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miércoles, 6 de junio de 2018

Que deje ya de llover, leñe

El mes de mayo se me ha hecho bola. De principio a fin, casi ni un maldito día de respiro. 

Aquí la reina del "no-postparto", de la lactancia exitosa contra todo pronóstico, de la bebé eterna y diminuta que tímidamente empieza a acercarse a percentiles. La misma que si lloró fue solo de alegría y como mucho de cansancio extremo cuando volvió a casa con una peque en la UCI, una cicatriz que aún dolía que te cagas y cero tuppers en la nevera. Pues esa, esa se ha pasado un mes de mayo sufriendo en la noche.





No sé si es porque la cría ya dice "oas" y "aos", porque se ha empezado a reír a carcajadas y a chapotear en el agua del baño, porque ha hecho la croqueta tres veces o porque me he terminado de volver lerder y ya no hay retorno. Pero se me ha subido fuerte la maternidad a la cabeza, han girado la ruedecilla del volumen y me está atronando. 

Lloro de emoción muchas veces. Me parece increíble ser su madre, que ella sea ella. El tiempo vuela a su lado, jamás había estado tan tranquila y relajada como en mi baja de maternidad. Quiero grabar a fuego su cara cuando termina de mamar y la poso en la cama, los ruidos que hace cuando está completamente dormida y la tenemos que mover o cambiar un pañal y apenas se despierta, cómo mueve contenta las piernas al ver su sonajero del gatito Pancho, su forma de reptar y "hacerse la chulita", que le digo, cuando le doy un masaje por las mañanas y recorro su cuerpecillo de pecho a piernas, apretando un poco más fuerte la barriga. 

Por favor, por favor, que no crezca nunca. Así en plan egoísta.

Y en medio de toda esta vorágine de alegría desmedida, emerge mi lado más fuerte y sereno, el que afronta las despedidas y los reencuentros inesperados con una entereza diga de admirar. No sé de dónde estoy sacando la integridad y las ganas, por mencionar lo divino y lo terrenal, de situar a quien nunca ha estado, de comenzar por vez enésima la historia que empieza y acaba en nosotros. Mucho se habla del nuevo lugar que ocupan los padres en el universo familiar cuando estos se convierten en padres y muy poco de cómo se recoloca lo inexistente, del peso de las ausencias y de los papeles (y enormes dudas y dualidades) que se asignan a quien hace tiempo, por los motivos que fueran, dejó de participar en la función. 

Ya saben, los efectos colaterales de criar sin tribu. 

Lo bueno de todo esto: que he dejado la casa como una patena. Metafóricamente hablando, claro, que en lo real se nos acumulan las lavadoras, nos quedamos sin bodies y a la cría le ponemos el pijama a lo comando. 

Y que ya es junio, y en nada está aquí Decoracción, y llegan los aniversarios: tres años desde que cambiamos el chiquipueblo por la granciudad, un año de nuestro tratamiento de infertilidad, treintaytrés años y medio siendo una persona altamente sensible y yo sin saberlo. Y con un par de bemoles, manteniendo intacta la esperanza de poder tomarme un vermú en alguna terraza en cuanto deje de llover. 

Aguantando el chaparrón para ser más precisos.


martes, 2 de enero de 2018

Sin tribu: organizarse sin familia extensa. Pensando por adelantado

(Este post recoge mis ideas personales como mujer que se enfrenta a la maternidad en pareja, sin familia extensa disponible y contando los dos con trabajo remunerado. Seguro que no refleja otras muchas circunstancias familiares, pero espero que podáis sacar algo de provecho incluso aunque no os identifique)

Cuando supe que estaba embarazada se lo comuniqué muy pronto a mi jefe. Antes de lo que me habría gustado: necesité explicar que me estaba sometiendo a un tratamiento FIV para justificar el parón de los viajes y mis citas médicas imposibles de predecir para los controles, punción y transferencia. En cuanto supo la noticia, empezamos a planificar mi ausencia tras el parto, así que igual de pronto nos vimos forzados, parejo y yo, a dilucidar cómo sería nuestra organización para atender al pollito cuando naciera. 








Buscaba información en la red y todos los artículos que encontraba sobre "conciliación" (entrecomillo solo una vez para indicar qué poco me gusta esta palabra y cómo se suele usar) mencionaban la labor insustituible de los abuelos, su papel relevante en la vida de los niños, las ventajas de contar con ellos frente a la guardería infantil. Incluso en libros escritos por prestigiosos pediatras, las abuelas (mujeres, por supuesto) como primera opción de cuidado. Indagaba, leía experiencias personales, y siempre el mismo discurso: los abuelos son un pilar fundamental, un pozo de sabiduría familiar, son los que se suelen encargar de los niños, ayudan incluso económicamente, su intervención en la crianza es primordial y hasta (supongo que en casos muy puntuales y sangrantes) los jueces reconocen sus derechos a visitas y pernoctas en vacaciones. Su retrato también es único: abuelos pacientes y cariñosos, que leen cuentos y juegan con sus nietos, que aportan seguridad y bienestar. 

Como anécdota, más de un compañero de trabajo me preguntó si contaba con los abuelos cerca antes de interesarse por los planes de conciliación de mi chico.

Ninguno de esos artículos reflejaba mi realidad, ni como nieta que he sido ni como madre en ciernes que soy. No niego que sea una estampa cotidiana en muchos hogares, pero no es la nuestra en absoluto y tampoco la de muchas parejas, mujeres o familias que conozco, que por los motivos que sean, no cuentan apenas o no desean contar con ayuda de parientes para organizar su logística familiar. No estamos solos, aunque no se hable de nosotros ni parece que se nos considere demasiado en el relato oficial. Y por eso he querido escribir este post, porque me parece necesario dar visibilidad a otras realidades comunes, explorar la escala de grises que abarca desde que el que no puede contar con los familiares cercanos porque simplemente no están o el sostén es a la inversa, de padres a abuelos, el que goza de un apoyo puntual en caso de eventualidad grave (como una hospitalización) al que cuenta a diario con abuelos con plenas capacidades y ganas de cuidar a los nietos. 

Quizá sea yo quien esté confundida, pero permitidme que dude que todos los abuelos tengan la disponibilidad, la disposición y la capacidad de hacerse cargo de los cuidados que requiere un bebé o un menor. 

No, no todos los padres contamos ni contaremos con abuelos que nos traigan los táper a casa o nos laven la ropa del bebé, se ofrezcan para quedarse con los retoños un fin de semana por si nos apetece avivar la llama del amor de pareja o salir al cine un viernes por la tarde, ni nos recojan a los críos de cole y los lleven a clases de música. No, y repito, no somos los únicos que nos planteamos la crianza sin ayuda de la familia extensa. Se me hace necesario decirlo y dejar de parecer invisible, porque quizá si habláramos más alto, nos encontraríamos con personas en situaciones parecidas en las que podamos apoyarnos y tejer redes para contar los unos con los otros.

Las razones por las que unos padres se enfrentan a la crianza sin familia extensa son tantas como familias hay. Se me ocurren las siguientes, quizá tu circunstancia sea otra que he olvidado listar o tal vez una mezcla de varias como es mi caso:

  • Ausencia: tal vez los abuelos ya no estén, hayan fallecido. O no estuvieron en tu infancia, no ejercieron de padres, no conociste a alguno de ellos. Lo siento. 
  • Lejanía: no solo vivir en el extranjero, sino en distintas Comunidades Autónomas, en ciudades diferentes o en la misma ciudad con mala combinación de transporte.
  • Salud: quizá los abuelos son los que necesitan cuidados o ya están sobrepasados atendiendo a los bisabuelos u otros familiares enfermos.
  • Falta de disposición: hay abuelos que no desean asumir el encargarse de sus nietos a diario. Otros tienen unos planes diferentes para su jubilación. Están en su derecho. 
  • Falta de disponibilidad: aunque quisieran y estuvieran dispuestos y cerca, puede ser que trabajen. También podría darse el caso de que vuestras necesidades de horarios sean complicadas de compaginar con su vida. Quizá ves que están sobrevalorando sus aptitudes y sepas que, en el fondo, cuidar del nieto va a ser una carga demasiado pesada. O que tengas que compartir el cuidado de tu hijo/s con el de otros nietos y al final veas que eso va a causar fricciones, tensiones innecesarias o una organización imposible para el abuelo en cuestión. 
  • Disparidad de criterios: tal vez no compartas los mismos valores que tus padres. O no confíes en ellos. O vuestra forma de entender la crianza sea muy diferente en puntos clave. O tu hijo tenga unas necesidades especiales que los abuelos son incapaces de atender. 
  • Mala relación: si tu relación con tus padres es distante, normal que no te plantees involucrarles demasiado en la crianza de tus hijos. 

Mi experiencia en el embarazo

He vivido el embarazo con la ausencia de mi madre, que murió cuando tenía 18 años. En el segundo trimestre, hubo unos días en los que pensé mucho sobre cómo serían las cosas si ella estuviera aquí: echaba de menos a una madre, a una mujer que se preocupara por mí como hija, me entristecía pensar que no puedo averiguar apenas nada sobre el tramo de mi infancia que no recuerdo, ni nadie va a defender mi parecido con el bebé, porque esa línea de la estirpe está rota, empieza en mí. 

Ojalá no hubiera sido así, pero no está en mi mano cambiarlo. Tengo que mirar para adelante y crear mi historia y mis tradiciones, ser raíces y alas y todo, el inicio de la historia soy yo.

Por lo demás, ya sabes que he tenido la fortuna de un embarazo tranquilo en el que no me he sentido ni vulnerable ni insegura, ni he buscado el consejo de los demás, porque me apetece descubrir lo que está por venir y porque tengo la certeza de que, mejor o peor, con mis aciertos y errores, voy a ser capaz de criar y atender a mi pollito. Y habla alguien que nunca ha sostenido un recién nacido en brazos, ha cambiado un pañal o ha empujado un carro. Esta es nuestra aventura y nuestro camino, es a nosotros a quien nos corresponde sorprendernos y recorrerlo. 

Para la organización de las compras del bebé (lo menciono porque por lo que leo parece relativamente habitual contar con ayuda y participación familiar también en este tema) la verdad es que nosotros hemos intentado simplificar mucho y no volvernos locos. Como padres primerizos y sin nadie de quien podamos heredar o aprovechar, e igualmente y siendo realistas, sin esperar regalos ni contribuciones, hemos hecho una una lista de lo que consideramos imprescindible para el primer mes (que es más bien poco, ya te lo advierto) y comenzaremos a hacernos con ello ahora en rebajas. Al final, la ropa creemos que ya casi nos sobra con lo que hemos ido comprando en distintas ofertas durante el embarazo, confirmaremos cuando nos pongamos a lavar y clasificar. El resto, tanto de prendas como de objetos que muchas personas tienen desde el principio (sí, me refiero a cosas que generalmente se consideran tan básicas como chupetes, biberones, sacaleches, carro de paseo, cuna, trona, manta de juegos, hamaca...) lo iremos comprando (o no) a medida que el peque lo vaya necesitando, nos vayamos conociendo y podamos concretar qué es realmente necesario. 

Cómo hemos pensado organizarnos para el parto y postparto

En cuanto al parto, tenemos claro que queremos estar solos parejo y yo, y que nuestra prioridad es darnos tiempo para recibir a pollito. Por eso hemos buscado un hospital y un equipo con unos protocolos en línea con este deseo, en el que podremos hacer un piel con piel largo y sin interrupciones si no surge ninguna complicación. No sé cómo nos sentiremos, ni cuánto de cansada estaré, si nos apetecerá o no compartir rápido nuestra experiencia o reposarla, pero vamos a respetar nuestros sentimientos y permitirnos ser nuestra prioridad. Los protagonistas de los primeros momentos con pollito seremos nosotros tres y nos pondremos por delante de las convenciones sociales y los deseos ajenos.

Soy consciente de que el postparto puede ser una bofetada en toda la cara con la mano abierta. Anticipando que habrá muchas cosas que no hayamos previsto, esto es lo que estamos haciendo o hemos pensado hacer, y los consejos que me atrevo a dar:

  • Hablar mucho antes entre nosotros sobre lo que puede ocurrir, cómo nos podemos sentir y cómo nos podemos apoyar
  • A veces las personas de más cercanía emocional, no son las de parentesco más estrecho. No tengas vergüenza si es cómo te sientes. También es normal que quizá para un tema concreto estés más cómoda con ciertas personas que no son precisamente cercanas. Compártelo, ve diciéndoselo: "temo el posparto, quizá me sienta sola y desbordada. Contar con mi familia cercana no es posible, quiero que sepas que tal vez te llame y te pida ayuda y agradecería mucho que estuvieras ahí, porque creo que eres alguien que me puede aportar de este modo". No hay nada malo en pedir lo que necesitas. Hazlo.
  • Cocinar: ya tengo una alarma en el móvil programada para la semana 36. Vamos a cocinar y congelar todo lo que podamos las últimas semanas para no tener que preocuparnos por eso. Si no podéis hacer raciones de más, dedicar tiempo a los fogones o el parto de adelanta, y vivís en un sitio con oferta hostelera, ten a mano los teléfonos de los restaurantes que sirven comida a domicilio o que tienen menús caseros saludables y económicos para llevar. No cuentes con que nadie tenga la genial idea de cocinar para ti, mejor intentar ser lo más autónomos posible si lo organizáis con antelación. 
  • Contratar ayuda: si te lo puedes permitir, unas horas a la semana de limpieza son milagrosas. Valorad el coste económico y el emocional y tomad una decisión: quizá ese dinero sea una buena inversión durante una temporada para sentir que está todo bajo control. Te digo lo mismo que con la comida, por si acaso no contéis con manos altruistas dispuestas a haceros la colada o pasar la aspiradora. 
  • Buscar grupos de apoyo o actividades sencillas que quieres hacer: por ejemplo, yo temo verme muy sola cuando parejo se incorpore al trabajo después de su baja. Sé que escasearán las visitas y las ayudas, e imagino que 10 horas sola en casa con un bebé pueden ser complicadas. Por eso ya he localizado el grupo de lactancia de mi barrio, el grupo de gimnasia postparto que suelen hacer en el hospital en que pariré, estoy atenta a las actividades compatibles con un bebé pequeño que se anuncian en los centros culturales, de salud o biblioteca municipal, y haré una lista de paseos y actividades sencillas que veo factible hacer con un bebé en primavera en Madrid. A lo mejor no hago nada de lo que voy viendo, pero me tranquiliza conocer las opciones de antemano y saber que tengo a quién recurrir si la soledad acucia. 

¿Y después, qué pasará cuándo me incorpore al trabajo?

Creo que en todas las parejas hay que hablar mucho y considerar muy bien cómo nos queremos organizar cuando las obligaciones laborales llamen de nuevo a la puerta. Si sabes que no vas a contar con ayuda gratuita externa, todavía tienes que tenerlo todo mejor atado. Las opciones son vuestras y se tienen que adaptar a vuestras circunstancias lo mejor posible: desde abandonar el trabajo (o que te lo hagan abandonar, que no siempre se decide), reducciones de jornada, excedencias, guarderías, cuidadores en casa, madres de día, combinaciones de los anteriores...

Nosotros aquí aún no lo tenemos todo 100% claro, preferimos esperar a conocer a pollito y ver cómo nos sentimos. Lo único casi seguro es que entre baja, vacaciones y una corta excedencia, espero poder estar un mínimo de casi 7 meses con el peque. Después, está aún por ver cuál será nuestra opción de organización, partiendo de 3 premisas no negociables para nosotros:


  • Somos un equipo. Entendemos que a los dos nos corresponde aportar financieramente al hogar y ocuparnos de su cuidado y del cuidado de sus miembros en la medida de nuestras circunstancias, pero sin usarlas como escudo o excusa para eludir nuestras responsabilidades. Tenemos que remar a una. Si alguno renunciara a su trabajo temporalmente para dedicar más tiempo a la parcela de cuidados, no puede verse desprotegido económicamente y habrá que buscar fórmulas para reducir su vulnerabilidad: seguros de vida, planes de pensiones privados... son parte del coste de esta opción y han de tenerse en consideración, así como un plan a medio plazo de reincorporación o búsqueda de nuevos horizontes profesionales. A los dos nos hace felices a día de hoy la idea de tener una actividad remunerada y compartir la crianza, es como nos sentimos cómodos en el medio y largo plazo.
  • Las decisiones se consensúan y son revisables. Cada poco tiempo tocará hablar de nuestras necesidades y deseos y ver la forma de encajarlos con nuestras responsabilidades y la realidad en la que vivimos. Por ejemplo, si optamos por continuar ambos trabajando a jornada completa, pero más adelante uno se siente sobrecargado porque la presión en el trabajo aumenta, prometemos escucharnos, intentar buscar soluciones viables que nos hagan relativamente felices a todos y ser flexibles para adaptar nuestros planes iniciales. 
  • Al menos tenemos que tener un cuidador de confianza para casos puntuales y que pueda cubrirnos en los imprevistos. Sin nadie que pueda salir a nuestro rescate ante una urgencia, sería muy incauto pensar que nunca nos hará falta un cable. Cuanto antes lo encontremos y podamos irnos conociendo, mejor. Ya el uso que podamos/queramos hacer del cuidador dependerá de nuestros acuerdos y necesidades y, sí, del dinero que podamos emplear para externalizar esta labor. Quizá tengamos suerte y algún miércoles pueda quedarse con el peque para que podamos ir al cine, o esos serán lujos asiáticos y mejor concentrarnos en que el cuidador pueda estar disponible cuando me toque viajar por trabajo y parejo tenga que seguir pegándose madrugones para estar a tiempo en el suyo.


¿Y vosotros? ¿Cómo os apañáis sin tribu? ¿Qué os preocupaba cuando pensábais en conciliar y cómo fue la realidad que os encontrasteis?

lunes, 6 de marzo de 2017

La Boheme

Yo era carne de adosado, jardín con adelfas y tardes de verano impregnadas en olor a crema solar en la piscina, monovolumen con espacio para tres sillitas, sábados de 3x2 en Carrefour. Boda de blanco impoluto y cabeza coronada de azahar, luna de miel en isla paradisíaca, cuna arrimada a la cama de matrimonio, domingos de sobremesa en casa de la suegra. 

Ni en el mejor de los guiones alternativos me había imaginado yo que mi vida a los treinta iba a transcurrir en un barrio céntrico en la granciudad, ese espacio compuesto por apenas la decena de calles que transito habitualmente, amurallado como si de fosos se tratasen por las arterias que delimitan sus dominios: a un lado, casa; al otro lado, territorio comanche. Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, Jacinto Benavente y Carretas. Vuelta a empezar. 




Bullicio y desorden de coches y viandantes que esconden en su interior calles estrechas e inusitadamente vacías en su mayoría, con la honrosa excepción de Huertas, esa sí, que aparece en todas las guías. Por lo demás, auténtica rutina de pueblo en plena urbe salpicada de momentos surrealistas de los que me hacen sonreír por dentro: el peluquero que finge como que recuerda mi nombre y me peina a ritmo de grandes divas del soul; el portero que siempre, siempre, está en la cafetería Cervantes en la terraza tomando algo, nunca me fijo el qué, haga frío o calor o caigan chuzos de punta; el hermano perezoso del churrero, todas las mañanas sin faltar ni una apostado en el lado de los pares fumando tranquilo un cigarrito mientras su hermano suda la gota gorda; el óptico que me sonríe y me pregunta cómo estoy de verdad, esperando respuesta, y que yo sé que me lee en la sombra; la señora de la cristalería Venegas, que me agarra el brazo mientras me habla como si fuera una vieja conocida y me aconseja qué marco ponerle al cuadro del ganso que me regaló el parejo, y yo que no le hago ni caso y voy por libre, y después me cuentan el cachondeo que han tenido en el taller porque "no te vamos a engañar, es que vaya marco más raro has elegido, demasiada enjundia para un ganso a fin de cuentas, aunque al final tenemos que admitir que ha quedado precioso"; el camarero de El Alambique que nada más vernos entrar recita de carrerilla eso de dos somontanos, berenjenas con salmorejo y pollo al curry, a ver si queda sitio al fondo de la barra que sé que os gusta.



Quién me iba a decir que encontraría el sosiego en el barrio, Cortes, de las Letras, de las Musas, La Boheme, la boheme... paisaje urbano que me era tan ajeno y hostil, tan lejos de la calma chicha de las urbanizaciones cerradas con columpios para niños y dos plazas de garaje por vivienda. 





A veces siento nostalgia de lo que pudo ser y no fue y echo de menos el aroma de las adelfas y sobre todo, la cuna arrimada. Se me pasa pronto. Y es que las malas épocas en la granciudad, lo son menos.

Gracias, Madrid, barrio, mi barrio, por todo lo que me has dado. No tengo vidas para devolvértelo. 

lunes, 18 de enero de 2016

Interrupted, dos funciones más en Madrid

Me estreno en la crítica teatral.

Yo lo intento con todo.

No me considero ni mucho menos una experta, pero sí soy aficionadilla. Digamos que el cine de verano del chiquipueblo no era suficiente aliciente cultureta (ojo, que me encanta) y ya desde los últimos tiempos en los dominios del extrarradio éramos habituales de algunos teatros en Madrid. 

Desde que estamos viviendo en la granciudad, como con otras tantas actividades, se nos ha desmadrado el asunto y voy al teatro, normalmente acompañada del parejo, una vez a la semana. 

He de decir que la tarifa mensual y otras iniciativas del Teatro Lara han contribuido a elevar la media. Vamos, que parece mi segunda casa (¡ojalá, qué más quisiera yo!).

Y entre lo que tienen en cartelera, que es todo muy apetecible y casi siempre comedia o dramacomedia, que se agradece, que para disgustos ya tenemos la vida misma, os quiero recomendar una obra que me ha gustado mogollón, por original, por guión, por la puesta en escena y por las actuaciones de las cuatro chicas: Interrupted, de Teatro Envilo.  



Podéis disfrutarla, reíros a carcajada limpia, sonreír por dentro y también sufrir con este relato sobre cómo la vida necesita bien poco para darse la vuelta. 

Quedan dos martes de función en el Teatro Lara, mañana día 19 y el próximo 26 de enero.

Mi recomendación: ¡no se la pierdan!

martes, 21 de julio de 2015

Un domingo cualquiera

Me he pasado con la modernez. 

Es la calor, que no me deja pensar con claridad, y así nos va, que te despiertas un domingo a una hora prudencial, de esto que el parejo se pone perezoso para ir a por el pan para las tostadas mientras la menda se da una vuelta más en la cama y cierra el ojo con la esperanza de dormir diez minutejos extra, y al final resuelves que sin pan no hay desayuno, y que total, ya que nos ponemos, si hay que salir, pues en vez de ir a por pan nos acercamos a la Casa de la Torrija que es un paseo de nada y ele, nos homenajeamos con una torrija en pleno mes de julio y que nos quiten lo bailao, majos. Es lo que tiene vivir en la gran ciudad, que hay torrijas en julio.

Estamos fatal de lo nuestro. Y la Casa de la Torrija cierra los domingos, que parecemos nuevos.

Que no cunda el pánico, habrá un plan B en pleno centro. Con un poco de suerte, encontramos sitio en la novena del Cortinglés de Callao y disfrutamos de las vistas. Pues sí, sitio habría, pero a partir de las 11:00 h que es cuando abren los domingos. Y nos rugen los estómagos y falta media hora. 

Venga, crucemos la Gran Vía y buscamos otro sitio por Malasaña. ¿Dónde, dónde podemos desayunar, coñe, que en el chiquipueblo había dos bares pero aquí no nos aclaramos?

Y aunque no es el mejor momento, aunque nos hemos lanzado a las calles sin ducharnos siquiera, aunque tenemos las legañas pegadas al ojo y pintillas zarrapastrosas y pocos ánimos pal amooooooor, se nos ocurre que hemos leído por ahí que la cafetería del Museo del Romanticismo (C/ San Mateo) está muy requetebien y para allá que vamos.

Y el Museo del Romanticismo nos recibe con esta estampa.



Y, efectivamente, está muy requetebien. Una tarta de frutos rojos que quita el sentido, un jardín con hortensias en flor, unos camareros simpáticos, un oasis en pleno centro. Diez euros exactos la cuenta para dos.

Me cambia la cara, se me quitan las penas. Esto es empezar bien el día. Ni legañas, ni pintillas, el parejo y yo estamos güenísimos, hombre ya. 

Nos venimos arriba. La gran ciudad es lo mejor que nos ha pasado. ¡Qué vivan los domingos y las fiestas de guardar! A la tarde nos tocará currar como borricos en las obras de El Escorial de nuestro piso que no se acaban nunca, pero por la noche podemos irnos al Cine Doré, que echan una de miedo de los 80.



¿De miedo? Una de la Toston Pictures que nos tragamos, como diría el parejo. De esas sin banda sonora ni na, nosotros que llevábamos las patatuelas en la mochila para ronchar un poco durante la sesión. Nos habrían chistado fijo.

Lo dicho, nos hemos pasado con la modernez.

Pero no quiero el chiquipueblo de vuelta ni regalao. 

jueves, 30 de abril de 2015

Una tarde en el matadero

Una tarde en el matadero era exactamente mi idea de la primera cita del parejo y yo en la consulta de infertilidad. Pero hoy no vengo a hablaros de este tema, sino de un plan genial para hacer un finde cualquiera de estos: visitar Matadero Madrid. 






Matadero Madrid mola un puñao, así os lo digo. Para mí, es un ejemplo de transformación de espacio obsoleto, una maravilla de aprovechamiento cultureta para el barrio en unos edificios  preciosos. No como la barbaridad que han hecho en la antigua Estación del Norte, ahora Príncipe Pío, donde plantaron un centro comercial horroroso y anodino, uno más de tantos, en un lugar donde casi cualquier otra iniciativa habría sido más que bienvenida. Cosas de la sociedad de consumo. 

¿Qué puedes esperar en tu visita a Matadero Madrid? En primer lugar, estás al ladito de Madrid Río, ese parque lineal estupendo a orillas del Manzanares, cuyas obras sufrieron los habitantes de la gran ciudad con un estoicismo increíble, y que hoy es un sitio guay para ir en familia o con amigos, o como más te dé la gana. Así pues, Matadero Madrid puede convertirse en una parada en tu paseo, andando o en bici (más que nada porque dudo que te dejen pasar dentro de los edificios en patines).

Una vez en el recinto, tienes exposiciones (cuando yo fui estaban las Guerrilla Girls, que como su nombre indica son unas chicas guerreras que reivindican la presencia de las mujeres y las minorías en el mundo del arte, y había otra con un ladrillo de la cárcel de Carabanchel y otra más con imágenes y sonidos del planeta Tierra; ya os avisé que Matadero era muy cultureta), sala de teatro y de cine, un par de bares (uno de ellos con terraza), unas salas creativo-colaborativas para que los emprendedores y diseñadores se reúnan a contarse sus cosas rollo San Francisco style, y una explanada exterior enorme con chavalería haciendo el cabra. 

Además de eso, está la Casa del Lector, que el día que yo fui estaba cerrada, pero en la que organizan eventos y talleres relacionados con la lectura. También en la entrada, vi unos carteles en los que se anunciaban las actividades programadas, y había muchas para hacer con niños.

Vamos, que es completito que no veas y la diversión está asegurada para todos. Ojalá aquí en el chiquipueblo tuviéramos algo parecido, pero qué va, aquí con programar clases de macramé a las 11h de la mañana se quedan tan panchos.




jueves, 23 de abril de 2015

Un sábado en el mercado de Antón Martín

El sábado pasado tuve que pasarme por las obras de El Escorial de mi piso a supervisar la colocación de los azulejos. Señores, esto es así, cuando llega la hora de poner azulejos, los albañiles, que son seres de sabiduría ancestral, prefieren que la hipster de turno se pase a comprobar que las cosas se hacen a su gusto, que luego deshacer y volver a hacer sienta de culo. Las obras sacan todos los estereotipos de género.

Total, que después de comprobar que la alineación y el reparto de colores de los revestimientos estaban claros, había quedado con una amiga treintañera como yo para ir a desayunar a El Azul de Fúcar y dar un paseín por Lavapiés.

Yo tenía muchas ganas de conocer el mercado de Anton Martín, porque a mí los mercados de toda la vida me encantan, no hay nada como que te atienda el pollero: "¿qué te pongo, chata?" Mmm, cuánto lo he echado de menos en el chiquipueblo, que aquí lo más que hay es una pollería/carnicería/charcutería todo revuelto y unos precios que no me extraña que la gente huya a Mercadona.





¡No os hacéis una idea de la alegría que me llevé! El mercado de Antón Martín es un mercado chulísimo, con los puestos de toda la vida, el género expuesto y sin empaquetar, la gente, muy variada en pintas y generación, haciendo cola con los carritos de la compra... y muchos detalles molones: las floristerías de la primera planta (con su paniculata y runúnculos), el rincón de comida eco y herbolario, algunos puestos de arte y decoración, y los cafecillos y bares. Me llamó  la atención un japonés que tenía bastante afluencia. Y luego el espacio que tenían para que la peña pudiera conectarse a internet y trabajar un ratito en medio del bullicio y del jaleo. 

Alguien (poco informado, por lo que se ve) me había metido el miedo en el cuerpo y me había advertido de que era carísimo, que no era un sitio para hacer la compra de frescos semanal ni mucho menos. Hombre, no sé yo, nosotras dimos una vuelta bastante rápida y no tuve tiempo de detenerme con atención, y además aquí en el chiquipueblo los precios son de morirse del susto, pero me parecieron razonables. 

Vamos, que a mí el mercado de Antón Martín me parece un planazo para el viernes por la tarde o el sábado por la mañana: te coges el carrito de la compra, te plantas en Lavapiés que ya de por sí es un barrio que tiene un puntazo, inspeccionas los puestos con cariño, seleccionas los que te gustan, haces la compra semanal que es productivo y eso, y para terminar, te pegas un homenaje y te tomas una cañeja o el vermú allí mismo. 

Y vuelves a casa más feliz que un regaliz y dejas la nevera llena, que eso da un gustazo... Igualito que el Mercadona, oye.



domingo, 5 de abril de 2015

Magasand, unos sándwiches bien buenos

Ahora que vamos a vivir cerca del Retiro, estamos el parejo y yo encantados de redescubrir este rincón madrileño y aprovechar los rayos de sol primaverales, cual lagartijas (o lagartonas). 

El caso es que mientras nos decidimos a comprar una cesta de picnic de esas profesionales de mimbre, con sus platos, sus cubiertos, su mantel de cuadritos y su par de copas (sí, qué pasa, nosotros nos imaginamos haciendo picnic al estilo peli francesa, con nuestro vinito y todo, confiamos en que no nos detengan por botellón a estas edades), nos hemos iniciado en las artes campestre-urbanas de una forma un poco menos casera. Vamos, que hemos ido a un restaurante que prepara sándwiches para llevar y nos los hemos comido tan ricamente en el césped mirando hacia la Puerta de Alcalá (mírala, mírala).

¿Cuál es ese restaurante? Pues, señores, es Magasand. Tienen dos locales, y uno de ellos, el de la calle Columela 4, está al lado del Retiro, lo que lo hace más que conveniente para acercarse, pedir para llevar y disfrutar tumbados en la hierba.




A pesar de que no es tan idílico como aparecer en el Retiro con la cestita de mimbre cual Caperucita, tengo que decir que los sándwiches están buenísimos. Nosotros pedimos un Spicy bonito, un Manhattan y otro que no encuentro en su web, pero que juraría que se llamaba Currito, de pollo al curry. Los tres muy sabrosos. Acompañamos para beber con un zumo de piña, manzana y menta para mí y un smoothie para el parejo (que siempre lo pronuncia "esmuti" y consigue que también siempre me entre la risa cuando le oigo) y, por supuesto, postre: una tarta de queso con dulce de leche que nos pareció lo mejor. 

Precio: unos 26 euros por todo. 

Detalle: ahora entrando en su web, veo que alquilan las cestas de picnic, así que podríamos haberlo hecho con mucho más glamour, dónde va a parar. Ay, qué principiantes somos. 

Hoy, domingo, brilla el sol, y repetimos plan. Nos vamos a hacer una comida-merienda al Retiro, casera esta vez. Yo me ocupo y el menú será el siguiente (por si sirve de inspiración a alguien que ande a estas alturas sin saber qué hacer con su vida):

  • dos sándwiches con pan integral de semillas: uno de bacon frito, dátiles, tomate kumato y mostaza. El otro de atún, huevo duro, aguacate y mayonesa. 
  • dos sándwiches de pan blanco: uno de queso ahumado con nueces, rúcula y tomate kumato, el otro de queso de untar, palitos de cangrejo y eneldo. 
  • para beber, un zumo de cítricos, con naranja, mandarina, limón y pomelo.
  • de postre, unas fresas cortadas con azúcar.

¡Buen provecho y a disfrutar de la gran ciudad!

miércoles, 1 de abril de 2015

El Azul de Fúcar

Ahora vamos mucho más a menudo a la gran ciudad, a supervisar nuestras particulares obras de El Escorial del piso, y cuando estamos reventados o no son horas para molestar a los vecinos con taladros y demoliciones, aprovechamos a dar un paseo por el centro. 

El parejo y yo hemos descubierto un sitio súper hipster, con un ambiente muy selecto del tipo gente escribiendo partituras en la barra, y lo más importante, una tarta de zanahoria que te mueres de rica. 

El sitio en cuestión es El Azul. 


El Azul está en la calle Fúcar, en el Barrio de las Letras, entre las calles Atocha y Huertas, metro Antón Martín. 

Dicen que la comida está muy bien, no lo puedo corroborar. Nosotros empezamos por lo más importante, que es el postre, y la verdad es que merece la pena y no es muy caro. Creo que la ración de tarta estaba en el entorno de los 3 euros y el café lo hacen con espuma. Mmmmmm...

Además, la decoración es modernita, de la que se lleva ahora, esa que no ha llegado aún al chiquipueblo: las sillas cada una de su padre y de su madre, libros, lámparas háztelotúmismo con redecillas de coladores... Muy chulo y acogedor.



En fin, que volveremos. Para comer, para un cafetito con acompañamiento, o para una merienda o desayuno. 

Si aún no tenéis planes para estos días de fiesta y, como nosotros, no salís de viaje, El Azul de Fúcar es un buen plan de mañana o de tarde.

A ver si nos vamos ya pronto a la gran ciudad, que el chiquipueblo está de un soso...