, ¿por qué reciclas?- oigo una voz a mis espaldas.
Dejo de saltar sobre la caja sorprendida, me doy media vuelta y me encuentro a un individuo de extraño aspecto con un vaso de Starbucks en la mano. Hago como que el tema no va conmigo, doblo la caja con indiferencia y la introduzco en el hueco del contenedor.
- ¿Eres de las que recicla por convicción o una de esas tipas que solamente hace el paripé y así lavas tu conciencia pensando que estás haciendo algo por detener el calentamiento global? - insiste con fuerte acento argentino mientras le da un sorbo largo a su café y me desafía con la mirada- Yo es que trabajo en el quiosco de aquí al lado, ¿sabes?
- Ajá- salto sobre la siguiente caja, con más mala leche que la anterior.
- Entonces, ¿qué? - saca la mano que no sostiene el vaso del bolsillo de su cazadora vaquera y hace un gesto de impaciencia.
Joder, cómo está el patio. Me agacho, recojo la caja que acabo de aplastar del suelo y sigo mi ritual con parsimonia.
- Pues mira no, yo es que reciclo porque mi marido me obliga- le contesto. Hala, con un par. Me observa con incredulidad, parece que ya se va dando cuenta que estoy un poco pa' allá. Empiezo a saltar con furia sobre la última caja y me vengo muy arriba- Sí, sí, mi marido, ¿sabes? Que si por mí fuera, le iban a dar mucho por saco al reciclaje y al calentamiento global y a las pamplinas. A tomar viento, si por mí fuera, yo es que lo tiraba todo al mismo lado y punto, ni cartón, ni vidrio ni leches que te crió. Todo junto y a la mierda.
Tiro la última caja y me sacudo las manos. Me dirijo a él y levanto la barbilla en plan chulita antes de seguir calle abajo.
- ¿Ves? - le oigo gritar a mis espaldas- Si por algo digo yo que se está mejor solo.
Chatungos, mi vida en la granciudad es puro surrealismo.
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jueves, 23 de marzo de 2017
lunes, 6 de marzo de 2017
La Boheme
Yo era carne de adosado, jardín con adelfas y tardes de verano impregnadas en olor a crema solar en la piscina, monovolumen con espacio para tres sillitas, sábados de 3x2 en Carrefour. Boda de blanco impoluto y cabeza coronada de azahar, luna de miel en isla paradisíaca, cuna arrimada a la cama de matrimonio, domingos de sobremesa en casa de la suegra.
Ni en el mejor de los guiones alternativos me había imaginado yo que mi vida a los treinta iba a transcurrir en un barrio céntrico en la granciudad, ese espacio compuesto por apenas la decena de calles que transito habitualmente, amurallado como si de fosos se tratasen por las arterias que delimitan sus dominios: a un lado, casa; al otro lado, territorio comanche. Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, Jacinto Benavente y Carretas. Vuelta a empezar.
Bullicio y desorden de coches y viandantes que esconden en su interior calles estrechas e inusitadamente vacías en su mayoría, con la honrosa excepción de Huertas, esa sí, que aparece en todas las guías. Por lo demás, auténtica rutina de pueblo en plena urbe salpicada de momentos surrealistas de los que me hacen sonreír por dentro: el peluquero que finge como que recuerda mi nombre y me peina a ritmo de grandes divas del soul; el portero que siempre, siempre, está en la cafetería Cervantes en la terraza tomando algo, nunca me fijo el qué, haga frío o calor o caigan chuzos de punta; el hermano perezoso del churrero, todas las mañanas sin faltar ni una apostado en el lado de los pares fumando tranquilo un cigarrito mientras su hermano suda la gota gorda; el óptico que me sonríe y me pregunta cómo estoy de verdad, esperando respuesta, y que yo sé que me lee en la sombra; la señora de la cristalería Venegas, que me agarra el brazo mientras me habla como si fuera una vieja conocida y me aconseja qué marco ponerle al cuadro del ganso que me regaló el parejo, y yo que no le hago ni caso y voy por libre, y después me cuentan el cachondeo que han tenido en el taller porque "no te vamos a engañar, es que vaya marco más raro has elegido, demasiada enjundia para un ganso a fin de cuentas, aunque al final tenemos que admitir que ha quedado precioso"; el camarero de El Alambique que nada más vernos entrar recita de carrerilla eso de dos somontanos, berenjenas con salmorejo y pollo al curry, a ver si queda sitio al fondo de la barra que sé que os gusta.
Quién me iba a decir que encontraría el sosiego en el barrio, Cortes, de las Letras, de las Musas, La Boheme, la boheme... paisaje urbano que me era tan ajeno y hostil, tan lejos de la calma chicha de las urbanizaciones cerradas con columpios para niños y dos plazas de garaje por vivienda.
A veces siento nostalgia de lo que pudo ser y no fue y echo de menos el aroma de las adelfas y sobre todo, la cuna arrimada. Se me pasa pronto. Y es que las malas épocas en la granciudad, lo son menos.
Gracias, Madrid, barrio, mi barrio, por todo lo que me has dado. No tengo vidas para devolvértelo.
Ni en el mejor de los guiones alternativos me había imaginado yo que mi vida a los treinta iba a transcurrir en un barrio céntrico en la granciudad, ese espacio compuesto por apenas la decena de calles que transito habitualmente, amurallado como si de fosos se tratasen por las arterias que delimitan sus dominios: a un lado, casa; al otro lado, territorio comanche. Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, Jacinto Benavente y Carretas. Vuelta a empezar.
Bullicio y desorden de coches y viandantes que esconden en su interior calles estrechas e inusitadamente vacías en su mayoría, con la honrosa excepción de Huertas, esa sí, que aparece en todas las guías. Por lo demás, auténtica rutina de pueblo en plena urbe salpicada de momentos surrealistas de los que me hacen sonreír por dentro: el peluquero que finge como que recuerda mi nombre y me peina a ritmo de grandes divas del soul; el portero que siempre, siempre, está en la cafetería Cervantes en la terraza tomando algo, nunca me fijo el qué, haga frío o calor o caigan chuzos de punta; el hermano perezoso del churrero, todas las mañanas sin faltar ni una apostado en el lado de los pares fumando tranquilo un cigarrito mientras su hermano suda la gota gorda; el óptico que me sonríe y me pregunta cómo estoy de verdad, esperando respuesta, y que yo sé que me lee en la sombra; la señora de la cristalería Venegas, que me agarra el brazo mientras me habla como si fuera una vieja conocida y me aconseja qué marco ponerle al cuadro del ganso que me regaló el parejo, y yo que no le hago ni caso y voy por libre, y después me cuentan el cachondeo que han tenido en el taller porque "no te vamos a engañar, es que vaya marco más raro has elegido, demasiada enjundia para un ganso a fin de cuentas, aunque al final tenemos que admitir que ha quedado precioso"; el camarero de El Alambique que nada más vernos entrar recita de carrerilla eso de dos somontanos, berenjenas con salmorejo y pollo al curry, a ver si queda sitio al fondo de la barra que sé que os gusta.
Quién me iba a decir que encontraría el sosiego en el barrio, Cortes, de las Letras, de las Musas, La Boheme, la boheme... paisaje urbano que me era tan ajeno y hostil, tan lejos de la calma chicha de las urbanizaciones cerradas con columpios para niños y dos plazas de garaje por vivienda.
A veces siento nostalgia de lo que pudo ser y no fue y echo de menos el aroma de las adelfas y sobre todo, la cuna arrimada. Se me pasa pronto. Y es que las malas épocas en la granciudad, lo son menos.
Gracias, Madrid, barrio, mi barrio, por todo lo que me has dado. No tengo vidas para devolvértelo.
martes, 10 de mayo de 2016
Mi primera lista VIP
Alguna vez me tenía que pasar. Les pasa a todas las blogueras con glamur.
Que un día te levantas con estos pelos y en tu bandeja de entrada tienes un email en el que te piden tu nombre para invitarte a una fiesta VIP (léase biaipi).
Y te toca salir del anonimato, no les vale que digas que eres La Hipster o Lajis. Quieren hasta el apellido.
En el chiquipueblo estas cosas no me ocurrían. En el chiquipueblo no hay fiestas biaipi.
Pero en Madrid, en la granciudad, es otro tema. A diario hay eventos de esos en los que te invitan a gintonics del bueno, con camareros guapos y chicas monas, en localizaciones increíbles, como efectivamente y festivamente fue el caso de la reinauguración del NH Nacional.
Para los que seáis como yo chiquipueblerinos y no sepáis de qué hotel os estoy hablando, quizá esta imagen del esquinazo de la calle Atocha con el Paseo del Prado os diga suficiente.
No os voy a engañar, no sabía que este fue el tercer hotel en abrir sus puertas en Madrid, en 1925, cuando todavía circulaban tranvías por las calles y los cercanos Ritz y Palace ya alojaban desde hacía algunos años a los viajeros pudientes.
Tampoco tenía idea de que había cerrado en un par de ocasiones y aunque habré pasado por delante decenas de veces en los últimos meses, no había reparado en el uso del edificio.
Aparecí por la fiesta sobre las ocho de la tarde con mi nombre como contraseña. Pude disfrutar de un cóctel de escándalo, música en directo, barra de gintonics y buena compañía. Risas, muchas risas, y la suerte de estar en un lugar tan privilegiado, con vistas, en pleno centro, como a mí me gusta.
Es un poco mierder que por trabajo no me aloje nunca en Madrid, y por ocio me sabe mal gastarme los euros en pasar una noche de hotel tan cerca de casa, porque desde luego me parece una opción más que recomendable: localización excelente, bien comunicado, a escasos metros de la estación de Atocha, edificio representativo, instalaciones renovadas y cocina de calidad.
Cuando sea rica y famosa, de mayor, pienso hacer dos cosas: ir a saraos de lunes a domingo y alojarme en los hoteles míticos de mi barrio, así, para probar y dar una opinión fundamentada.
Va a ser lo más.
Que un día te levantas con estos pelos y en tu bandeja de entrada tienes un email en el que te piden tu nombre para invitarte a una fiesta VIP (léase biaipi).
Y te toca salir del anonimato, no les vale que digas que eres La Hipster o Lajis. Quieren hasta el apellido.
En el chiquipueblo estas cosas no me ocurrían. En el chiquipueblo no hay fiestas biaipi.
Pero en Madrid, en la granciudad, es otro tema. A diario hay eventos de esos en los que te invitan a gintonics del bueno, con camareros guapos y chicas monas, en localizaciones increíbles, como efectivamente y festivamente fue el caso de la reinauguración del NH Nacional.
Para los que seáis como yo chiquipueblerinos y no sepáis de qué hotel os estoy hablando, quizá esta imagen del esquinazo de la calle Atocha con el Paseo del Prado os diga suficiente.
No os voy a engañar, no sabía que este fue el tercer hotel en abrir sus puertas en Madrid, en 1925, cuando todavía circulaban tranvías por las calles y los cercanos Ritz y Palace ya alojaban desde hacía algunos años a los viajeros pudientes.
Tampoco tenía idea de que había cerrado en un par de ocasiones y aunque habré pasado por delante decenas de veces en los últimos meses, no había reparado en el uso del edificio.
Aparecí por la fiesta sobre las ocho de la tarde con mi nombre como contraseña. Pude disfrutar de un cóctel de escándalo, música en directo, barra de gintonics y buena compañía. Risas, muchas risas, y la suerte de estar en un lugar tan privilegiado, con vistas, en pleno centro, como a mí me gusta.
Es un poco mierder que por trabajo no me aloje nunca en Madrid, y por ocio me sabe mal gastarme los euros en pasar una noche de hotel tan cerca de casa, porque desde luego me parece una opción más que recomendable: localización excelente, bien comunicado, a escasos metros de la estación de Atocha, edificio representativo, instalaciones renovadas y cocina de calidad.
Cuando sea rica y famosa, de mayor, pienso hacer dos cosas: ir a saraos de lunes a domingo y alojarme en los hoteles míticos de mi barrio, así, para probar y dar una opinión fundamentada.
Va a ser lo más.
domingo, 3 de abril de 2016
El misterioso caso del gato maullando sobre el toldo en la calle Magdalena
El pasado jueves fue un día muy, muy especial.
Cogí el metro.
A lo loco.
Ya os he contado que acostumbro a ir andando a todas partes. Es lo que tiene el centro de la granciudad, que apetece pasear e ir contemplando las ventanas con luz.
Pero después de una durísima jornada de curro y de haber quedado con Lagalu81 en el Café Manuela en Malasaña (sitio que os recomiendo encarecidamente si no lo conocéis) para darle su patito y tomarnos un batido de fresas y un zumo natural de kiwi y manzana, no me sentía con ánimos de caminar media hora hasta casa.
Así que cogí el metro.
Y me adelanté de parada.
Sí, no me pasé de parada, me adelanté.
Soy lerder.
El caso es que oí el "tiruri, tiruri, próxima parada...", me hice mi esquema mental, y me bajé. No me di cuenta de que me había confundido hasta que no estaba en la calle. Y tardé un rato.
Menuda cara de gili que se me quedó.
"Joder, joder... pa unas prisas"- pensé, con las ganas que tenía de meterme en la cama y dormir hasta el infinito y más allá- "Pues nada, enfilo la calle Magdalena y en un periquete estoy en casita".
Lavapiés suele tener jaleo: timbales, grupos de gente que habla alto en las terrazas... pero no recordaba yo escuchar gatos maullando como asustados. O como cuando están dos gatos enzarzados en una pelea, que tienen así como un maullido gutural. ¿Sabéis como os digo?
Pues además de los timbales y los grupos de gentehablando alto gritando en las terrazas, se escuchaba un gato maullando rítmicamente. Solo uno, con el dichoso maullido gutural.
"Nada, que se habrán encontrado dos gatos callejeros y estarán peleados por alguna gata, que para eso es primavera"- pensé, como si esto fuera el chiquipueblo.
En el chiquipueblo hay muchos gatos que se baten en duelo por las gatas. En en centro de Madrid, la verdad es que aún no he visto gatos callejeros peleándose.
No sé, a veces tengo una lógica aplastante.
El caso es que el gato de marras no paraba ni un segundo. Miaaaaaauuuuu, miaaaaauuu, cada vez más cerca. Cada vez más. Y yo mirando en todas direcciones, ni rastro del animal.
Hasta que por fin, ¡chachán! ¡Acera cortada, intransitable, atestada por la multitud! ¡Patrulla vecinal al rescate!
Un montón de gente llamando "misimisi" a un precioso minino negro de pelo largo y ojos verdes que había tenido la genial idea de salir por la ventana de su hogar y pasar de balcón en balcón, hasta acabar en el toldo del comercio La Huerta de Almería, y ahí ya sí que ¡terror!, ni para arriba ni para abajo, no encontraba el pobre el camino de vuelta, y permanecía quieto cual esfinge, mirando con cara de flipado a la multitud agolpada a sus pies y maúlla que te maúlla.
Los dueños del local estaban intentando rescatar al gato, pero no llegaban subidos al cubo de basura. La dueña del felino, nerviosita perdida, intentando subir a su piso a buscar una escalera y diciendo en voz alta: "¿Pero cómo ha llegado éste hasta ahí? Qué ideas...". Los viandantes opinando sobre la situación:
- "Uy, mucha precaución, que este gato como te acerques, te suelta un zarpazo y a ver"- la agorera hipocondríaca que no se debía haber fijado bien en la cara de acojone del bicho.
- "Tendremos que llamar a los bomberos"- la que siempre que hay ocasión quiere llamar a los bomberos, nos ha jodío, están muy güenos, señora.
- "¿Y si cerramos el toldo y así tenemos más margen para cogerlo?"- claro, y si el gato se precipita, pues nada, que para eso tiene siete vidas.
Menos mal que los dueños del local sacaron una escalera, momento en el cual abandoné la escena del suceso, deseando que tuviera un final feliz.
Porque los gatos de Madrid maúllan para ser rescatados de lostejados toldos. Y los vecinos se amotinan en las calles para ayudar (y cotillear).
Yla Hipster Lajis se vuelve a casa sonriendo por dentro y contenta de haberse confundido de parada de metro.
Cogí el metro.
A lo loco.
Ya os he contado que acostumbro a ir andando a todas partes. Es lo que tiene el centro de la granciudad, que apetece pasear e ir contemplando las ventanas con luz.
Pero después de una durísima jornada de curro y de haber quedado con Lagalu81 en el Café Manuela en Malasaña (sitio que os recomiendo encarecidamente si no lo conocéis) para darle su patito y tomarnos un batido de fresas y un zumo natural de kiwi y manzana, no me sentía con ánimos de caminar media hora hasta casa.
Así que cogí el metro.
Y me adelanté de parada.
Sí, no me pasé de parada, me adelanté.
Soy lerder.
El caso es que oí el "tiruri, tiruri, próxima parada...", me hice mi esquema mental, y me bajé. No me di cuenta de que me había confundido hasta que no estaba en la calle. Y tardé un rato.
Menuda cara de gili que se me quedó.
"Joder, joder... pa unas prisas"- pensé, con las ganas que tenía de meterme en la cama y dormir hasta el infinito y más allá- "Pues nada, enfilo la calle Magdalena y en un periquete estoy en casita".
Lavapiés suele tener jaleo: timbales, grupos de gente que habla alto en las terrazas... pero no recordaba yo escuchar gatos maullando como asustados. O como cuando están dos gatos enzarzados en una pelea, que tienen así como un maullido gutural. ¿Sabéis como os digo?
Pues además de los timbales y los grupos de gente
"Nada, que se habrán encontrado dos gatos callejeros y estarán peleados por alguna gata, que para eso es primavera"- pensé, como si esto fuera el chiquipueblo.
En el chiquipueblo hay muchos gatos que se baten en duelo por las gatas. En en centro de Madrid, la verdad es que aún no he visto gatos callejeros peleándose.
No sé, a veces tengo una lógica aplastante.
El caso es que el gato de marras no paraba ni un segundo. Miaaaaaauuuuu, miaaaaauuu, cada vez más cerca. Cada vez más. Y yo mirando en todas direcciones, ni rastro del animal.
Hasta que por fin, ¡chachán! ¡Acera cortada, intransitable, atestada por la multitud! ¡Patrulla vecinal al rescate!
Un montón de gente llamando "misimisi" a un precioso minino negro de pelo largo y ojos verdes que había tenido la genial idea de salir por la ventana de su hogar y pasar de balcón en balcón, hasta acabar en el toldo del comercio La Huerta de Almería, y ahí ya sí que ¡terror!, ni para arriba ni para abajo, no encontraba el pobre el camino de vuelta, y permanecía quieto cual esfinge, mirando con cara de flipado a la multitud agolpada a sus pies y maúlla que te maúlla.
Los dueños del local estaban intentando rescatar al gato, pero no llegaban subidos al cubo de basura. La dueña del felino, nerviosita perdida, intentando subir a su piso a buscar una escalera y diciendo en voz alta: "¿Pero cómo ha llegado éste hasta ahí? Qué ideas...". Los viandantes opinando sobre la situación:
- "Uy, mucha precaución, que este gato como te acerques, te suelta un zarpazo y a ver"- la agorera hipocondríaca que no se debía haber fijado bien en la cara de acojone del bicho.
- "Tendremos que llamar a los bomberos"- la que siempre que hay ocasión quiere llamar a los bomberos, nos ha jodío, están muy güenos, señora.
- "¿Y si cerramos el toldo y así tenemos más margen para cogerlo?"- claro, y si el gato se precipita, pues nada, que para eso tiene siete vidas.
Menos mal que los dueños del local sacaron una escalera, momento en el cual abandoné la escena del suceso, deseando que tuviera un final feliz.
Porque los gatos de Madrid maúllan para ser rescatados de los
Y
lunes, 15 de febrero de 2016
El secretito de la calle Cedaceros
Lo que hoy vengo a contaros no será ninguna novedad para los lectores de Madrid de toda la vida y tampoco para los que hayáis escuchado mi participación junto con otros blogueros madrileños en el último programa de Podcastizo, donde adelanté la primicia.
(¿Qué me estáis insinuando? ¿Que aún no habéis oído la dulce voz de La Hipster? ¿Os habéis perdido ese momentazo en el que cojo el micro y no lo suelto, que está claro que yo fui a la radio a hablar de mi libro? Estáis a tiempo, chatungos, pinchad en el siguiente enlace y pasad un rato divertido conmigo misma, y también con De Madrid a la Nube, CAvilesPhoto, Ana Villamuelas y Madrid es Cool, entrevistados por Podcastizo: La Hipster habla en la radio aquí).
Desde que abandoné el chiquipueblo, bendita la hora, voy a todos los sitios andando.
En el chiquipueblo para ir a cualquier lado interesante había que coger el coche. En la granciudad solo necesito calzado cómodo y abandonar la pereza en una de las cajas de mudanza que hay esparcidas por mi casa.
Y en mis paseos por Madrid tengo una máxima: ir pendiente de los detalles y los edificios, imaginarme historias peregrinas y cotillear si veo una ventana con luz.
Una de las calles por las que paso a menudo cuando pretendo enfilar la Gran Vía es la calle Cedaceros. A lo mejor a vosotros también os pasa, yo suelo tener preferencia por una acera, en Cedaceros es la de los pares, así que aprovecho para mirar absorta la de los impares.
Iba con el parejo un día y, de repente, caigo en este edificio:
Iba con el parejo un día y, de repente, caigo en este edificio:
- Shh, shh, parejo, ¿has visto ese edificio? Ostras, qué raruno, qué portón de madera, qué ventanas... ¿Quién vivirá ahí? Parece que no tiene telefonillo... Espera, que hay una placa en la puerta, ¿cruzamos?
Y cruzamos a cotillear la placa, dorada, con letra a lo elegante, reza algo así como: "Sociedad de Amigos del Teatro de Variedades".
- ¡Venga ya, parejo! -yo ya estaba riéndome a carcajada limpia- ¿Teatro de variedades? Gensanta, si eso ya no se estila. Me vas a decir tú a mí que la Sociedad de Amigos del Teatro de Lina Morgan- no sé por qué yo oigo la palabra "variedades" y se me viene a la mente el programa "Noche de Fiesta" de La 1- tiene pasta para un edificio de este calibre en el centro de Madrid. Venga ya, venga ya... ¡es una tapadera, está clarinete! Esto es un club de swingers, amore, si no lo sabré yo, un club de parejas liberales y ese rollo. Que me los conozco guay y tiene toda la pinta...
- O peor, un lugar de rituales satánicos y orgías a lo "Eyes Wide Shut" - el parejo es que además de estar to güeno es muy listo.
Ahí quedó la cosa.
Después de un par de meses, volvimos a pasar por Cedaceros con dos amigos muy amantes también de la truculencia. Y había una luz roja, ¡roja!, en el interior de una de las estancias.
- ¿Pero de verdad vosotros os creéis lo que pone en la placa? Hombreya, que no, que ahí dentro ahora mismo se está celebrando una bacanal.
Mi amigo, que es un cachondo:
- Tía, ¿cruzamos, llamamos al telefonillo y decimos la contraseña para que nos dejen entrar a ver qué se cuece? Seguro que la contraseña es "antimonio".
Jajajaja, antimonio.
Ahí quedo la cosa.
Hasta que un día, en un descanso del curro, cuento la historia de la Sociedad de Amigos del Teatro de Variedades a unos compañeros. Y una compi muy madrileña de forever:
- Hipster, ay, que creo que sé de qué edificio me hablas. Que en esa calle hubo un cine muy chulo, el Bogart.
Y en un momento, los móviles ardiendo y todos googleando (¿cómo no se me ocurrió antes?) y, efectivamente, donde antaño estuvo el cine Bogart, hoy está el Club Bogart, juzguen por ustedes mismos:
En su cuenta de instagram, se definen como un "santuario para caballeros ociosos". No digo más.
Teatro de variedades lo llaman ahora. Qué modernez.
Si es que tengo un ojo...
P.D. Por cierto, gracias a la ventana en el tiempo De Madrid a la Nube, he descubierto que en algún momento fue el Cine Panorama. Pinchad aquí para descubrir la foto.
domingo, 7 de febrero de 2016
El consultorio sentimental de La Hipster en Podcastizo
Hola, corazones:
¿Habéis escuchado alguna vez eso de "consejos vendo, para mí no tengo"? Pues eso es a lo que me voy a dedicar de ahora en adelante, que ahí hay mercado, al coaching sentimental.
Con esto de que últimamente la vida virtual me da más alegrías que la de verdad, la de carne y hueso y lágrimas y días de sol de invierno, me he aliado con una panda de frikis increíbles de majos, con mucha más experiencia que yo en batallar con la granciudad, y que se marcan podcast de cinco horas hablando de Madrid y lo que se tercie, y se les quedan cortas. Os hablo de Podcastizo, los chulapos de las ondas, adaptados a los nuevos tiempos además en Twitter.
¿Qué ha pasado? Pues que nos hemos hecho #muyfans mutuamente y me invitaron a uno de sus programas, que espero que podáis escuchar prontito, junto con otros cracks madrileños que saben mucho de planazos, fotografía e historia. Y la menda ahí de figuranta.
(¡Oh, sí, la voz de La Hipster! Que os conozco y sé que estáis flipando mazo con el tema. Sí, chatungos, sí, vais a poder escuchar en breve mi voz aterciopelada).
Claro, estaba cantado, vosotros probad a juntar a unas cuantas mentes brillantes en un espacio cerrado, egos indomables micrófono en mano, y ahí la entropía se dispara y puede ocurrir anything. Y ocurrió, ocurrió que para variar se nos fue mucho la pinza y vamos a colaborar y lanzar un par de secciones nuevas en Podcastizo.
Han oído bien, señores, no una, sino dos nuevas secciones en el podcast de moda en la granciudad, destinadas a ofrecer servicios de primera necesidad al madrileño de a pie (y a los no madrileños también, of course).
Redoble de tambores (o timbalada, que está in desde que gobierna Carmena): en breve podrán disfrutar de la sección "Mamá, quiero ser hipster" (o similar, el nombre está aún por definir), en la que La Cool, una tía que del hipsterio controla mogollón, me ayudará a acelerar mi proceso de conversión a la modernez. Desde aquí y desde ya, gracias, chatunga, qué sufrimiento tenía y ahora por fin visualizo la luz al final del túnel. Y, cómo no, también de "El consultorio sentimental de La Hipster", donde una servidora escuchará vuestras dudas, ruegos y preguntas relacionadas con el mal de amores, y será un hombro amigo en las noches solitarias, una caricia directa al corazón, un pozo de sabiduría de las relaciones personales.
Bueno, a lo mejor no es así precisamente. Pero prueben, prueben... anímense a abandonar el Tinder, el Badoo, el Madison no sé cuantitos y los locales de dudosa fama a las tantas de la mañana. Dejen de pedirle consejo a la suegra, que siempre va a ponerse del lado oscuro, parecen ustedes nuevos en la materia.
¿No sabes cómo decirle a tu churri que su pijama de borreguito sí, es muy mono, pero forma parte del comando antimorbo y a ti el borreguito lo que es calentarte, como que no? ¿Quieres sorprender al parejo y si le llevas a alguna tetería más de esas cuquis con papel pintado de flores temes que a) le de un jari o b) se adhiera a lo fashion y se quiera transformar en tu personal shopper, y para qué quieres más, así que necesitas un plan mucho más friki y no sabes ni por dónde empezar, que tú eres muy del Barrio Salamanca y él muy de Vallekas? ¿Necesitas pedir perdón, has metido la pata hasta la ingle interna, y lo más literario que te sale a ti es un "cariño, otra vez te he hecho lentejas para cenar, que me salen mu ricas"? ¿Te acaba de dejar tu novia de toda la vida y te ves con treintaytantos más perdido que yo misma en el stand de Tous del Cortinglés y te vendría fetén saber dónde se reúne la juventud para ligar o frunjir o lo que surja?
¡Ya estás tardando, si es que estas cosillas del amor nos pasan a todos! Escríbenos a oyentes@podcastizo.com, mándanos un twitt con tu consulta (La Hipster y Podcastizo) o deja un comentario en este post, y no te defraudaremos. Prometido, no estoy cruzando los dedos ni ná.
¡Atentos a las ondas!
lunes, 18 de enero de 2016
Interrupted, dos funciones más en Madrid
Me estreno en la crítica teatral.
Yo lo intento con todo.
No me considero ni mucho menos una experta, pero sí soy aficionadilla. Digamos que el cine de verano del chiquipueblo no era suficiente aliciente cultureta (ojo, que me encanta) y ya desde los últimos tiempos en los dominios del extrarradio éramos habituales de algunos teatros en Madrid.
Desde que estamos viviendo en la granciudad, como con otras tantas actividades, se nos ha desmadrado el asunto y voy al teatro, normalmente acompañada del parejo, una vez a la semana.
He de decir que la tarifa mensual y otras iniciativas del Teatro Lara han contribuido a elevar la media. Vamos, que parece mi segunda casa (¡ojalá, qué más quisiera yo!).
Y entre lo que tienen en cartelera, que es todo muy apetecible y casi siempre comedia o dramacomedia, que se agradece, que para disgustos ya tenemos la vida misma, os quiero recomendar una obra que me ha gustado mogollón, por original, por guión, por la puesta en escena y por las actuaciones de las cuatro chicas: Interrupted, de Teatro Envilo.
Podéis disfrutarla, reíros a carcajada limpia, sonreír por dentro y también sufrir con este relato sobre cómo la vida necesita bien poco para darse la vuelta.
Quedan dos martes de función en el Teatro Lara, mañana día 19 y el próximo 26 de enero.
Mi recomendación: ¡no se la pierdan!
Yo lo intento con todo.
No me considero ni mucho menos una experta, pero sí soy aficionadilla. Digamos que el cine de verano del chiquipueblo no era suficiente aliciente cultureta (ojo, que me encanta) y ya desde los últimos tiempos en los dominios del extrarradio éramos habituales de algunos teatros en Madrid.
Desde que estamos viviendo en la granciudad, como con otras tantas actividades, se nos ha desmadrado el asunto y voy al teatro, normalmente acompañada del parejo, una vez a la semana.
He de decir que la tarifa mensual y otras iniciativas del Teatro Lara han contribuido a elevar la media. Vamos, que parece mi segunda casa (¡ojalá, qué más quisiera yo!).
Y entre lo que tienen en cartelera, que es todo muy apetecible y casi siempre comedia o dramacomedia, que se agradece, que para disgustos ya tenemos la vida misma, os quiero recomendar una obra que me ha gustado mogollón, por original, por guión, por la puesta en escena y por las actuaciones de las cuatro chicas: Interrupted, de Teatro Envilo.
Podéis disfrutarla, reíros a carcajada limpia, sonreír por dentro y también sufrir con este relato sobre cómo la vida necesita bien poco para darse la vuelta.
Quedan dos martes de función en el Teatro Lara, mañana día 19 y el próximo 26 de enero.
Mi recomendación: ¡no se la pierdan!
martes, 12 de enero de 2016
De mayor me pido vivir aquí
Acabamos de terminar la reforma de El Escorial.
Miento, no la hemos terminado. A ver, a ver, que mire un momentín a mi alrededor...Ajá, a mi izquierda un par de puertas apoyadas en la pared, varias cajas de mudanza, dos muebles apilados (ambos a la venta en Wallapop, chatos, oferta irrepetible), y de frente una pared con azulejos que me hacen la ola y salpicada de defectos de pintura.
Y eso que llevamos 7 meses y medio en el piso. ¿Qué nos está pasando? Señor, ¡ten a bien acogernos en Tu seno!
Pero como estoy refatal, y la vena masoca sale cuando quiere, que yo no la vengo controlando, ya estoy pensando en mi próxima aventura inmobiliaria. La de la otra vida, cuando acabe con la hipoteca a 30 29 años de mi humilde morada actual y el Señor tenga efectivamente a bien acogerme en Su seno.
Entonces, desde las alturas, me reencarnaré para regresar al mundo de los mortales y con la experiencia acumulada en esta mi primera existencia, y la certeza de que las deudas prescriben en el lecho de muerte (¿verdad, verdad?), iré a estos cuatro pisitos de Madrid y haré a los propietarios de los mismos una oferta indecente, que no podrán rechazar.
Es un plan infalible.
Eso, o la suerte me compensa en vida en forma de multimillones. Todo puede ser, chatos, yo nunca pierdo la esperanza. Soy más bien de percutir.
Total, que en mi vida hipster futura, no me movería yo del distrito centro de la granciudad ni de coña, palabrita del ñiñojesús. Aunque sí pediría un hogar algo más amplio (sin exagerar tampoco, no sé, entre 180 y 250 metros está fetén, que luego hay que pasar el mocho y es un rollo), más luminoso (estoy pensando en una terracita de ná, 50 metritos o así, que me quepa el macetohuerto que tenía en el chiquipueblo y una mesa y sillas para seis; orientación oeste para disfrutar el atardecer gintonics en mano ya se considera un plus, si es que yo de siempre he sido muy conformista) y en una finca de esas que tienen puertas para que entren carruajes, en un enclave especial.
Para que os hagáis una idea de lo que hablo, les tengo echado el ojo a estos cuatro pisos en concreto (las fotos están tomadas en diferentes momentos de mi paseos por Madrid, no pongáis atención a la calidad artística, por favor):
1. El último piso de este edificio que sobresale en una de las aristas de la Plaza de Santa Ana. El de arribota del todo, el de los balcones ovalados que suele tener las luces encendidas por la noche. Sí, os vigilo. ¿Quién tiene tantísima suerte de vivir ahí?
(La foto está tomada desde la cafetería de la planta baja del hotel Meliá y los puntitos que se ven son gotas de lluvia en el cristal).
2. Volvería a disfrazarme de princesa si fuera necesario con tal de ocupar lo más alto de la más alta torre de esta finca con vistas al Retiro en la calle Alfonso XII. ¿Que los muebles no encajan bien en las estancias redondas? A mí, plin, le pido un crédito basura a Cofidis y me pillo unas cuantas estatuas art déco para rellenar la sala y tan pichi, oiga. Me siento en un diván, me pongo una ópera mientras leo poesía con el gato acostado en mi panza, y a contemplar mis estatuas y ver a los runners echar los higadillos. Planazo.
3. Esta fachada, en la calle Barco número 21, me vuelve loca. Si estoy paseando por el barrio, cambio la ruta con tal de pasar por delante. En más de una ocasión he estado tentada de llamar al telefonillo y pedirle por favor, por favooooor a quien habite tan bello lugar que me deje cotillearle la choza. Esos balcones acristalados, ay, qué bien me vendrían para mis orquídeas.
4. Y, por último, un dúplex. Nada ostentoso, ¿eh?, no se vayan a creer. Algo con gusto, así, ático más mirador en la Plaza de Ramales, con vistas al Palacio Real para soñar despierta. Cuántas veces en mi vida habré pasado por delante y nunca me había fijado en este edificio. Lerder que es una. Ahora no me lo quito de la cabeza. Qué maravilla. Por el dichoso mirador no esperaría yo a la vida reencarnada, qué va, si pudiera hipotecaba esta, la reencarnación primera y las venideras, hasta que el karma haga que me convierta en chinche y me dejen de conceder créditos. Y cuando sea chinche, me colaría por una rendija de la ventana. Hasta la eternidad.
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Desde aquí, hago un llamamiento: si alguno de los habitantes de estos pisitos está así como harto de las desventajas (yo qué sé, lo típico, que no puede tender las bragas a gusto porque sus vecinos son muy de postín y le escudriñan a ver si el encaje es bueno o del H&M y con ese estrés empieza a tener problemas para dormir), que contacte conmigo y planteamos una multipropiedad de esas que están tan de moda.
¿Vosotros también os fijáis en las casas en las que os gustaría vivir? ¿O va siendo hora de que me revise la medicación?
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Fun, fun, fun, Madrid de mis amores
Ya está. Ayer no me tocó la lotería y hoy he recibido la postal navideña que me manda mi querida amiga desde el extrarradio todos los años. Antes el crisma viajaba del extrarradio al chiquipueblo. Este es el primero que va del extrarradio al centro de la granciudad.
También hoy he tenido que escuchar el primer "uys, uys, se te va a pasar el arroz". Si es típico oírlo en las múltiples reuniones familiares, de amigos, de compis del curro... que acontecen en estas fechas, imagínense ustedes si además tienen la suerte de celebrar el cumpleaños entre sobremesa y sobremesa de las de bandeja de polvorones. No me libro ni de coña.
En fin, que podemos dar por inauguradas estas adorables Fiestas. Fun, fun, fun.
Y a pesar de que este año puede calificarse como un fucking 2015, que mi humor oscila entre bailar como la flamenca del Whatsapp y la mierda con ojos, chatos, llamadme crazy, ¡me apetece celebrar la Navidad!
Para variar, no sé qué puñetas me está ocurriendo. Bueno, sí. Bueno, no estoy segura. Tengo sospechas. Creo que se trata de la granciudad que una vez más ejerce su influjo y me ha convertido. Lo que no consiga el Madrid de mis amores...
En el chiquipueblo sabes que es Navidad cuando llega el turrón a Mercadona. Primer aviso. Luego el ayuntamiento pone un par de lucecicas en la calle principal y los vecinos sacan el arsenal de guirnaldas de los chinos y retales de niñosjesuses en las ventanas. En Nochevieja tiran petardos y me asustan a los gatos. Game over.
Sin embargo, en Madrid, ¡ay, en Madrid! En Madrid la Navidad empieza con el olor a castaña asada y garrapiñadas en cada esquina. El pistoletazo de salida lo dan las colas crecientes en Doña Manolita (gensanta, la que se llega a montar). Los escaparates. Y después las luces. ¡Las luces, y eso que aún estamos en crisis, qué locuras no se harían los años de bonanza! Serrano, el árbol de Sol, el de Colón, Fuencarral, Huertas, Preciados... Las pistas de hielo. Y por fin, los puestos de la Plaza Mayor, las pelucas y los cuernos de reno, la imposibilidad de pillar mesa en restaurante alguno, las esperas y los paquetes enormes en Correos, las aglomeraciones everywhere, ¡Cortilandiaaaaaa, Cortilandiaaaaaaaaaaaaa! La locura.
Y, en medio de la vorágine, un parejo y una hipster que se dan la mano por enésima ocasión y salen a comprar espumillón y bolas de Navidad con purpurina para engalanar hasta el maldito último rincón del nuevo hogar. No habrá muchos muebles en casa, pero purpurina tenemos hasta en las pestañas.
Que no, que este fucking 2015 no va a acabar con nosotros. Yo estoy requetedispuesta a recuperar todos los kilos que he perdido en la segunda mitad del año a base de alimentarme de turrón del duro y a pasármelo genial en todas las fiestas de guardar, incluido mi cumpleaños. Que caen 31 castañas (joder, qué mal las llevo, soy lo peor, tengo derecho) y el parejo se lo está currando mil, llevo ya tres pre-regalos y aún quedan otros 3 días para el gran acontecimiento. Mis expectativas están por las nubes. In the clouds.
Me huelo que este año supera las gafas de famosa.
Así que, nenitos, desde este rincón de mi vida, aprovecho para desearos a todos unas Fiestas molongas a vuestro estilo, sea el que sea: en familia, con amigos, torrándose en las islas Fidji, esquiando (si es que hay nieve en algún lugar del universo esta temporada) o en la granciudad. Tanto si tenéis asuntos que celebrar como si vuestro año también ha sido fucking.
¡A bailar boogie, que esto son dos días!
martes, 21 de julio de 2015
Un domingo cualquiera
Me he pasado con la modernez.
Es la calor, que no me deja pensar con claridad, y así nos va, que te despiertas un domingo a una hora prudencial, de esto que el parejo se pone perezoso para ir a por el pan para las tostadas mientras la menda se da una vuelta más en la cama y cierra el ojo con la esperanza de dormir diez minutejos extra, y al final resuelves que sin pan no hay desayuno, y que total, ya que nos ponemos, si hay que salir, pues en vez de ir a por pan nos acercamos a la Casa de la Torrija que es un paseo de nada y ele, nos homenajeamos con una torrija en pleno mes de julio y que nos quiten lo bailao, majos. Es lo que tiene vivir en la gran ciudad, que hay torrijas en julio.
Estamos fatal de lo nuestro. Y la Casa de la Torrija cierra los domingos, que parecemos nuevos.
Que no cunda el pánico, habrá un plan B en pleno centro. Con un poco de suerte, encontramos sitio en la novena del Cortinglés de Callao y disfrutamos de las vistas. Pues sí, sitio habría, pero a partir de las 11:00 h que es cuando abren los domingos. Y nos rugen los estómagos y falta media hora.
Venga, crucemos la Gran Vía y buscamos otro sitio por Malasaña. ¿Dónde, dónde podemos desayunar, coñe, que en el chiquipueblo había dos bares pero aquí no nos aclaramos?
Y aunque no es el mejor momento, aunque nos hemos lanzado a las calles sin ducharnos siquiera, aunque tenemos las legañas pegadas al ojo y pintillas zarrapastrosas y pocos ánimos pal amooooooor, se nos ocurre que hemos leído por ahí que la cafetería del Museo del Romanticismo (C/ San Mateo) está muy requetebien y para allá que vamos.
Y el Museo del Romanticismo nos recibe con esta estampa.
Y, efectivamente, está muy requetebien. Una tarta de frutos rojos que quita el sentido, un jardín con hortensias en flor, unos camareros simpáticos, un oasis en pleno centro. Diez euros exactos la cuenta para dos.
Me cambia la cara, se me quitan las penas. Esto es empezar bien el día. Ni legañas, ni pintillas, el parejo y yo estamos güenísimos, hombre ya.
Nos venimos arriba. La gran ciudad es lo mejor que nos ha pasado. ¡Qué vivan los domingos y las fiestas de guardar! A la tarde nos tocará currar como borricos en las obras de El Escorial de nuestro piso que no se acaban nunca, pero por la noche podemos irnos al Cine Doré, que echan una de miedo de los 80.
¿De miedo? Una de la Toston Pictures que nos tragamos, como diría el parejo. De esas sin banda sonora ni na, nosotros que llevábamos las patatuelas en la mochila para ronchar un poco durante la sesión. Nos habrían chistado fijo.
Lo dicho, nos hemos pasado con la modernez.
Pero no quiero el chiquipueblo de vuelta ni regalao.
lunes, 29 de junio de 2015
Perdida que te cagas en la gran ciudad
Dicen los gurús del couchin y charlatanes expertos en psicología de mercadillo que se tarda 21 días en establecer un hábito (¡ja!). Pues ya la hemos liado: una semanita más de los 21 días de precepto llevo en la gran ciudad y, por ahora, tiene toda la pinta de que mi hábito es estar tan perdida como Paco Martínez Soria en versión joven, femenina, hipster de palo y con una historia en el chiquipueblo a mis espaldas.
Quédefrutamadre.
Quédefrutamadre.
Librarse de las garras de costumbres ancestrales forjadas al calor de los chiquipueblos anodinos no va a ser pan comido, señores. Llega el fin de semana y me aturdo con la oferta cultural y con la rapidez con la que se escapan los billetes de la cartera, que la gran ciudad me va a matar de un infarto o con la ruina financiera, cómo despliega sus armas la jodía. Sospecho que se guarda un tercer método en la manga: muerte por desesperación a la hora de aparcar, pero de momento me está dando tregua para que me lo crea y me venga arriba y luego ¡zasca!, donde más duele.
A ver, que atravesar la Puerta del Sol arrastrando el carrito de la compra en una mano y en la otra, un paquete de papel higiénico de tamaño familiar, es de todo menos hipster, lo admito (sí, si alguno me vio, era yo, ¿qué pasa?). Quizá salir a dar una vuelta y sacarte el helado de casa marca blanca tampoco es lo más glamouroso, pero es lo que hay, todo lleva un proceso de adaptación, y a mí 21 días me parecen una mierder, que aún tengo el salón lleno de cajas y el olor a pintura del piso me sigue colocando (¡gratis, yupi!).
Mira que al final me veo que acabo haciendo la compra en Mercadona online, con lo que he renegado de Hacendado. En otras 3 semanas me vuelvo a reportar y os cuento.
martes, 9 de junio de 2015
Si lo sé, no me hago hipster
Josmíos, hay que ver lo duro que es esto del hipsterío. De haber sabido la que se me venía encima, me habría hecho otra cosa, no sé, domadora de cocodrilos, cantaora de flamenquito o tocóloga. Que las moderneces y el postureo me traen loca.
Tras la friolera de 3 días viviendo en la gran ciudad (tiempo más que suficiente para sentar cátedra, en esta vida hay que ser valiente), puedo asegurar que mola. Para los que somos de extrarradio, de las afueras de las afueras, atora un poco tanto estímulo. Ostras, que el otro día salí a enviar un fax y me tiré una hora y media fuera de casa porque vi un mueble súuuuuper práctico de los años 60 para guardar botellas de alcohol y cristalería (ya se sabe, prioridad absoluta tras una mudanza, digamos que necesidad básica) cuyo precio estaba totalmente fuera de mi presupuesto y me puse a hablar con la dueña del local antes de irme a desayunar a El Azul de Fúcar, que se ve que nadie madruga en el centro de la gran ciudad, por eso de que sirven desayunos hasta las 13:00h. Con la de cajas que tengo que desembalar.
Pero salir del hipsterío de extrarradio y llegar a los paseos improductivos me va a costar una semana sin agua caliente (maldigo las compañías de gas y los festivos locales), sin cocina (maldigo mis gustos nada corrientes en estos lares, sólo a mí se me ocurre pedir una encimera de madera y esperar que llegue a tiempo), unas vacaciones destinadas a atender a los "profesionales" de la obra de El Escorial que por h o por b no han terminado su trabajo a tiempo (maldigo el gremio de la construcción cienes de veces) y un ataque de nervios inminente, sin saber cuál es el centro de salud que me corresponde. Menos mal que aquí las ambulancias llegan pronto, que de esta en el chiquipueblo me habría largado al otro barrio.
Eso sí, como buena hipster, tengo internet en casa desde el día uno. Tiene bemoles que los más serios en este asunto hayan sido la empresa de telecomunicaciones.
Ahora que esto de la falta de agua caliente me está poniendo la piel tersísima, he rejuvenecido lo menos 10 años, y en la veintena preñarse está tirao, señores, y la ausencia de cocina me ha proporcionado la excusa perfecta para conocer los baretos del lugar y fundirme los euros que tan bien me vendrían para comprar un sofá en algún momento de mi vida.
A los "profesionales" de la obra y el inminente ataque de nervios, en cambio, no le acabo de pillar el tranquillo, fíjense.
Tras la friolera de 3 días viviendo en la gran ciudad (tiempo más que suficiente para sentar cátedra, en esta vida hay que ser valiente), puedo asegurar que mola. Para los que somos de extrarradio, de las afueras de las afueras, atora un poco tanto estímulo. Ostras, que el otro día salí a enviar un fax y me tiré una hora y media fuera de casa porque vi un mueble súuuuuper práctico de los años 60 para guardar botellas de alcohol y cristalería (ya se sabe, prioridad absoluta tras una mudanza, digamos que necesidad básica) cuyo precio estaba totalmente fuera de mi presupuesto y me puse a hablar con la dueña del local antes de irme a desayunar a El Azul de Fúcar, que se ve que nadie madruga en el centro de la gran ciudad, por eso de que sirven desayunos hasta las 13:00h. Con la de cajas que tengo que desembalar.
Pero salir del hipsterío de extrarradio y llegar a los paseos improductivos me va a costar una semana sin agua caliente (maldigo las compañías de gas y los festivos locales), sin cocina (maldigo mis gustos nada corrientes en estos lares, sólo a mí se me ocurre pedir una encimera de madera y esperar que llegue a tiempo), unas vacaciones destinadas a atender a los "profesionales" de la obra de El Escorial que por h o por b no han terminado su trabajo a tiempo (maldigo el gremio de la construcción cienes de veces) y un ataque de nervios inminente, sin saber cuál es el centro de salud que me corresponde. Menos mal que aquí las ambulancias llegan pronto, que de esta en el chiquipueblo me habría largado al otro barrio.
Eso sí, como buena hipster, tengo internet en casa desde el día uno. Tiene bemoles que los más serios en este asunto hayan sido la empresa de telecomunicaciones.
Ahora que esto de la falta de agua caliente me está poniendo la piel tersísima, he rejuvenecido lo menos 10 años, y en la veintena preñarse está tirao, señores, y la ausencia de cocina me ha proporcionado la excusa perfecta para conocer los baretos del lugar y fundirme los euros que tan bien me vendrían para comprar un sofá en algún momento de mi vida.
A los "profesionales" de la obra y el inminente ataque de nervios, en cambio, no le acabo de pillar el tranquillo, fíjense.
lunes, 11 de mayo de 2015
Mis gafas de famosa
Para los regalos soy la leche, muy especialita, y ya si se trata de que me regale el parejo, agarrarse los machos toca. Mira que lo pongo fácil, que tengo una wishlist compartida, en la que hay un poco de todo lo que me mola del hipsterio, desde jabones handmade hasta libros de los de pensar. Pues nada, no hay forma, el parejo se empeña en que un regalo es un regalo y, por tanto, no tengo derecho a decidirlo. El derecho es suyo a elegir lo que le salga de los mismísimos y cagarla hasta el fondo.
En estas estamos, cuando a finales de 2014 el calendario señala que cumplo 30 castañas. El parejo se lo estaba temiendo desde forever mínimo. Y a pesar de eso, le puede su hombría, así que a pecho descubierto, opta por pasarse la wishlist por el arco del triunfo y comprarme lo que le venga en gana. Eso es valentía, señores, no lo repitan en sus casas.
Y el día de mi 30 cumpleaños, después de un desayuno en el que parte del menú han sido las uñas y los pellejos que me muerdo pensando en qué idea peregrina habrá tenido el colega para regalarme, aparece con cara de icono de Whatsapp de angelillo inocente y una bolsa de la óptica L'Atelier en las manos. Está claro que este año no me han tocado los jabones handmade.
Me abalanzo sobre el paquete y descubro un estuche molón de color blanco. Lo abro sin paciencia y saco las gafas de sol más bonitas que he visto en mi vida: el modelo Manhattan de Oliver Goldsmith, en color rojo oscuro y cristales grises, ¡exactamente el mismo modelo que lució Audrey en la épica Desayuno con Diamantes! Mientras una parte de mi cerebro calcula con rapidez el posible precio de semejante objeto de deseo (es un efecto secundario de ser hipster de extrarradio, que te puede la parte tacañona), la otra da saltitos de alegría inconmensurable. ¡Joder, esto sí que es un regalazo, no puedo ser más afortunada!
En estas estamos, cuando a finales de 2014 el calendario señala que cumplo 30 castañas. El parejo se lo estaba temiendo desde forever mínimo. Y a pesar de eso, le puede su hombría, así que a pecho descubierto, opta por pasarse la wishlist por el arco del triunfo y comprarme lo que le venga en gana. Eso es valentía, señores, no lo repitan en sus casas.
Y el día de mi 30 cumpleaños, después de un desayuno en el que parte del menú han sido las uñas y los pellejos que me muerdo pensando en qué idea peregrina habrá tenido el colega para regalarme, aparece con cara de icono de Whatsapp de angelillo inocente y una bolsa de la óptica L'Atelier en las manos. Está claro que este año no me han tocado los jabones handmade.
Me abalanzo sobre el paquete y descubro un estuche molón de color blanco. Lo abro sin paciencia y saco las gafas de sol más bonitas que he visto en mi vida: el modelo Manhattan de Oliver Goldsmith, en color rojo oscuro y cristales grises, ¡exactamente el mismo modelo que lució Audrey en la épica Desayuno con Diamantes! Mientras una parte de mi cerebro calcula con rapidez el posible precio de semejante objeto de deseo (es un efecto secundario de ser hipster de extrarradio, que te puede la parte tacañona), la otra da saltitos de alegría inconmensurable. ¡Joder, esto sí que es un regalazo, no puedo ser más afortunada!
Entre abrazo y abrazo, besos, gritos, el parejo intenta explicarme que hay que volver a la óptica a graduarlas (además de extrarradio, soy miope, eso para el hipsterio está fetén, porque mis gafaspasta no son de palo, señores) y que "ya está to' pagao', chati".
Me falta tiempo para salir escopetada a L'Atelier, la óptica más chula en la que me han visto el pelo. Están en la calle Moratín, en el barrio cultureta por excelencia de Madrid, el Barrio de las Letras (metro Antón Martín). Tienen un local precioso, donde atienden dos chavales a cual más majo y profesional, que lo mismo te gradúan la vista, que te dan palique,que te aconsejan sobre el diseño de montura que mejor le sienta a tu careto. Y no te aconsejan cualquier cosa, no te creas, porque en L'Atelier no tienen RayBan ni marcas mainstream: si lo que buscas son unas gafas de calidad, y de diseño del bueno, has dado en el clavo.
Yo, desde luego, estoy encantada con mis gafas de famosa. Me quedan genial y llaman muchísimo la atención, la gente me suele preguntar por ellas y orgullosa les cuento su historia. Espero que me duren años y años, y parejo, tú que me lees, has puesto el listón altísimo para los 31, en diciembre nos vemos, chatungo.
jueves, 30 de abril de 2015
Una tarde en el matadero
Una tarde en el matadero era exactamente mi idea de la primera cita del parejo y yo en la consulta de infertilidad. Pero hoy no vengo a hablaros de este tema, sino de un plan genial para hacer un finde cualquiera de estos: visitar Matadero Madrid.
Matadero Madrid mola un puñao, así os lo digo. Para mí, es un ejemplo de transformación de espacio obsoleto, una maravilla de aprovechamiento cultureta para el barrio en unos edificios preciosos. No como la barbaridad que han hecho en la antigua Estación del Norte, ahora Príncipe Pío, donde plantaron un centro comercial horroroso y anodino, uno más de tantos, en un lugar donde casi cualquier otra iniciativa habría sido más que bienvenida. Cosas de la sociedad de consumo.
¿Qué puedes esperar en tu visita a Matadero Madrid? En primer lugar, estás al ladito de Madrid Río, ese parque lineal estupendo a orillas del Manzanares, cuyas obras sufrieron los habitantes de la gran ciudad con un estoicismo increíble, y que hoy es un sitio guay para ir en familia o con amigos, o como más te dé la gana. Así pues, Matadero Madrid puede convertirse en una parada en tu paseo, andando o en bici (más que nada porque dudo que te dejen pasar dentro de los edificios en patines).
Una vez en el recinto, tienes exposiciones (cuando yo fui estaban las Guerrilla Girls, que como su nombre indica son unas chicas guerreras que reivindican la presencia de las mujeres y las minorías en el mundo del arte, y había otra con un ladrillo de la cárcel de Carabanchel y otra más con imágenes y sonidos del planeta Tierra; ya os avisé que Matadero era muy cultureta), sala de teatro y de cine, un par de bares (uno de ellos con terraza), unas salas creativo-colaborativas para que los emprendedores y diseñadores se reúnan a contarse sus cosas rollo San Francisco style, y una explanada exterior enorme con chavalería haciendo el cabra.
Además de eso, está la Casa del Lector, que el día que yo fui estaba cerrada, pero en la que organizan eventos y talleres relacionados con la lectura. También en la entrada, vi unos carteles en los que se anunciaban las actividades programadas, y había muchas para hacer con niños.
Vamos, que es completito que no veas y la diversión está asegurada para todos. Ojalá aquí en el chiquipueblo tuviéramos algo parecido, pero qué va, aquí con programar clases de macramé a las 11h de la mañana se quedan tan panchos.
Matadero Madrid mola un puñao, así os lo digo. Para mí, es un ejemplo de transformación de espacio obsoleto, una maravilla de aprovechamiento cultureta para el barrio en unos edificios preciosos. No como la barbaridad que han hecho en la antigua Estación del Norte, ahora Príncipe Pío, donde plantaron un centro comercial horroroso y anodino, uno más de tantos, en un lugar donde casi cualquier otra iniciativa habría sido más que bienvenida. Cosas de la sociedad de consumo.
¿Qué puedes esperar en tu visita a Matadero Madrid? En primer lugar, estás al ladito de Madrid Río, ese parque lineal estupendo a orillas del Manzanares, cuyas obras sufrieron los habitantes de la gran ciudad con un estoicismo increíble, y que hoy es un sitio guay para ir en familia o con amigos, o como más te dé la gana. Así pues, Matadero Madrid puede convertirse en una parada en tu paseo, andando o en bici (más que nada porque dudo que te dejen pasar dentro de los edificios en patines).
Una vez en el recinto, tienes exposiciones (cuando yo fui estaban las Guerrilla Girls, que como su nombre indica son unas chicas guerreras que reivindican la presencia de las mujeres y las minorías en el mundo del arte, y había otra con un ladrillo de la cárcel de Carabanchel y otra más con imágenes y sonidos del planeta Tierra; ya os avisé que Matadero era muy cultureta), sala de teatro y de cine, un par de bares (uno de ellos con terraza), unas salas creativo-colaborativas para que los emprendedores y diseñadores se reúnan a contarse sus cosas rollo San Francisco style, y una explanada exterior enorme con chavalería haciendo el cabra.
Además de eso, está la Casa del Lector, que el día que yo fui estaba cerrada, pero en la que organizan eventos y talleres relacionados con la lectura. También en la entrada, vi unos carteles en los que se anunciaban las actividades programadas, y había muchas para hacer con niños.
Vamos, que es completito que no veas y la diversión está asegurada para todos. Ojalá aquí en el chiquipueblo tuviéramos algo parecido, pero qué va, aquí con programar clases de macramé a las 11h de la mañana se quedan tan panchos.
martes, 28 de abril de 2015
Lo que puedes esperar cuando empiezas a buscar piso en la gran ciudad
La primera conversación que tuvimos el parejo y yo sobre abandonar el chiquipueblo y mudarnos a la gran ciudad fue en los comienzos del año 2014. Empezábamos a estar un poco cansados del afilador y el chatarrero jodiéndonos a grito pelao las mañanas de los sábados.
Para la toma de decisiones, la dinámica entre nosotros suele ser siempre la misma: el parejo propone, yo me enroco en el no y me cabreo por sus ideas peregrinas (rollo: "pero, vamos a ver si pensamos un poquito, alma de cántaro, ¿cómo coño vamos a irnos nosotros a la gran ciudad, con lo tranquilos que estamos aquí (y tanto, como que no hay nada que hacer)?"), y termino consultándolo con la almohada, pensándomelo mejor y, a veces y todo, consigo tímidamente empezar a vencer mi miedo al cambio (por si no os habíais pispado, la anterior respuesta es claramente un arma de defensa porque se amenaza mi estabilidad vital) y ya retomo la conversación, justo cuando el parejo empezaba a estar un poco hasta los cojones (rollo: "oye, guapetón, ¿te acuerdas de eso que me comentaste el otro día de pirarnos a la gran ciudad? Pues yo creo que igual no es tan mala idea, ¿por cuánto exactamente dices que podría salir un alquiler decentillo?").
Gensanta, escribo esto y me doy cuenta de la paciencia infinita del parejo. Gracias, chato, eres un sol.
Una vez superada esta primera fase infernal en la que mi naturaleza cagueta me hace oponerme a cualquier iniciativa, me lanzo a la acción. Soy así, de extremos, me mola más. Así que, ¡hala, al lío!, nos estudiamos los portales inmobiliarios y nos agenciamos visitas todas las tardes para ver pisitos de alquiler en la gran ciudad, esperando encontrar nuestro próximo nidito de amor pronto y mudarnos asap.
¡Ay, insensatos de extrarradio! Meeeeeeeec, primer error: señores, no darán crédito, pero sí, en el centro de la gran ciudad las terrazas son caras. Carísimas. Carísimas de pelotas. Y ya empezamos con el "hay que joderse, a ver qué hacemos con el macetohuerto neorural, que no sé yo si estoy dispuesta a renunciar a los 2 tomates que recogemos en la temporada por mudarme a la gran ciudad".
La segunda en la frente: señores, esto es inaudito, pero sí, los garajes en el centro de la gran ciudad son caros. Carísimos. Carísimos de pelotas. Se repite la historia: "pero qué me estás contando, ¿qué vamos a hacer con el tanque que tenemos por coche, dónde metemos semejante bicho en estas callejas?"
Y la tercera para rematar: señores, se lo prometo, los estándares de modernidad no son los mismos en el extrarradio que en el centro de la gran ciudad. El concepto de cocina moderna cambia, y el de habitación amplia también. Claro, el parejo y yo nos mirábamos anonadados y comentábamos las visitas a lo sobrado total: "¿has visto esa cocina de los 60? Uf, uf, yo no me meto ahí ni loca, de verdad, qué horterada, sin isla ni península ni nada, así no se puede vivir". Joder, como si nuestra cocina del chiquipueblo fuera la de la Preysler.
Una vez superada esta primera fase infernal en la que mi naturaleza cagueta me hace oponerme a cualquier iniciativa, me lanzo a la acción. Soy así, de extremos, me mola más. Así que, ¡hala, al lío!, nos estudiamos los portales inmobiliarios y nos agenciamos visitas todas las tardes para ver pisitos de alquiler en la gran ciudad, esperando encontrar nuestro próximo nidito de amor pronto y mudarnos asap.
¡Ay, insensatos de extrarradio! Meeeeeeeec, primer error: señores, no darán crédito, pero sí, en el centro de la gran ciudad las terrazas son caras. Carísimas. Carísimas de pelotas. Y ya empezamos con el "hay que joderse, a ver qué hacemos con el macetohuerto neorural, que no sé yo si estoy dispuesta a renunciar a los 2 tomates que recogemos en la temporada por mudarme a la gran ciudad".
La segunda en la frente: señores, esto es inaudito, pero sí, los garajes en el centro de la gran ciudad son caros. Carísimos. Carísimos de pelotas. Se repite la historia: "pero qué me estás contando, ¿qué vamos a hacer con el tanque que tenemos por coche, dónde metemos semejante bicho en estas callejas?"
Y la tercera para rematar: señores, se lo prometo, los estándares de modernidad no son los mismos en el extrarradio que en el centro de la gran ciudad. El concepto de cocina moderna cambia, y el de habitación amplia también. Claro, el parejo y yo nos mirábamos anonadados y comentábamos las visitas a lo sobrado total: "¿has visto esa cocina de los 60? Uf, uf, yo no me meto ahí ni loca, de verdad, qué horterada, sin isla ni península ni nada, así no se puede vivir". Joder, como si nuestra cocina del chiquipueblo fuera la de la Preysler.
Tócate el higo, si es que además de hipster, somos gilipollas integrales.
Como era de esperar, nos desanimamos enseguida. Optamos por pasar el verano de 2014 en el chiquipueblo, con la esperanza de que el buen tiempo sacara a la peña del Mercadona y nosotros pudiéramos aprovechar la barbacoa de la terraza, y retomar la búsqueda de piso en la gran ciudad en otoño.
Así lo hicimos, y volvimos a escarbar a fondo en los portales inmobiliarios en septiembre, esta vez con la mente clara: hermosos, el cambio del chiquipueblo a la gran ciudad exige renuncias. O eres un hipster forrao, o en la gran ciudad tener un piso amplio, con dos terrazas, dos plazas de garaje y reformado decentemente, mejor lo dejas para la carta a los Reyes Magos. Que total, siempre te acaban trayendo calcetines, y como los conoces, no te llevas chasco ninguno.
Como era de esperar, nos desanimamos enseguida. Optamos por pasar el verano de 2014 en el chiquipueblo, con la esperanza de que el buen tiempo sacara a la peña del Mercadona y nosotros pudiéramos aprovechar la barbacoa de la terraza, y retomar la búsqueda de piso en la gran ciudad en otoño.
Así lo hicimos, y volvimos a escarbar a fondo en los portales inmobiliarios en septiembre, esta vez con la mente clara: hermosos, el cambio del chiquipueblo a la gran ciudad exige renuncias. O eres un hipster forrao, o en la gran ciudad tener un piso amplio, con dos terrazas, dos plazas de garaje y reformado decentemente, mejor lo dejas para la carta a los Reyes Magos. Que total, siempre te acaban trayendo calcetines, y como los conoces, no te llevas chasco ninguno.
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