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martes, 24 de octubre de 2017

Locuras hipster: por qué no saber el sexo del bebé hasta el nacimiento

Pues en realidad, no existe un motivo único ni para nosotros ha sido especialmente premeditado... 




Desde que supimos que estaba embarazada y nos atrevimos a hablar del peque que está por llegar, de vez en cuando comentábamos si teníamos alguna preferencia sobre su sexo. Yo siempre me dirijo al pollito como un niño, en masculino (quizá que pase la mayoría de mi vida rodeada de hombres tiene algo que ver), pero no porque prefiera que sea un varón, sino porque creo que lo es. Aunque no confío demasiado en mi intuición, eso del sexto sentido femenino lo veo un poco patraña o cuento de viejas. La verdad es que el sexo me parece un detalle sin importancia. Parejo, sin embargo, nos desea "buenas noches a las dos" y piensa que pollito es una niña y tiene una ligera preferencia porque sea una niña. A lo mejor le pasa lo contrario que a mí, él vive conmigo y dos gatas hembras más en casa, así que pensará que ya puestos, sigamos en el mundo mujeril y marujil. Pero me consta que estaría encantadísimo con un niño también. 


Nuestra moneda de la suerte se ha pronunciado y ha dicho que es un niño. 

Como comentaba, la cosa surgió con bastante espontaneidad. En principio, habíamos pensado en saberlo. La eco de las 12 fue bastante precipitada (en agosto, Madrid, bajo mínimos, la seguridad social no nos daba fecha para poder realizarla en plazo y tuvimos que buscar una alternativa en el único día en que podía hacerla justo antes de irnos de vacaciones a otra provincia), así que con las prisas, ni el médico nos dijo nada acerca del sexo ni nosotros preguntamos. 

A punto de hacer una nueva eco en la semana 16, pues tuvimos LA conversación (chan chan chan). Ninguno de los dos tenía excesiva curiosidad ni vivía el no saber el sexo como una incertidumbre grande, no más allá de desconocer otros atributos del pollito o de lo que está por venir: tampoco tenemos ni pajolera idea de si será dormilón o alborotado, rubio o moreno, grande o pequeño... Al poco de tener serias dudas sobre si queríamos saberlo o seguir alargando la incertidumbre, unos vecinos nos contaron que ellos no supieron el sexo de su hija hasta el nacimiento y nos pareció una experiencia muy chula. Hasta ese momento, no habíamos conocido a nadie que hubiera esperado hasta el parto, y su testimonio nos acabó de convencer. 

Y aquí estamos, en la semana 22 sin tener ni idea de si pollito es un niño o una niña y muy contentos igualmente. Mucha gente nos pregunta cómo lo hacemos, si no es difícil que los médicos metan la pata, y la verdad es que de momento hemos tenido mucha suerte: la gine que me está llevando el embarazo es un encanto y nos ha dicho que se lo recordemos cada vez que vayamos, y que si nosotros no queremos saberlo, ella tampoco va a mirarlo para evitar cualquier posible metedura de pata y que así sea sorpresa para todos. Al ginecólogo que nos hizo la eco de las 20 semanas, simplemente le pedimos su colaboración para mantener el secreto, y nos dijo que estupendo, que él tendría que mirarlo para asegurarse de que los genitales estaban bien formados y no había ambigüedad, pero que nos avisaría para que no miráramos la pantalla mientras él lo revisaba. Como si fuéramos a distinguir algo (que igual sí, ni idea). Y eso hicimos, nos advirtió, no miramos y ya está. Antes de salir de la consulta tuve un momento de curiosidad extrema y le pregunté:

-¿Entonces tú si que has visto lo que es?
- Claro- me contestó medio riendo- Si quieres te lo digo. 
- No, no, no, muchas gracias.

Ya está. Si conseguimos continuar aguantando la curiosidad y los médicos nos siguen el juego, nos plantaremos en paritorio esperando a nuestro pollito con dos nombres pensados (con un poco de suerte, llegaremos a un acuerdo...aunque no nos lo estamos tomando muy en serio) y listo. 

Por cierto, no deja de sorprenderme la reacción de algunas personas cuando nos preguntan si ya sabemos si es niño o niña y les decimos que preferimos esperar. Desde el "¿pero entonces cómo vas a decorar su habitación?" al "¿y de qué le vas a comprar la ropa?". Y yo: "pues de bebé, de qué va a ser, de bebé. Espero que al menos nos salga de la especie humana, no vaya a ser que para un hurón". 

Gensanta. 

Menos mal que sigo siendo siendo bastante escapista y me estoy librando de la mayoría de conversaciones y consejos no pedidos. Tan feliz, oiga. 

martes, 10 de mayo de 2016

Mi primera lista VIP

Alguna vez me tenía que pasar. Les pasa a todas las blogueras con glamur. 

Que un día te levantas con estos pelos y en tu bandeja de entrada tienes un email en el que te piden tu nombre para invitarte a una fiesta VIP (léase biaipi).





Y te toca salir del anonimato, no les vale que digas que eres La Hipster o Lajis. Quieren hasta el apellido.

En el chiquipueblo estas cosas no me ocurrían. En el chiquipueblo no hay fiestas biaipi.

Pero en Madrid, en la granciudad, es otro tema. A diario hay eventos de esos en los que te invitan a gintonics del bueno, con camareros guapos y chicas monas, en localizaciones increíbles, como efectivamente y festivamente fue el caso de la reinauguración del NH Nacional. 

Para los que seáis como yo chiquipueblerinos y no sepáis de qué hotel os estoy hablando, quizá esta imagen del esquinazo de la calle Atocha con el Paseo del Prado os diga suficiente. 




No os voy a engañar, no sabía que este fue el tercer hotel en abrir sus puertas en Madrid, en 1925, cuando todavía circulaban tranvías por las calles y los cercanos Ritz y Palace ya alojaban desde hacía algunos años a los viajeros pudientes.




Tampoco tenía idea de que había cerrado en un par de ocasiones y aunque habré pasado por delante decenas de veces en los últimos meses, no había reparado en el uso del edificio. 

Aparecí por la fiesta sobre las ocho de la tarde con mi nombre como contraseña. Pude disfrutar de un cóctel de escándalo, música en directo, barra de gintonics y buena compañía. Risas, muchas risas, y la suerte de estar en un lugar tan privilegiado, con vistas, en pleno centro, como a mí me gusta. 

Es un poco mierder que por trabajo no me aloje nunca en Madrid, y por ocio me sabe mal gastarme los euros en pasar una noche de hotel tan cerca de casa, porque desde luego me parece una opción más que recomendable: localización excelente, bien comunicado, a escasos metros de la estación de Atocha, edificio representativo, instalaciones renovadas y cocina de calidad. 

Cuando sea rica y famosa, de mayor, pienso hacer dos cosas: ir a saraos de lunes a domingo y alojarme en los hoteles míticos de mi barrio, así, para probar y dar una opinión fundamentada. 

Va a ser lo más.




domingo, 7 de febrero de 2016

El consultorio sentimental de La Hipster en Podcastizo

Hola, corazones:

¿Habéis escuchado alguna vez eso de "consejos vendo, para mí no tengo"? Pues eso es a lo que me voy a dedicar de ahora en adelante, que ahí hay mercado, al coaching sentimental.

Con esto de que últimamente la vida virtual me da más alegrías que la de verdad, la de carne y hueso y lágrimas y días de sol de invierno, me he aliado con una panda de frikis increíbles de majos, con mucha más experiencia que yo en batallar con la granciudad, y que se marcan podcast de cinco horas hablando de Madrid y lo que se tercie, y se les quedan cortas. Os hablo de Podcastizo, los chulapos de las ondas, adaptados a los nuevos tiempos además en Twitter.




¿Qué ha pasado? Pues que nos hemos hecho #muyfans mutuamente y me invitaron a uno de sus programas, que espero que podáis escuchar prontito, junto con otros cracks madrileños que saben mucho de planazos, fotografía e historia. Y la menda ahí de figuranta.

(¡Oh, sí, la voz de La Hipster! Que os conozco y sé que estáis flipando mazo con el tema. Sí, chatungos, sí, vais a poder escuchar en breve mi voz aterciopelada).

Claro, estaba cantado, vosotros probad a juntar a unas cuantas mentes brillantes en un espacio cerrado, egos indomables micrófono en mano, y ahí la entropía se dispara y puede ocurrir anything. Y ocurrió, ocurrió que para variar se nos fue mucho la pinza y vamos a colaborar y lanzar un par de secciones nuevas en Podcastizo. 

Han oído bien, señores, no una, sino dos nuevas secciones en el podcast de moda en la granciudad, destinadas a ofrecer servicios de primera necesidad al madrileño de a pie (y a los no madrileños también, of course).

Redoble de tambores (o timbalada, que está in desde que gobierna Carmena): en breve podrán disfrutar de la sección "Mamá, quiero ser hipster" (o similar, el nombre está aún por definir), en la que La Cool, una tía que del hipsterio controla mogollón, me ayudará a acelerar mi proceso de conversión a la modernez. Desde aquí y desde ya, gracias, chatunga, qué sufrimiento tenía y ahora por fin visualizo la luz al final del túnel. Y, cómo no, también de "El consultorio sentimental de La Hipster", donde una servidora escuchará vuestras dudas, ruegos y preguntas relacionadas con el mal de amores, y será un hombro amigo en las noches solitarias, una caricia directa al corazón, un pozo de sabiduría de las relaciones personales.




Bueno, a lo mejor no es así precisamente. Pero prueben, prueben... anímense a abandonar el Tinder, el Badoo, el Madison no sé cuantitos y los locales de dudosa fama a las tantas de la mañana. Dejen de pedirle consejo a la suegra, que siempre va a ponerse del lado oscuro, parecen ustedes nuevos en la materia. 

¿No sabes cómo decirle a tu churri que su pijama de borreguito sí, es muy mono, pero forma parte del comando antimorbo y a ti el borreguito lo que es calentarte, como que no? ¿Quieres sorprender al parejo y si le llevas a alguna tetería más de esas cuquis con papel pintado de flores temes que a) le de un jari o b) se adhiera a lo fashion y se quiera transformar en tu personal shopper, y para qué quieres más, así que necesitas un plan mucho más friki y no sabes ni por dónde empezar, que tú eres muy del Barrio Salamanca y él muy de Vallekas? ¿Necesitas pedir perdón, has metido la pata hasta la ingle interna, y lo más literario que te sale a ti es un "cariño, otra vez te he hecho lentejas para cenar, que me salen mu ricas"? ¿Te acaba de dejar tu novia de toda la vida y te ves con treintaytantos más perdido que yo misma en el stand de Tous del Cortinglés y te vendría fetén saber dónde se reúne la juventud para ligar o frunjir o lo que surja?

¡Ya estás tardando, si es que estas cosillas del amor nos pasan a todos! Escríbenos a oyentes@podcastizo.com, mándanos un twitt con tu consulta (La Hipster y Podcastizo) o deja un comentario en este post, y no te defraudaremos. Prometido, no estoy cruzando los dedos ni ná.

¡Atentos a las ondas! 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Cabeza de Calabaza, una tienda de sombreros molona en Malasaña


No soy para nada fetichista. 



Aunque tengo predilección por algunos objetos. Me encantan mucho los zapatos, no es que sea una loca que coleccione sin ton ni son, porque no me da el mierdasueldo más que nada, pero siempre, siempre, compro zapatos de piel "buenos": los que tienen tacón los guardo en su caja bien empaquetaditos y, ¡ele!, al armario a la zona de nunca poner (y menos ahora que necesito calzado cómodo para patearme Madrid) y los de sin tacón, los planos, planísimos, a machacarlos hasta que ya no haya por dónde pillarlos o la fascitis plantar los destierre de mi vida. 

Lo mismo más o menos me sucede con los bolsos. Grandes y de piel, no admito variantes. Excepto un bolso chiquitín que acabo de rescatar y era de mi madre, calculo que comprado en el año 1996 (repite conmigo, vintage, vintaaaaage), que siempre me había parecido viejuno y ahora me encanta con sus hebillas doradas. Definitivamente, me estoy haciendo mayor. 

Y los relojes de hombre. Me quedo embobada mirando los escaparates de las joyerías y me pirran los de esfera grande, plana, blanca, con correa de piel. Vamos, el reloj de caballero de toda la vida de Dios, el de abuelo. 

También me flipan las gafas. Las de sol, las de ver y las pixeladas. 

Vamos ya, a quién pretendo engañar, que soy una fetichista de manual.

Y dentro de mi fetiche, hay dos prendas que me trastornan. Las capas y los sombreros, todo muy barroco. 

Capa no tengo ni he tenido. Creo que no cuenta como capa el poncho de rayas que olía a llama de mi adolescencia. Otro día os hablaré de él en más detalle. Ahora bien, el sombrero, ¡ay, mi sombrero! Pero cómo me gusta que hayan vuelto a ponerse de moda y se vean por la calle de todas las formas y tamaños.

Ya iba yo fijándome en el hipsterio de la granciudad, que las chicas monas llevan su sombrerito, y se me antojaba uno. Y apareció el parejo por mi 31 cumpleaños y entre los pre-regalos que se marcó, me cayó un vale de regalo por un sombrero de la tienda más molona, Cabeza de Calabaza.



Cabeza de Calabaza está en la Calle Palma, en pleno barrio de Malasaña. La dueña del negocio se llama Irene, y es mas maja que las pesetas, siempre se está riendo. Y a lo que se dedica Irene es a hacer sombreros y tocados a medida de sus clientes. No os vayáis a pensar que son sombreros normaluchos, grises y anodinos, qué va, son de los que te para la vecina cuando te ve para decirte qué guapa vas (basado en hechos reales). La personalización es absoluta: puedes escoger el tipo de sombrero, la tela, el color, la decoración...e Irene se encarga de tomarte las medidas y de confeccionar el sombrero a mano. 



 

Siempre había pensado que mi primer sombrero sería uno estilo años 20, supongo que influenciada por la imagen de Angelina Jolie en El Intercambio. Sin embargo, me decanté por un modelo bien diferente, un sombrero floppy mucho más sesentero, así de ala ancha y ondulado. 


El mío es en color topo y con una trenza como adorno, y me tiene enamorada perdida. A mí y a todo el que me ve con él, no os imagináis cuántas personas me han preguntado qué dónde lo que comprado, porque es precioso. 

Así que, mi recomendación: un día de estos de malasañear, aprovechad para visitar el taller de Irene y probaros alguno de los sombreros que tiene. 

Si os resistís y salís de la tienda con las manos vacías, me lo contáis. Que no me lo creo. 

lunes, 18 de enero de 2016

Interrupted, dos funciones más en Madrid

Me estreno en la crítica teatral.

Yo lo intento con todo.

No me considero ni mucho menos una experta, pero sí soy aficionadilla. Digamos que el cine de verano del chiquipueblo no era suficiente aliciente cultureta (ojo, que me encanta) y ya desde los últimos tiempos en los dominios del extrarradio éramos habituales de algunos teatros en Madrid. 

Desde que estamos viviendo en la granciudad, como con otras tantas actividades, se nos ha desmadrado el asunto y voy al teatro, normalmente acompañada del parejo, una vez a la semana. 

He de decir que la tarifa mensual y otras iniciativas del Teatro Lara han contribuido a elevar la media. Vamos, que parece mi segunda casa (¡ojalá, qué más quisiera yo!).

Y entre lo que tienen en cartelera, que es todo muy apetecible y casi siempre comedia o dramacomedia, que se agradece, que para disgustos ya tenemos la vida misma, os quiero recomendar una obra que me ha gustado mogollón, por original, por guión, por la puesta en escena y por las actuaciones de las cuatro chicas: Interrupted, de Teatro Envilo.  



Podéis disfrutarla, reíros a carcajada limpia, sonreír por dentro y también sufrir con este relato sobre cómo la vida necesita bien poco para darse la vuelta. 

Quedan dos martes de función en el Teatro Lara, mañana día 19 y el próximo 26 de enero.

Mi recomendación: ¡no se la pierdan!

martes, 8 de diciembre de 2015

5 cuentos para adultos y niños que no vas a cansarte de leer

Hace ya algunos meses, cuando todavía era un ser inocente e ingenuo, os abrí un ventanuco a mi corazón y os conté algunas cosas sobre mí. Todas ellas rigurosamente ciertas.

Muchos fans me preguntasteis en aquel momento por mi colección de cuentos. Los fans sois así. Os hablo de mis intenciones de dominar el mundo, y me salís con la colección de cuentos. Luego pasa lo que pasa, chatos. No digáis que no lo avisé.

Aprovechando que se acercan fechas señaladas (siempre me ha hecho gracia esta expresión tan viejuna), y que a lo mejor queréis hacer un regalo bonito para otros, niños o adultos, o pedirle un libro chulo a los Reyes Majos, voy a hacer un repaso a 5 cuentos que me inspiran de mi colección, a la que por cierto no añado un nuevo ejemplar desde mayo y que todavía a día de hoy sigue guardada en una caja, esperando a que el salón esté decente para darle un lugar preferente.

Las mudanzas son un asco.

Vamos con ello:

1. Bandada (editorial Kalandraka)


En mi opinión, no se ha escrito fábula más estremecedora sobre la humanidad y sus pecados colectivos. Pocas palabras, bien escogidas, acompañadas de ilustraciones detallistas en blanco y negro. No esperéis el típico libro infantil en esta joya de la editorial Kalandraka. 

Por cierto, no es la única pieza excepcional de esta editorial gallega, que tiene una librería propia en la calle Santa María, cerca del metro Antón Martín. Este espacio para soñar, en el que exponen las ilustraciones originales de los autores de muchas de las obras que editan y donde organizan cuentacuentos para niños y adultos, bien merece una visita. Dejaos aconsejar por Belén y el resto de chicas que trabajan allí. 

2. Este no es mi bombín (editorial Milrazones)


Un clásico de Jon Klassen, con sonrisa pilla asegurada incluso para los adultos más serios. Y qué decir de las reacciones infantiles ante este juego de palabras e imágenes complementarias, donde las ilustraciones escriben la parte de la historia que las letras dejan a merced del lector. 

Si buscas un cuento con el que pasar un buen rato, con el que recuperar esa sensación de "qué ocurrirá a la vuelta de la página", y terminar pensando un: "¡otra vez!" y casi aguantarte un saltito de alegría, este es tu libro. 

Si así lo viven los mayores, imaginad a cualquier niño a partir de los 2-3 años. Delicioso.

3. Habría que (editorial Kokinos)


Aviso a navegantes: si eres de lágrima fácil, asegúrate de tener un buen cargamento de kleenex antes de abrir este libro de otra de mis editoriales fetiche del álbum ilustrado, Kokinos. A poco que avances en su lectura se te irá haciendo un nudo en la garganta, es inevitable, ni te molestes en reprimirlo. Espera al final y ya fliparás.

Una historia para todos los que nos despertamos cada día soñando un mundo mejor. Ahí es nada.

Aún recuerdo la primera vez que cayó en mis manos, rompí a llorar en medio de la tienda. Ele, esa soy yo. 

Es un título al que tengo especial cariño y que he regalado en más de una ocasión: fue el que inauguró mi colección, el primero de la estantería, el que venció mi vergüenza a comprar para mí libros en principio destinados al público infantil, gracias a que el parejo me lo regaló en las Navidades de 2013. Y desde entonces, compro un cuento por mes. Bueno, desde mayo de este año ya no.

4. Tú no me asustas (editorial Thule)


Ilustraciones y texto en forma de poema conforman esta historia atípica y en cierto modo oscura, que se atreve a profundizar en nuestros miedos y darles el papel necesario y merecido de contrapunto a nuestras alegrías, transformando lo negativo en positivo. Un libro que habla de la necesidad de sentir lo que asusta para valorar lo que nos reconforta.

Un cuento para adultos y niños miedosillos, es decir, para todos. 

El favorito del parejo en mi colección. 

5. Corazón de madre (editorial Libros del Zorro Rojo)


"Cuando un hijo se ríe a carcajadas, el corazón de una madre se pone a bailar..."

Un cuento sin pretensiones y precisamente por ello enorme: palabras sencillas directas a la patata combinadas con ilustraciones coloridas de trazos definidos, esos dibujos casi reducidos al símbolo que cualquiera podría reproducir y que tanto mérito tiene crear. 

Un cuento que ilusiona y duele a partes iguales.

Inocencia en estado puro, editada por Libros del Zorro Rojo, otra de las editoriales de las que compraría todo su catálogo infantil con los ojos cerrados. 

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Y bien, esta es mi selección. Hay muchísimas obras de arte que me dejo en el tintero... ¿Algún título que echéis de menos? ¿Recomendaciones para mis próximas compras, cuando por fin me decida a retomar la colección? ¿Os he ayudado con la carta a los Reyes?

Espero vuestras opiniones, chatos.



jueves, 3 de diciembre de 2015

El club de las plañideras

El hipsterio es un lugar para las mujeres modernas. Ya me entendéis, profesionales liberales, creativas alocadas, ejecutivas de la industria de la moda...ese perfil. Nada de marujismo y/o ñoñez. Mujeres de armas tomar del siglo XXI.

Como se enteren de lo mío me van a largar cagando leches.

Y es que ya lo comentaba el otro día en Twitter: lloro por todo, soy la reina de las magdalenas y magdalenos, la diosa de la ñoñez, una plañidera sin parangón. Candy Candy en sus mejores momentos.


¿Que no? Veamos algunos ejemplos reales. 

Yo voy andando por Sol un domingo en el que hay una mani contra el cambio climático y se me caen los lagrimones pensando en lo maravillosa que puede ser la humanidad, que es capaz de reunirse para luchar por el bien común y dejar un planeta mejor a las generaciones venideras. Así con un par.

Yo escucho una canción melancólica mientras coloco el equipaje de mano en un avión, y me tengo que contener mucho, muchísimo para no romper a llorar desconsoladamente, porque me imagino un tío andando solo bajo la lluvia en una ciudad gris, con las manos en los bolsillos de la gabardina, mirando al suelo, sin ganas de regresar a una cama vacía donde todavía huele a ella, que no va a volver.

Yo entro en Santa Sofía y al amigo Stendhal le dejo a la altura del betún, que me dura la llantina media hora larga. 

En definitiva, que soy una romántica extrema a pesar de los pesares. ¿Por qué el mundo me ha hecho así, por qué? 

Y peor aún, parece que esto empeora con los años. 

Claaaaaaro, luego pasa lo que pasa, que a veces la hipster también tiene que mantener conversaciones serias sobre la vida y el amoooooool, acabáramos. Hecatombe, holocausto, crisis geopolítica a la vista.


No acabo ni una puñetera frase. Si toca abrir el corazón y hablar de lo que de verdad importa en la vida, se me hace un nudo desde la boca del estomágo hasta la boca-boca y, ¡ele!, pack completo: manos temblorosas, hilillo de voz y ojos vidriosos. ¡A llorar!

Señores, esto es muy grave. Es muy grave porque ya llega un punto en el que parece que soy puro drama, cuando no todas las lágrimas son iguales ni todos los lloros son de tristeza, también en esto hay escalas, pero a ver quién es el guapo que descifra un lenguaje tan primitivo sin estar en mi cabecita. Y es muy grave porque me impide expresarme como las personas adultas de verdad, decir lo que siento sin parecer lerder.

Molaría no parecer lerder.

¿Consejos?

¿Cuál es la gilipollez más gorda por la que habéis llorado?


domingo, 4 de octubre de 2015

Chata, a apretar el esfínter y tirar millas (...frase favorita number three)

Hay peña que tiene una suerte extrema. 

De estos que les toca la lotería de Navidad y el sorteo de verano de la Once en el mismo año. De los que les pillan para currar en un crucero por las Islas Griegas en temporada estival aunque no hablen ni papa de inglés y la mitad del pasaje sea extranjero, y además les pagan 3000 pavos al mes libres de impuestos, que para eso se mueven en aguas internacionales. De los que van andando por la calle despeluchados y legañosos y los descubre un cazatalentos de una conocida agencia de modelis y se los lleva a vivir a New York, ático en la gran manzana y coach personal shopper gurú hipster incluidos entre los beneficios de empresa. De los que a los 30 están más güenos que a los 18, que inexplicablemente de pelo han pasado a pelazo y podrían figurar en primera línea de las juventudes peperas en un mitin de Rajoy. De los que follisquean y se preñan y toda la pesca (tenía que desahogarme, perdonad). 

Todos sabemos quiénes son: unos malditos  unas bellísimas personas que se merecen todo lo bueno que les pasa .



El resto de los mortales, pringaos y cenizos del universo, sin embargo, tenemos que aprender "estrategias de afrontamiento", tal y como  dirían los mismos coaches personales que enseñan a los modelis en New York a desarrollar su carisma y potencial innato, y a nosotros solo nos miran con penica. Y, ¿cuál es, my friends, la estrategia de afrontamiento más conocida mundialmente, esa frase que te repites como un mantra cuando tienes un día de mierder?

CHATA, A APRETAR EL ESFÍNTER Y TIRAR MILLAS

Y es que está clarinete, nenis, a ti si te encuentra un cazatalentos es para ofrecerte un curro de cajera del Carreful en el peor de los casos y para decirte que te va haciendo falta ir a la peluquería en el mejor. 

Así que no te llenes la cabeza de pajaritos, no vayas por la vida soñando tontunas. Lo tuyo es seguir p'alante pase lo que pase, vamos, lo dicho, lo que viene siendo apretar el esfínter y tirar millas.




miércoles, 30 de septiembre de 2015

El hombre, como el oso, cuando más peludo, más hermoso (...frase favorita number two)

Si ayer era el turno de las lectoras femeninas y tuvimos la oportunidad de repasar la importancia de llevar las prendas íntimas adecuadas a cada ocasión, hoy el consejo de estilo y mi segunda frase favorita es, como no podía ser de otra forma, para el público masculino, por eso de la paridad y porque a los hombres hipster que leen este, mi blog, también les preocupa estar al tanto de las tendencias más IN.

Y no, no vamos a hablar del blanqueamiento anal.

Nos adentraremos en un tema mucho más profundo (difícil por otra parte, jajaja, doble sentido) y de mayor calado. Trataremos de responder a la pregunta que nos atormenta desde los albores de la humanidad, originando largas horas de debates en medios especializados: chatos, ¿pelos sí o pelos no?

Bien, mi postura al respecto es clara e inamovible (con los matices que veremos a continuación):
"EL HOMBRE, COMO EL OSO, CUANTO MÁS PELUDO, MÁS HERMOSO"




Efectivamente, amigos hipster, gracias por haber vuelto a traer a los pueblos y ciudades de nuestra geografía las barbas, los pelos largos con moñete, en definitiva, la hombría tradicional. Por haberos inspirado en el hombre clásico, el de siempre, el del siglo XVI, no esperaba menos de vosotros. Gracias por existir. Que ya empezaba a hartarme de tanto depilao integral. 



Y es que para ir depilao del todo y llevar el pecho tan suave como el borreguito de mis alpargatas, mozos, para eso hay que estar mu güeno. Por mucho que digan ahora en los suplementos de los dominicales que se lleva el rollo "fofisano", que no, que eso es una mamarrachada. Un tío rasurado y con barrigota da grimilla, que no nos vendéis la moto.



Así, pues, tú, macho, tanto si eres hipster como si estás en el camino de convertirte en ello, o si reniegas (maaaal, muy maaaal, fataaaal), atiende que esto te interesa: si tu cuerpo no tiene esta pinta


deja de sufrir por los pelánganos, olvídate del láser, la cera, las cremitas antirrojeces, los dineros gastados en cuchillas de triple hoja... No, convierte a los pelánganos en tus más fieles aliados: te ayudarán a ocultar la no existente tableta de chocolate y harán que aparentes la edad que tienes, más de 30. 

Cuanto antes lo asumas, mejor. Y lo sabes.



lunes, 28 de septiembre de 2015

Hagas lo que hagas, ponte bragas (...frase favorita number one)

Amores, me he traspapelado. Desde finales de agosto he sucumbido a las rutinas diarias de mi vida de mierder (básicamente) y me he ido 6 días, que por lo visto no tengo derecho ni a una puñetera semana como el resto de los mortales, a una isla paradisíaca del mediterráneo a mojar mi culito en la playa, que ni la había catado en todo el verano. Resultado: he vuelto cuasimorena, que era mi objetivo, y de regalo en la maleta se me ha colado todo el estrés del mundo. Menudo joputa, me tiene en modo survival, y claro, el blog abandonaíco...




Ni tiempo he tenido de coger el relevo que me propuso El Marío, que se acordó de mí para El Reto de las Tres Frases (así en mayúsculas parece que tiene mayor importancia, ¿eh?) cuando dijo la mítica "todo comenzó en la barra de aquel bar". Que me pregunto yo que qué imagen estoy dando a la comunidad blogueril para que me menten en cuanto oyen la palabra "bar", "gintonics" o "cañeja". O algo no estoy haciendo bien o algo estoy haciendo demasiado bien, a saber.

Por cierto, que esa semana fue la última semana gloriosa antes del caos y la destrucción, recibí dos premios blogueriles. Y ahora, nada. Coñe, hay que repartir un poco el tema. 

Bueno, pues eso, que os voy a contar tres frases que me molan en tres días no consecutivos (porque no va a poder ser con el ritmo que impone mi curro) y sin nominar a nadie para que haga lo propio, porque ya ha sido nominado al marrón este todo el mundo que se me viene a la cabeza. 

Y la primera frase no podría ser otra que... 
"HAGAS LO QUE HAGAS, NENI, PONTE BRAGAS".





Sí, soy una obsesa de las bragas, lo reconozco. Ya os conté que unas bragas es lo que me llevaría a una isla desierta, sin dudar. Que no, que a mí no me pillan en un renuncio con el potorrillo al aire, qué va. Y no se valen tangas tampoco, ni braguitas (¿braguitas, pero que puñetas son unas braguitas?), ni lindezas ni chuminadas, yo hablo siempre de la braga clásica en su versión algodón, la que tapa bien el culamen, con sus dibujitos inocentes de murciélagos, fresas o gaticos. A gusto del consumidor. Admito también la braga-faja sin costuras, subidita, que cubre bien, del comando antimorbo. Y ya. 

Que estaréis pensando: "pues vaya una hipster esta que luego por dentro es más clásica que Chopin, no me jodas, qué decepción". Pues sí, seré clásica, será una frase muy típica, lo que vosotros digáis, pero muy cierta. Ay, chatos, y lo peor, que si se dice será por algo. Que he escuchado yo en alguna ocasión a mucha fresca diciendo que en caso de ponerse un vestido ajustado se lo calza sin bragas. ¡¡Sin bragas!! Que sale a la calle o se va a una boda ventilando el asunto. 

Si es que me da un jari solo de pensarlo, madremíadelamorhermoso. 

Haced el favor y poneos bragas siempre, que no me entere yoooooooo.

martes, 21 de julio de 2015

Un domingo cualquiera

Me he pasado con la modernez. 

Es la calor, que no me deja pensar con claridad, y así nos va, que te despiertas un domingo a una hora prudencial, de esto que el parejo se pone perezoso para ir a por el pan para las tostadas mientras la menda se da una vuelta más en la cama y cierra el ojo con la esperanza de dormir diez minutejos extra, y al final resuelves que sin pan no hay desayuno, y que total, ya que nos ponemos, si hay que salir, pues en vez de ir a por pan nos acercamos a la Casa de la Torrija que es un paseo de nada y ele, nos homenajeamos con una torrija en pleno mes de julio y que nos quiten lo bailao, majos. Es lo que tiene vivir en la gran ciudad, que hay torrijas en julio.

Estamos fatal de lo nuestro. Y la Casa de la Torrija cierra los domingos, que parecemos nuevos.

Que no cunda el pánico, habrá un plan B en pleno centro. Con un poco de suerte, encontramos sitio en la novena del Cortinglés de Callao y disfrutamos de las vistas. Pues sí, sitio habría, pero a partir de las 11:00 h que es cuando abren los domingos. Y nos rugen los estómagos y falta media hora. 

Venga, crucemos la Gran Vía y buscamos otro sitio por Malasaña. ¿Dónde, dónde podemos desayunar, coñe, que en el chiquipueblo había dos bares pero aquí no nos aclaramos?

Y aunque no es el mejor momento, aunque nos hemos lanzado a las calles sin ducharnos siquiera, aunque tenemos las legañas pegadas al ojo y pintillas zarrapastrosas y pocos ánimos pal amooooooor, se nos ocurre que hemos leído por ahí que la cafetería del Museo del Romanticismo (C/ San Mateo) está muy requetebien y para allá que vamos.

Y el Museo del Romanticismo nos recibe con esta estampa.



Y, efectivamente, está muy requetebien. Una tarta de frutos rojos que quita el sentido, un jardín con hortensias en flor, unos camareros simpáticos, un oasis en pleno centro. Diez euros exactos la cuenta para dos.

Me cambia la cara, se me quitan las penas. Esto es empezar bien el día. Ni legañas, ni pintillas, el parejo y yo estamos güenísimos, hombre ya. 

Nos venimos arriba. La gran ciudad es lo mejor que nos ha pasado. ¡Qué vivan los domingos y las fiestas de guardar! A la tarde nos tocará currar como borricos en las obras de El Escorial de nuestro piso que no se acaban nunca, pero por la noche podemos irnos al Cine Doré, que echan una de miedo de los 80.



¿De miedo? Una de la Toston Pictures que nos tragamos, como diría el parejo. De esas sin banda sonora ni na, nosotros que llevábamos las patatuelas en la mochila para ronchar un poco durante la sesión. Nos habrían chistado fijo.

Lo dicho, nos hemos pasado con la modernez.

Pero no quiero el chiquipueblo de vuelta ni regalao. 

martes, 9 de junio de 2015

Si lo sé, no me hago hipster

Josmíos, hay que ver lo duro que es esto del hipsterío. De haber sabido la que se me venía encima, me habría hecho otra cosa, no sé, domadora de cocodrilos, cantaora de flamenquito o tocóloga. Que las moderneces y el postureo me traen loca.




Tras la friolera de 3 días viviendo en la gran ciudad (tiempo más que suficiente para sentar cátedra, en esta vida hay que ser valiente), puedo asegurar que mola. Para los que somos de extrarradio, de las afueras de las afueras, atora un poco tanto estímulo. Ostras, que el otro día salí a enviar un fax y me tiré una hora y media fuera de casa porque vi un mueble súuuuuper práctico de los años 60 para guardar botellas de alcohol y cristalería (ya se sabe, prioridad absoluta tras una mudanza, digamos que necesidad básica) cuyo precio estaba totalmente fuera de mi presupuesto y me puse a hablar con la dueña del local antes de irme a desayunar a El Azul de Fúcar, que se ve que nadie madruga en el centro de la gran ciudad, por eso de que sirven desayunos hasta las 13:00h. Con la de cajas que tengo que desembalar.


Pero salir del hipsterío de extrarradio y llegar a los paseos improductivos me va a costar una semana sin agua caliente (maldigo las compañías de gas y los festivos locales), sin cocina (maldigo mis gustos nada corrientes en estos lares, sólo a mí se me ocurre pedir una encimera de madera y esperar que llegue a tiempo), unas vacaciones destinadas a atender a los "profesionales" de la obra de El Escorial que por h o por b no han terminado su trabajo a tiempo (maldigo el gremio de la construcción cienes de veces) y un ataque de nervios inminente, sin saber cuál es el centro de salud que me corresponde. Menos mal que aquí las ambulancias llegan pronto, que de esta en el chiquipueblo me habría largado al otro barrio.

Eso sí, como buena hipster, tengo internet en casa desde el día uno. Tiene bemoles que los más serios en este asunto hayan sido la empresa de telecomunicaciones.

Ahora que esto de la falta de agua caliente me está poniendo la piel tersísima, he rejuvenecido lo menos 10 años, y en la veintena preñarse está tirao, señores, y la ausencia de cocina me ha proporcionado la excusa perfecta para conocer los baretos del lugar y fundirme los euros que tan bien me vendrían para comprar un sofá en algún momento de mi vida.

A los "profesionales" de la obra y el inminente ataque de nervios, en cambio, no le acabo de pillar el tranquillo, fíjense.

lunes, 11 de mayo de 2015

Mis gafas de famosa

Para los regalos soy la leche, muy especialita, y ya si se trata de que me regale el parejo, agarrarse los machos toca. Mira que lo pongo fácil, que tengo una wishlist compartida, en la que hay un poco de todo lo que me mola del hipsterio, desde jabones handmade hasta libros de los de pensar. Pues nada, no hay forma, el parejo se empeña en que un regalo es un regalo y, por tanto, no tengo derecho a decidirlo. El derecho es suyo a elegir lo que le salga de los mismísimos y cagarla hasta el fondo.

En estas estamos, cuando a finales de 2014 el calendario señala que cumplo 30 castañas. El parejo se lo estaba temiendo desde forever mínimo. Y a pesar de eso, le puede su hombría, así que a pecho descubierto, opta por pasarse la wishlist por el arco del triunfo y comprarme lo que le venga en gana. Eso es valentía, señores, no lo repitan en sus casas.

Y el día de mi 30 cumpleaños, después de un desayuno en el que parte del menú han sido las uñas y los pellejos que me muerdo pensando en qué idea peregrina habrá tenido el colega para regalarme, aparece con cara de icono de Whatsapp de angelillo inocente y una bolsa de la óptica L'Atelier en las manos. Está claro que este año no me han tocado los jabones handmade.


Me abalanzo sobre el paquete y descubro un estuche molón de color blanco. Lo abro sin paciencia y saco las gafas de sol más bonitas que he visto en mi vida: el modelo Manhattan de Oliver Goldsmith, en color rojo oscuro y cristales grises, ¡exactamente el mismo modelo que lució Audrey en la épica Desayuno con Diamantes! Mientras una parte de mi cerebro calcula con rapidez el posible precio de semejante objeto de deseo (es un efecto secundario de ser hipster de extrarradio, que te puede la parte tacañona), la otra da saltitos de alegría inconmensurable. ¡Joder, esto sí que es un regalazo, no puedo ser más afortunada!



Entre abrazo y abrazo, besos, gritos, el parejo intenta explicarme que hay que volver a la óptica a graduarlas (además de extrarradio, soy miope, eso para el hipsterio está fetén, porque mis gafaspasta no son de palo, señores) y que "ya está to' pagao', chati". 

Me falta tiempo para salir escopetada a L'Atelier, la óptica más chula en la que me han visto el pelo. Están en la calle Moratín, en el barrio cultureta por excelencia de Madrid, el Barrio de las Letras (metro Antón Martín). Tienen un local precioso, donde atienden dos chavales a cual más majo y profesional, que lo mismo te gradúan la vista, que te dan palique,que te aconsejan sobre el diseño de montura que mejor le sienta a tu careto. Y no te aconsejan cualquier cosa, no te creas, porque en L'Atelier no tienen RayBan ni marcas mainstream: si lo que buscas son unas gafas de calidad, y de diseño del bueno, has dado en el clavo. 

Yo, desde luego, estoy encantada con mis gafas de famosa. Me quedan genial y llaman muchísimo la atención, la gente me suele preguntar por ellas y orgullosa les cuento su historia. Espero que me duren años y años, y parejo, tú que me lees, has puesto el listón altísimo para los 31, en diciembre nos vemos, chatungo.

jueves, 30 de abril de 2015

Una tarde en el matadero

Una tarde en el matadero era exactamente mi idea de la primera cita del parejo y yo en la consulta de infertilidad. Pero hoy no vengo a hablaros de este tema, sino de un plan genial para hacer un finde cualquiera de estos: visitar Matadero Madrid. 






Matadero Madrid mola un puñao, así os lo digo. Para mí, es un ejemplo de transformación de espacio obsoleto, una maravilla de aprovechamiento cultureta para el barrio en unos edificios  preciosos. No como la barbaridad que han hecho en la antigua Estación del Norte, ahora Príncipe Pío, donde plantaron un centro comercial horroroso y anodino, uno más de tantos, en un lugar donde casi cualquier otra iniciativa habría sido más que bienvenida. Cosas de la sociedad de consumo. 

¿Qué puedes esperar en tu visita a Matadero Madrid? En primer lugar, estás al ladito de Madrid Río, ese parque lineal estupendo a orillas del Manzanares, cuyas obras sufrieron los habitantes de la gran ciudad con un estoicismo increíble, y que hoy es un sitio guay para ir en familia o con amigos, o como más te dé la gana. Así pues, Matadero Madrid puede convertirse en una parada en tu paseo, andando o en bici (más que nada porque dudo que te dejen pasar dentro de los edificios en patines).

Una vez en el recinto, tienes exposiciones (cuando yo fui estaban las Guerrilla Girls, que como su nombre indica son unas chicas guerreras que reivindican la presencia de las mujeres y las minorías en el mundo del arte, y había otra con un ladrillo de la cárcel de Carabanchel y otra más con imágenes y sonidos del planeta Tierra; ya os avisé que Matadero era muy cultureta), sala de teatro y de cine, un par de bares (uno de ellos con terraza), unas salas creativo-colaborativas para que los emprendedores y diseñadores se reúnan a contarse sus cosas rollo San Francisco style, y una explanada exterior enorme con chavalería haciendo el cabra. 

Además de eso, está la Casa del Lector, que el día que yo fui estaba cerrada, pero en la que organizan eventos y talleres relacionados con la lectura. También en la entrada, vi unos carteles en los que se anunciaban las actividades programadas, y había muchas para hacer con niños.

Vamos, que es completito que no veas y la diversión está asegurada para todos. Ojalá aquí en el chiquipueblo tuviéramos algo parecido, pero qué va, aquí con programar clases de macramé a las 11h de la mañana se quedan tan panchos.




jueves, 23 de abril de 2015

Un sábado en el mercado de Antón Martín

El sábado pasado tuve que pasarme por las obras de El Escorial de mi piso a supervisar la colocación de los azulejos. Señores, esto es así, cuando llega la hora de poner azulejos, los albañiles, que son seres de sabiduría ancestral, prefieren que la hipster de turno se pase a comprobar que las cosas se hacen a su gusto, que luego deshacer y volver a hacer sienta de culo. Las obras sacan todos los estereotipos de género.

Total, que después de comprobar que la alineación y el reparto de colores de los revestimientos estaban claros, había quedado con una amiga treintañera como yo para ir a desayunar a El Azul de Fúcar y dar un paseín por Lavapiés.

Yo tenía muchas ganas de conocer el mercado de Anton Martín, porque a mí los mercados de toda la vida me encantan, no hay nada como que te atienda el pollero: "¿qué te pongo, chata?" Mmm, cuánto lo he echado de menos en el chiquipueblo, que aquí lo más que hay es una pollería/carnicería/charcutería todo revuelto y unos precios que no me extraña que la gente huya a Mercadona.





¡No os hacéis una idea de la alegría que me llevé! El mercado de Antón Martín es un mercado chulísimo, con los puestos de toda la vida, el género expuesto y sin empaquetar, la gente, muy variada en pintas y generación, haciendo cola con los carritos de la compra... y muchos detalles molones: las floristerías de la primera planta (con su paniculata y runúnculos), el rincón de comida eco y herbolario, algunos puestos de arte y decoración, y los cafecillos y bares. Me llamó  la atención un japonés que tenía bastante afluencia. Y luego el espacio que tenían para que la peña pudiera conectarse a internet y trabajar un ratito en medio del bullicio y del jaleo. 

Alguien (poco informado, por lo que se ve) me había metido el miedo en el cuerpo y me había advertido de que era carísimo, que no era un sitio para hacer la compra de frescos semanal ni mucho menos. Hombre, no sé yo, nosotras dimos una vuelta bastante rápida y no tuve tiempo de detenerme con atención, y además aquí en el chiquipueblo los precios son de morirse del susto, pero me parecieron razonables. 

Vamos, que a mí el mercado de Antón Martín me parece un planazo para el viernes por la tarde o el sábado por la mañana: te coges el carrito de la compra, te plantas en Lavapiés que ya de por sí es un barrio que tiene un puntazo, inspeccionas los puestos con cariño, seleccionas los que te gustan, haces la compra semanal que es productivo y eso, y para terminar, te pegas un homenaje y te tomas una cañeja o el vermú allí mismo. 

Y vuelves a casa más feliz que un regaliz y dejas la nevera llena, que eso da un gustazo... Igualito que el Mercadona, oye.