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miércoles, 3 de febrero de 2016

Cabeza de Calabaza, una tienda de sombreros molona en Malasaña


No soy para nada fetichista. 



Aunque tengo predilección por algunos objetos. Me encantan mucho los zapatos, no es que sea una loca que coleccione sin ton ni son, porque no me da el mierdasueldo más que nada, pero siempre, siempre, compro zapatos de piel "buenos": los que tienen tacón los guardo en su caja bien empaquetaditos y, ¡ele!, al armario a la zona de nunca poner (y menos ahora que necesito calzado cómodo para patearme Madrid) y los de sin tacón, los planos, planísimos, a machacarlos hasta que ya no haya por dónde pillarlos o la fascitis plantar los destierre de mi vida. 

Lo mismo más o menos me sucede con los bolsos. Grandes y de piel, no admito variantes. Excepto un bolso chiquitín que acabo de rescatar y era de mi madre, calculo que comprado en el año 1996 (repite conmigo, vintage, vintaaaaage), que siempre me había parecido viejuno y ahora me encanta con sus hebillas doradas. Definitivamente, me estoy haciendo mayor. 

Y los relojes de hombre. Me quedo embobada mirando los escaparates de las joyerías y me pirran los de esfera grande, plana, blanca, con correa de piel. Vamos, el reloj de caballero de toda la vida de Dios, el de abuelo. 

También me flipan las gafas. Las de sol, las de ver y las pixeladas. 

Vamos ya, a quién pretendo engañar, que soy una fetichista de manual.

Y dentro de mi fetiche, hay dos prendas que me trastornan. Las capas y los sombreros, todo muy barroco. 

Capa no tengo ni he tenido. Creo que no cuenta como capa el poncho de rayas que olía a llama de mi adolescencia. Otro día os hablaré de él en más detalle. Ahora bien, el sombrero, ¡ay, mi sombrero! Pero cómo me gusta que hayan vuelto a ponerse de moda y se vean por la calle de todas las formas y tamaños.

Ya iba yo fijándome en el hipsterio de la granciudad, que las chicas monas llevan su sombrerito, y se me antojaba uno. Y apareció el parejo por mi 31 cumpleaños y entre los pre-regalos que se marcó, me cayó un vale de regalo por un sombrero de la tienda más molona, Cabeza de Calabaza.



Cabeza de Calabaza está en la Calle Palma, en pleno barrio de Malasaña. La dueña del negocio se llama Irene, y es mas maja que las pesetas, siempre se está riendo. Y a lo que se dedica Irene es a hacer sombreros y tocados a medida de sus clientes. No os vayáis a pensar que son sombreros normaluchos, grises y anodinos, qué va, son de los que te para la vecina cuando te ve para decirte qué guapa vas (basado en hechos reales). La personalización es absoluta: puedes escoger el tipo de sombrero, la tela, el color, la decoración...e Irene se encarga de tomarte las medidas y de confeccionar el sombrero a mano. 



 

Siempre había pensado que mi primer sombrero sería uno estilo años 20, supongo que influenciada por la imagen de Angelina Jolie en El Intercambio. Sin embargo, me decanté por un modelo bien diferente, un sombrero floppy mucho más sesentero, así de ala ancha y ondulado. 


El mío es en color topo y con una trenza como adorno, y me tiene enamorada perdida. A mí y a todo el que me ve con él, no os imagináis cuántas personas me han preguntado qué dónde lo que comprado, porque es precioso. 

Así que, mi recomendación: un día de estos de malasañear, aprovechad para visitar el taller de Irene y probaros alguno de los sombreros que tiene. 

Si os resistís y salís de la tienda con las manos vacías, me lo contáis. Que no me lo creo. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Chata, a apretar el esfínter y tirar millas (...frase favorita number three)

Hay peña que tiene una suerte extrema. 

De estos que les toca la lotería de Navidad y el sorteo de verano de la Once en el mismo año. De los que les pillan para currar en un crucero por las Islas Griegas en temporada estival aunque no hablen ni papa de inglés y la mitad del pasaje sea extranjero, y además les pagan 3000 pavos al mes libres de impuestos, que para eso se mueven en aguas internacionales. De los que van andando por la calle despeluchados y legañosos y los descubre un cazatalentos de una conocida agencia de modelis y se los lleva a vivir a New York, ático en la gran manzana y coach personal shopper gurú hipster incluidos entre los beneficios de empresa. De los que a los 30 están más güenos que a los 18, que inexplicablemente de pelo han pasado a pelazo y podrían figurar en primera línea de las juventudes peperas en un mitin de Rajoy. De los que follisquean y se preñan y toda la pesca (tenía que desahogarme, perdonad). 

Todos sabemos quiénes son: unos malditos  unas bellísimas personas que se merecen todo lo bueno que les pasa .



El resto de los mortales, pringaos y cenizos del universo, sin embargo, tenemos que aprender "estrategias de afrontamiento", tal y como  dirían los mismos coaches personales que enseñan a los modelis en New York a desarrollar su carisma y potencial innato, y a nosotros solo nos miran con penica. Y, ¿cuál es, my friends, la estrategia de afrontamiento más conocida mundialmente, esa frase que te repites como un mantra cuando tienes un día de mierder?

CHATA, A APRETAR EL ESFÍNTER Y TIRAR MILLAS

Y es que está clarinete, nenis, a ti si te encuentra un cazatalentos es para ofrecerte un curro de cajera del Carreful en el peor de los casos y para decirte que te va haciendo falta ir a la peluquería en el mejor. 

Así que no te llenes la cabeza de pajaritos, no vayas por la vida soñando tontunas. Lo tuyo es seguir p'alante pase lo que pase, vamos, lo dicho, lo que viene siendo apretar el esfínter y tirar millas.




miércoles, 30 de septiembre de 2015

El hombre, como el oso, cuando más peludo, más hermoso (...frase favorita number two)

Si ayer era el turno de las lectoras femeninas y tuvimos la oportunidad de repasar la importancia de llevar las prendas íntimas adecuadas a cada ocasión, hoy el consejo de estilo y mi segunda frase favorita es, como no podía ser de otra forma, para el público masculino, por eso de la paridad y porque a los hombres hipster que leen este, mi blog, también les preocupa estar al tanto de las tendencias más IN.

Y no, no vamos a hablar del blanqueamiento anal.

Nos adentraremos en un tema mucho más profundo (difícil por otra parte, jajaja, doble sentido) y de mayor calado. Trataremos de responder a la pregunta que nos atormenta desde los albores de la humanidad, originando largas horas de debates en medios especializados: chatos, ¿pelos sí o pelos no?

Bien, mi postura al respecto es clara e inamovible (con los matices que veremos a continuación):
"EL HOMBRE, COMO EL OSO, CUANTO MÁS PELUDO, MÁS HERMOSO"




Efectivamente, amigos hipster, gracias por haber vuelto a traer a los pueblos y ciudades de nuestra geografía las barbas, los pelos largos con moñete, en definitiva, la hombría tradicional. Por haberos inspirado en el hombre clásico, el de siempre, el del siglo XVI, no esperaba menos de vosotros. Gracias por existir. Que ya empezaba a hartarme de tanto depilao integral. 



Y es que para ir depilao del todo y llevar el pecho tan suave como el borreguito de mis alpargatas, mozos, para eso hay que estar mu güeno. Por mucho que digan ahora en los suplementos de los dominicales que se lleva el rollo "fofisano", que no, que eso es una mamarrachada. Un tío rasurado y con barrigota da grimilla, que no nos vendéis la moto.



Así, pues, tú, macho, tanto si eres hipster como si estás en el camino de convertirte en ello, o si reniegas (maaaal, muy maaaal, fataaaal), atiende que esto te interesa: si tu cuerpo no tiene esta pinta


deja de sufrir por los pelánganos, olvídate del láser, la cera, las cremitas antirrojeces, los dineros gastados en cuchillas de triple hoja... No, convierte a los pelánganos en tus más fieles aliados: te ayudarán a ocultar la no existente tableta de chocolate y harán que aparentes la edad que tienes, más de 30. 

Cuanto antes lo asumas, mejor. Y lo sabes.



lunes, 28 de septiembre de 2015

Hagas lo que hagas, ponte bragas (...frase favorita number one)

Amores, me he traspapelado. Desde finales de agosto he sucumbido a las rutinas diarias de mi vida de mierder (básicamente) y me he ido 6 días, que por lo visto no tengo derecho ni a una puñetera semana como el resto de los mortales, a una isla paradisíaca del mediterráneo a mojar mi culito en la playa, que ni la había catado en todo el verano. Resultado: he vuelto cuasimorena, que era mi objetivo, y de regalo en la maleta se me ha colado todo el estrés del mundo. Menudo joputa, me tiene en modo survival, y claro, el blog abandonaíco...




Ni tiempo he tenido de coger el relevo que me propuso El Marío, que se acordó de mí para El Reto de las Tres Frases (así en mayúsculas parece que tiene mayor importancia, ¿eh?) cuando dijo la mítica "todo comenzó en la barra de aquel bar". Que me pregunto yo que qué imagen estoy dando a la comunidad blogueril para que me menten en cuanto oyen la palabra "bar", "gintonics" o "cañeja". O algo no estoy haciendo bien o algo estoy haciendo demasiado bien, a saber.

Por cierto, que esa semana fue la última semana gloriosa antes del caos y la destrucción, recibí dos premios blogueriles. Y ahora, nada. Coñe, hay que repartir un poco el tema. 

Bueno, pues eso, que os voy a contar tres frases que me molan en tres días no consecutivos (porque no va a poder ser con el ritmo que impone mi curro) y sin nominar a nadie para que haga lo propio, porque ya ha sido nominado al marrón este todo el mundo que se me viene a la cabeza. 

Y la primera frase no podría ser otra que... 
"HAGAS LO QUE HAGAS, NENI, PONTE BRAGAS".





Sí, soy una obsesa de las bragas, lo reconozco. Ya os conté que unas bragas es lo que me llevaría a una isla desierta, sin dudar. Que no, que a mí no me pillan en un renuncio con el potorrillo al aire, qué va. Y no se valen tangas tampoco, ni braguitas (¿braguitas, pero que puñetas son unas braguitas?), ni lindezas ni chuminadas, yo hablo siempre de la braga clásica en su versión algodón, la que tapa bien el culamen, con sus dibujitos inocentes de murciélagos, fresas o gaticos. A gusto del consumidor. Admito también la braga-faja sin costuras, subidita, que cubre bien, del comando antimorbo. Y ya. 

Que estaréis pensando: "pues vaya una hipster esta que luego por dentro es más clásica que Chopin, no me jodas, qué decepción". Pues sí, seré clásica, será una frase muy típica, lo que vosotros digáis, pero muy cierta. Ay, chatos, y lo peor, que si se dice será por algo. Que he escuchado yo en alguna ocasión a mucha fresca diciendo que en caso de ponerse un vestido ajustado se lo calza sin bragas. ¡¡Sin bragas!! Que sale a la calle o se va a una boda ventilando el asunto. 

Si es que me da un jari solo de pensarlo, madremíadelamorhermoso. 

Haced el favor y poneos bragas siempre, que no me entere yoooooooo.

lunes, 11 de mayo de 2015

Mis gafas de famosa

Para los regalos soy la leche, muy especialita, y ya si se trata de que me regale el parejo, agarrarse los machos toca. Mira que lo pongo fácil, que tengo una wishlist compartida, en la que hay un poco de todo lo que me mola del hipsterio, desde jabones handmade hasta libros de los de pensar. Pues nada, no hay forma, el parejo se empeña en que un regalo es un regalo y, por tanto, no tengo derecho a decidirlo. El derecho es suyo a elegir lo que le salga de los mismísimos y cagarla hasta el fondo.

En estas estamos, cuando a finales de 2014 el calendario señala que cumplo 30 castañas. El parejo se lo estaba temiendo desde forever mínimo. Y a pesar de eso, le puede su hombría, así que a pecho descubierto, opta por pasarse la wishlist por el arco del triunfo y comprarme lo que le venga en gana. Eso es valentía, señores, no lo repitan en sus casas.

Y el día de mi 30 cumpleaños, después de un desayuno en el que parte del menú han sido las uñas y los pellejos que me muerdo pensando en qué idea peregrina habrá tenido el colega para regalarme, aparece con cara de icono de Whatsapp de angelillo inocente y una bolsa de la óptica L'Atelier en las manos. Está claro que este año no me han tocado los jabones handmade.


Me abalanzo sobre el paquete y descubro un estuche molón de color blanco. Lo abro sin paciencia y saco las gafas de sol más bonitas que he visto en mi vida: el modelo Manhattan de Oliver Goldsmith, en color rojo oscuro y cristales grises, ¡exactamente el mismo modelo que lució Audrey en la épica Desayuno con Diamantes! Mientras una parte de mi cerebro calcula con rapidez el posible precio de semejante objeto de deseo (es un efecto secundario de ser hipster de extrarradio, que te puede la parte tacañona), la otra da saltitos de alegría inconmensurable. ¡Joder, esto sí que es un regalazo, no puedo ser más afortunada!



Entre abrazo y abrazo, besos, gritos, el parejo intenta explicarme que hay que volver a la óptica a graduarlas (además de extrarradio, soy miope, eso para el hipsterio está fetén, porque mis gafaspasta no son de palo, señores) y que "ya está to' pagao', chati". 

Me falta tiempo para salir escopetada a L'Atelier, la óptica más chula en la que me han visto el pelo. Están en la calle Moratín, en el barrio cultureta por excelencia de Madrid, el Barrio de las Letras (metro Antón Martín). Tienen un local precioso, donde atienden dos chavales a cual más majo y profesional, que lo mismo te gradúan la vista, que te dan palique,que te aconsejan sobre el diseño de montura que mejor le sienta a tu careto. Y no te aconsejan cualquier cosa, no te creas, porque en L'Atelier no tienen RayBan ni marcas mainstream: si lo que buscas son unas gafas de calidad, y de diseño del bueno, has dado en el clavo. 

Yo, desde luego, estoy encantada con mis gafas de famosa. Me quedan genial y llaman muchísimo la atención, la gente me suele preguntar por ellas y orgullosa les cuento su historia. Espero que me duren años y años, y parejo, tú que me lees, has puesto el listón altísimo para los 31, en diciembre nos vemos, chatungo.

viernes, 10 de abril de 2015

Vuelven los pantalones campana

¡Noooooooooooooo, señores, imposible! Voy en el metro y atónita me hallo frente a un anuncio de una conocida firma de moda en la que, ¡tachán!, la modelo luce orgullosa unos estupendos...¡pantalones de campana! 


No podéis hacerme esto, grandes gurús de la moda. Tiré todos mis pantalones campana y pata de elefante del instituto, convencida de que eso de que las modas siempre vuelven es una mentira cochina. Y ahora que soy hipster y se lleva lo vintage, molaría mucho poderlos rescatar y estar a la última sin gastarme ni un euro, que los tengo que reservar para la obra de El Escorial. 

Joder, me habéis estropeado el día, me toca ir y contarle al parejo que en el piso vamos a necesitar más armarios porque no voy a volver a tirar ni una prenda más en lo que me queda de existencia. A ver cómo lo apañamos a estas alturas. 

Y si esto nos espera en la primavera 2015, temblando estoy, que me temo que en otoño vuelve la pana.