Pues en realidad, no existe un motivo único ni para nosotros ha sido especialmente premeditado...
Desde que supimos que estaba embarazada y nos atrevimos a hablar del peque que está por llegar, de vez en cuando comentábamos si teníamos alguna preferencia sobre su sexo. Yo siempre me dirijo al pollito como un niño, en masculino (quizá que pase la mayoría de mi vida rodeada de hombres tiene algo que ver), pero no porque prefiera que sea un varón, sino porque creo que lo es. Aunque no confío demasiado en mi intuición, eso del sexto sentido femenino lo veo un poco patraña o cuento de viejas. La verdad es que el sexo me parece un detalle sin importancia. Parejo, sin embargo, nos desea "buenas noches a las dos" y piensa que pollito es una niña y tiene una ligera preferencia porque sea una niña. A lo mejor le pasa lo contrario que a mí, él vive conmigo y dos gatas hembras más en casa, así que pensará que ya puestos, sigamos en el mundo mujeril y marujil. Pero me consta que estaría encantadísimo con un niño también.
Nuestra moneda de la suerte se ha pronunciado y ha dicho que es un niño.
Como comentaba, la cosa surgió con bastante espontaneidad. En principio, habíamos pensado en saberlo. La eco de las 12 fue bastante precipitada (en agosto, Madrid, bajo mínimos, la seguridad social no nos daba fecha para poder realizarla en plazo y tuvimos que buscar una alternativa en el único día en que podía hacerla justo antes de irnos de vacaciones a otra provincia), así que con las prisas, ni el médico nos dijo nada acerca del sexo ni nosotros preguntamos.
A punto de hacer una nueva eco en la semana 16, pues tuvimos LA conversación (chan chan chan). Ninguno de los dos tenía excesiva curiosidad ni vivía el no saber el sexo como una incertidumbre grande, no más allá de desconocer otros atributos del pollito o de lo que está por venir: tampoco tenemos ni pajolera idea de si será dormilón o alborotado, rubio o moreno, grande o pequeño... Al poco de tener serias dudas sobre si queríamos saberlo o seguir alargando la incertidumbre, unos vecinos nos contaron que ellos no supieron el sexo de su hija hasta el nacimiento y nos pareció una experiencia muy chula. Hasta ese momento, no habíamos conocido a nadie que hubiera esperado hasta el parto, y su testimonio nos acabó de convencer.
Y aquí estamos, en la semana 22 sin tener ni idea de si pollito es un niño o una niña y muy contentos igualmente. Mucha gente nos pregunta cómo lo hacemos, si no es difícil que los médicos metan la pata, y la verdad es que de momento hemos tenido mucha suerte: la gine que me está llevando el embarazo es un encanto y nos ha dicho que se lo recordemos cada vez que vayamos, y que si nosotros no queremos saberlo, ella tampoco va a mirarlo para evitar cualquier posible metedura de pata y que así sea sorpresa para todos. Al ginecólogo que nos hizo la eco de las 20 semanas, simplemente le pedimos su colaboración para mantener el secreto, y nos dijo que estupendo, que él tendría que mirarlo para asegurarse de que los genitales estaban bien formados y no había ambigüedad, pero que nos avisaría para que no miráramos la pantalla mientras él lo revisaba. Como si fuéramos a distinguir algo (que igual sí, ni idea). Y eso hicimos, nos advirtió, no miramos y ya está. Antes de salir de la consulta tuve un momento de curiosidad extrema y le pregunté:
-¿Entonces tú si que has visto lo que es?
- Claro- me contestó medio riendo- Si quieres te lo digo.
- No, no, no, muchas gracias.
Ya está. Si conseguimos continuar aguantando la curiosidad y los médicos nos siguen el juego, nos plantaremos en paritorio esperando a nuestro pollito con dos nombres pensados (con un poco de suerte, llegaremos a un acuerdo...aunque no nos lo estamos tomando muy en serio) y listo.
Por cierto, no deja de sorprenderme la reacción de algunas personas cuando nos preguntan si ya sabemos si es niño o niña y les decimos que preferimos esperar. Desde el "¿pero entonces cómo vas a decorar su habitación?" al "¿y de qué le vas a comprar la ropa?". Y yo: "pues de bebé, de qué va a ser, de bebé. Espero que al menos nos salga de la especie humana, no vaya a ser que para un hurón".
Gensanta.
Menos mal que sigo siendo siendo bastante escapista y me estoy librando de la mayoría de conversaciones y consejos no pedidos. Tan feliz, oiga.
martes, 24 de octubre de 2017
jueves, 28 de septiembre de 2017
Como escapista no tengo rival
A un tris de plantarme en la mitad del preñamiento, tan pichi, señores, como si tal cosa, con un hambre voraz y poco más que reportar en los últimos tiempos, me ha dado por repasar la lista de cosas que escribí con mis intenciones para cuando este día llegara en mi vida.
Nota del autor: esta lista fue escrita con total inocencia, apenas un par de semanas antes del diagnóstico de infertilidad, cuando creía yo que quizá estaba un poco pallá y lo nuestro sería cosa de meses. Ay, alma de cántaro.
Pues nada, que de la lista la mitad de las cosas no las he hecho ni las pienso hacer. Parejo se enteró de que sería prepadre cuando volvía de sus clases de esgrima todo sudado y nos descargamos juntos el resultado de la beta del portal del paciente (romanticismo extremo, como pueden ver), no me he leído el libro tan chuli que debe estar en el altillo en alguna caja de plástico del Ikea bien protegido del polvo y tampoco ningún libro de preñamiento porque el famosísimo "What to expect when you are expecting" me aburre soberanamente y me puso de una mala leche supina con sus afirmaciones estúpidas sobre relajarse para preñarse (amos, no me j...). A yoga resulta que ya iba de antes (normal, con los disgustos de hace un par de años era eso o chutarme trankimazines y, aunque no lo parezca, no soy nada dada a las drogas duras), lo de hacerme un álbum de fotos preñatis me da hasta pavor y las camisetas de rayas que tenía las jubilé y me da pereza ir de compras.
Así que solo estoy rindiendo en dos puntos: el escapismo y descojonarme viva. Como este sea siga siendo mi grado de cumplimiento del plan cuando nazca "el pollo" (sí, solo viene uno, nos hubiera encantado que fueran mellizos, cosas de la locura infértil, pero no pudo ser; no, no sabemos el sexo y le llamamos "el pollo" porque nos ha salido así la gracia y lo de polla nos suena un poco peor), la vamos a liar pardísima.
Lo de descojonarme viva es porque estoy más tranquila que nunca y claro, me río por todo y todo el tiempo. Lo del escapismo, pues no sé de dónde viene, ni pajolera idea: yo pensaba que después de tres años y medio esperando iba a estar deseosa y flipada de contárselo a todo el mundo y "presumir" y oye, pues no. No me apetece una mierder hablar de preñamiento ni niños ni bebés (la palabra bebé es que me pone medio nerviosa) con casi nadie y no porque no esté feliz, contenta, agradecida y flipando con la suerte que hemos tenido, sino a lo mejor por todo eso, porque lo siento muy íntimo, un espacio muy nuestro, de parejo y mío, y porque he aprendido que nunca jamás sabes la fibra que tocas a tu alrededor con el tema del preñamiento y que más vale ser prudente que pecar de cansina de las pelotas.
Y, en otro orden de cosas más normales, porque la gente es agorera que te cagas a más no poder y cuando me salen con chorradas y preocupaciones que yo veo completamente absurdas, como que si puedo o no comer jamón o que si he pensado en que no podremos ir al cine los miércoles, me dan ganas de contestarles que me la chufla todo y que no solo lo he pensado, sino que durante más de dos años, por eso de que el primer año y medio aún albergas esperanza, lo que pensaba es que nosotros nunca podríamos ser padres y que si lo éramos algún día sería después de un desgaste importante en salud y dinero y amor. Chúpate esa, a ver cómo me comparas situaciones. Me callo la mayoría de las veces, pero sí, para una infértil, comunicar el preñamiento suele ir acompañado de hablar de infertilidad.
Que si ha sido buscado, me preguntan. Me troncho.
Siempre pensé que lo diría tarde, pero no imaginé que tanta gente y tan inesperada lo sabría tan pronto. Los amigos que nos cubrían para una escapada molonga de camping justo después de la beta (por si todo iba mal, le habíamos pedido a unos amigos que organizáramos un buen plan para no pasarnos un finde llorando y despejarnos), fueron los primeros en saberlo. Como a las 11 de la noche no habían tenido noticias nuestras, me escribieron preocupados por si queríamos cancelar y mandarlo todo a hacer puñetas. A los dos días llamé a una buena amiga que me acompañó en todo el proceso y que está batallando por lo suyo (gracias, si me lees, te quiero mucho, nenis). Al lunes siguiente tuve que decírselo a la dentista y el viernes, a la profe de yoga, porque mis ovarios estaban aún que daban penica después de la estimulación. Luego, en el trabajo, a los que preguntaron: no se puede ser muy discreta en el curro con los tratamientos, controles día sí día no, permisos para la punción...y a dos amigos del alma en una piscina en un arranque de sinceridad.
Hasta la semana 12-13 no lo supo la familia muy cercana: suegra, hermanos. El resto de hecho aún no lo sabe, creo. Desde ahí, con quien nos hemos ido encontrando... pero tampoco nos apetece forzar las quedadas ni los mensajes o llamadas de "os tenemos que dar una noticia".
Por cierto, pienso en estar rodeada de preñadas y me sigue "asustando", veo las fotos de los catálogos y revistas (que no me compro ni de chiripa yo, pero la matrona me regaló algunas) de mujeres embarazadas con cara de "oh, me encanta mi estado, estoy tan divina" y me da la risa floja, y no tengo ganas de escuchar consejos, ni experiencias, ni vaticinios, ni de que las conversaciones giren en torno a mi preñamiento o ajenos, o bebés, o niños. Me agobio, ya está, ele. Del pollo me apetece hablar conmigo misma y con parejo, debo de ser muy tímida.
Retiro lo dicho: pásenme drogas de las duras, que ni el yoga cura lo mío.
Nota del autor: esta lista fue escrita con total inocencia, apenas un par de semanas antes del diagnóstico de infertilidad, cuando creía yo que quizá estaba un poco pallá y lo nuestro sería cosa de meses. Ay, alma de cántaro.
Pues nada, que de la lista la mitad de las cosas no las he hecho ni las pienso hacer. Parejo se enteró de que sería prepadre cuando volvía de sus clases de esgrima todo sudado y nos descargamos juntos el resultado de la beta del portal del paciente (romanticismo extremo, como pueden ver), no me he leído el libro tan chuli que debe estar en el altillo en alguna caja de plástico del Ikea bien protegido del polvo y tampoco ningún libro de preñamiento porque el famosísimo "What to expect when you are expecting" me aburre soberanamente y me puso de una mala leche supina con sus afirmaciones estúpidas sobre relajarse para preñarse (amos, no me j...). A yoga resulta que ya iba de antes (normal, con los disgustos de hace un par de años era eso o chutarme trankimazines y, aunque no lo parezca, no soy nada dada a las drogas duras), lo de hacerme un álbum de fotos preñatis me da hasta pavor y las camisetas de rayas que tenía las jubilé y me da pereza ir de compras.
Así que solo estoy rindiendo en dos puntos: el escapismo y descojonarme viva. Como este sea siga siendo mi grado de cumplimiento del plan cuando nazca "el pollo" (sí, solo viene uno, nos hubiera encantado que fueran mellizos, cosas de la locura infértil, pero no pudo ser; no, no sabemos el sexo y le llamamos "el pollo" porque nos ha salido así la gracia y lo de polla nos suena un poco peor), la vamos a liar pardísima.
Lo de descojonarme viva es porque estoy más tranquila que nunca y claro, me río por todo y todo el tiempo. Lo del escapismo, pues no sé de dónde viene, ni pajolera idea: yo pensaba que después de tres años y medio esperando iba a estar deseosa y flipada de contárselo a todo el mundo y "presumir" y oye, pues no. No me apetece una mierder hablar de preñamiento ni niños ni bebés (la palabra bebé es que me pone medio nerviosa) con casi nadie y no porque no esté feliz, contenta, agradecida y flipando con la suerte que hemos tenido, sino a lo mejor por todo eso, porque lo siento muy íntimo, un espacio muy nuestro, de parejo y mío, y porque he aprendido que nunca jamás sabes la fibra que tocas a tu alrededor con el tema del preñamiento y que más vale ser prudente que pecar de cansina de las pelotas.
Y, en otro orden de cosas más normales, porque la gente es agorera que te cagas a más no poder y cuando me salen con chorradas y preocupaciones que yo veo completamente absurdas, como que si puedo o no comer jamón o que si he pensado en que no podremos ir al cine los miércoles, me dan ganas de contestarles que me la chufla todo y que no solo lo he pensado, sino que durante más de dos años, por eso de que el primer año y medio aún albergas esperanza, lo que pensaba es que nosotros nunca podríamos ser padres y que si lo éramos algún día sería después de un desgaste importante en salud y dinero y amor. Chúpate esa, a ver cómo me comparas situaciones. Me callo la mayoría de las veces, pero sí, para una infértil, comunicar el preñamiento suele ir acompañado de hablar de infertilidad.
Que si ha sido buscado, me preguntan. Me troncho.
Siempre pensé que lo diría tarde, pero no imaginé que tanta gente y tan inesperada lo sabría tan pronto. Los amigos que nos cubrían para una escapada molonga de camping justo después de la beta (por si todo iba mal, le habíamos pedido a unos amigos que organizáramos un buen plan para no pasarnos un finde llorando y despejarnos), fueron los primeros en saberlo. Como a las 11 de la noche no habían tenido noticias nuestras, me escribieron preocupados por si queríamos cancelar y mandarlo todo a hacer puñetas. A los dos días llamé a una buena amiga que me acompañó en todo el proceso y que está batallando por lo suyo (gracias, si me lees, te quiero mucho, nenis). Al lunes siguiente tuve que decírselo a la dentista y el viernes, a la profe de yoga, porque mis ovarios estaban aún que daban penica después de la estimulación. Luego, en el trabajo, a los que preguntaron: no se puede ser muy discreta en el curro con los tratamientos, controles día sí día no, permisos para la punción...y a dos amigos del alma en una piscina en un arranque de sinceridad.
Hasta la semana 12-13 no lo supo la familia muy cercana: suegra, hermanos. El resto de hecho aún no lo sabe, creo. Desde ahí, con quien nos hemos ido encontrando... pero tampoco nos apetece forzar las quedadas ni los mensajes o llamadas de "os tenemos que dar una noticia".
Por cierto, pienso en estar rodeada de preñadas y me sigue "asustando", veo las fotos de los catálogos y revistas (que no me compro ni de chiripa yo, pero la matrona me regaló algunas) de mujeres embarazadas con cara de "oh, me encanta mi estado, estoy tan divina" y me da la risa floja, y no tengo ganas de escuchar consejos, ni experiencias, ni vaticinios, ni de que las conversaciones giren en torno a mi preñamiento o ajenos, o bebés, o niños. Me agobio, ya está, ele. Del pollo me apetece hablar conmigo misma y con parejo, debo de ser muy tímida.
Retiro lo dicho: pásenme drogas de las duras, que ni el yoga cura lo mío.
sábado, 16 de septiembre de 2017
Bye, bye, primer trimestre
Ya no confío en nada ni en nadie, he perdido la poca fe que me quedaba en la humanidad. Cuando vuelva a leer por ahí eso de que durante el primer trimestre las náuseas son muy comunes, voy a hacer como que me lo creo. Igualito que cuando la peña me contaba que se preñaba locamente, igualito.
My face de oh, sí, oh, claro...
Ahora que se supone que lo peor ha pasado y ando bien entrada en el segundo trimestre y las mujeres me quieren ceder el asiento en el bus (¿yaaaaaaaa?) y el charcutero y el frutero me preguntan si espero (como dice parejo: "¿qué esperas?", y yo sobre todo espero comeeeeeeeer), resumo a continuación mis síntomas del primer trimestre del preñamiento:
- Dolor y molestias de premenstrualidad profunda los primeros días, quizá las primeras tres semanas; pero de premenstrualidad segura, de esa de "buah, esta beta va a ser más negativa... si lo sabré yo, que soy una ceniza y nada me sale a la primera y la muerte, ira y destrucción definitivas están acechando a la vuelta de la esquina".
- Cansancio supremo, a cualquier hora, en cualquier lugar. De querer irte a dormir a las nueve de la tarde en pleno mes de julio. Del que misteriosamente desaparece en el mismo momento en el que te dan vacaciones. Mmm, tengo la ligera sospecha de que esto no era síntoma de preñamiento sino de otra cosa.
- Tirones cuando me río boca arriba (¿os he dicho ya que me río mucho últimamente?), a veces cuando estornudo y cuando hago la postura de la cobra en yoga. Específicamente.
- Meo más y hasta me he levantado a mear en mitad de la noche algún día. Claro que si considero que he bebido más aquarius (total, paná, que he leído en un estudio que eso de que favorece la implantación es una mandanga y yo me he hecho cuentas y a dos botellas por día durante 14 días, me he dejado en aquarius casi 45 pavos) y agua que en toda mi vida junta, a ver si lo de evacuarlo tampoco va a ser cosa del preñamiento.
- El ombligo parece un cráter. Meto el dedo gordo sin tener que separar las pielecillas, las pelusas han tenido que buscar un nuevo refugio. Pobres. Y tengo una barrigota que parece de 4 meses; me sorprendo preguntándome si ya estaba así de antes y no me di cuenta. Me preocupa. Creo que aquí la estimulación del tratamiento y las hormonas de más que llevo en el body tienen parte de culpa.
Y ya. Como dije, ¿ascos? ¿Náuseas? ¿Sensibilidad extrema? ¿Superolfato? ¿Lloreras, cambios de humor? Nasti de plasti. No he estado más estable en mi vida, andaré hormonada hasta las trancas pero oye, la dosis es consistente y todo bien. Por el momento.
Seguiremos informando.
jueves, 31 de agosto de 2017
La mañana en que me topé con un ángel
No
había reparado en la fecha hasta que vi los resultados por la noche. Había
vivido el tratamiento como si la cosa no fuera demasiado conmigo, total, lo que
quisiera que fuera a ocurrir estaba fuera de mi control y desde el albor de los
tiempos he sido una ceniza, pocas experiencias previas me hacían presentir un
éxito. Entonces, ¿para qué preocuparme en exceso?
Y mira
qué casualidad, aquella mañana me topé con un ángel. Saqué mi numerito de la
máquina después de meter el DNI y me sorprendió la cantidad de gente que tenía
por delante a pesar de haber llegado tan temprano. Agarré a J. de la mano y le
confesé que estaba un poco nerviosa. Cada vez que sonaba el ruido sordo que
indicaba un avance en la lista de pacientes a la espera, pegaba un brinco en el
asiento. Por fin, mi turno. Entré sola a
la zona de extracciones.
- ¿Vienes a hacerte una beta, verdad? – me preguntó la enfermera después
de confirmar mi nombre y apellidos.
Me
derrumbé. Todo lo que no me había derrumbado en los casi dos meses anteriores mientras
me tomaba pastillas al principio y me pinchaba cada día, a las once en punto de
la noche, después. No articulaba palabra. Fue escuchar “beta” en
boca de otra persona y romper a llorar, sin explicación aparente, sin saber qué
coño hacer en medio de esa fila fría de personas abriendo y cerrando las manos
mientras se llenaban, con disciplina, los botecitos de sangre.
- Sí- acerté a decir. Y no podía parar de llorar, discretamente, sin
escándalos, haciendo lo posible por retener la presión acumulada desde la
primera noche en que las inyecciones empezaron a picar en serio y ver a J.
preparando la medicación ya no me hacía tanta gracia – Perdóname, de verdad, es
que tengo hoy tengo muy mal día.
- Pero, ¿por esto? – dijo señalando la pantalla del ordenador donde se
leía el tipo de análisis que había que hacer y la mesa con el instrumental
preparado.
- Sí, por esto- solté un poco de aire y me froté los ojos- Es que no es
nada fácil.
Aunque
me lo había parecido, joder, me había parecido relativamente fácil. Había sido
capaz de pincharme sola, sin ayuda, sin casi quejarme, excepto una vez, solo
una, que iba pasillo arriba y pasillo abajo refunfuñando con los puños
apretados porque ya me sentía bastante hinchada y sensible y hasta las pelotas
y no me veía con fuerzas de empezar con la otra medicación y meterme dos
inyecciones para el cuerpo a diario. Apenas tuve efectos secundarios en la
estimulación, no me los quise permitir. Estuve tranquila en la punción, a pesar
de ser la primera anestesia general de mi vida y de despertarme muy angustiada
cuando me cambiaron de camilla, aún en el pequeño quirófano, antes de tiempo y
pensando que había un terremoto y que yo no podía salir del hospital porque estaba anestesiada y me iba
a morir allí. El propofol del que todo el mundo habla maravillas y yo con el
corazón a mil y un nudo enredado en la boca del estómago. Ese fue el único día
de bajón, la punción, cuando nos confirmaron que solo habían extraído seis a
pesar de que el médico veía buena evolución y apenas tres días antes había contado
unos catorce folículos de buen tamaño.
Parece ser que casi todos estaban vacíos, nunca lo supe a ciencia cierta, los
informes estaban incompletos y no se prodigaron demasiado en explicaciones. Tampoco
me quejé mucho de los dolores posteriores ni me decepcioné profundamente cuando
a la mañana siguiente, en la oficina, entré un momentito a ver el informe y
supe que de los seis, solo cuatro eran maduros, y de los cuatro, solo dos
habían fecundado y nos los jugábamos todo a una carta.
Lo
demás había ido rodado. Nos reímos juntos en la transferencia cuando nos tocó
cambiarnos y ponernos los gorros, las batas, las pantuflas, esas verde
hospital. Nos volvimos a reír cuando el médico nos confirmó que íbamos adelante
con los dos, que uno era A, muy bonito, y otro B. Muy bonito, dijo. Y ya no
sabíamos cuánto más reír cuando se asomó por el ventanuco el tipo del
laboratorio mientras yo estaba en el potro despatarrada y me llamó por mi nombre, para
corroborar que no había ningún error. Qué surrealismo todo. En menos de dos
minutos estaba hecho, la punta de la cánula brillando en el ecógrafo, mucha
suerte, y media hora escasa de reposo en la que comentamos lo genial que
hubiera sido que esto nos hubiera ocurrido en una noche loca en Ibiza.
Aquel
día volví a casa feliz como nunca. Le decía a J. que no importaba lo que pasara
después, que yo estaba preñada al menos por 24h y era estupendo. Se oía música
desde mi ventana, Decoracción en el barrio, yo perdí como manda la tradición el concurso de
balcones. El resto de la espera la llevé con dignidad. Ni una lágrima, sin
ansiedad exagerada, a veces el miedo de que, si no salía, habría que comenzar
de cero porque no teníamos ni un congelado. Y entonces sí me pesaban los
pinchazos de las once. En apenas una semana había perdido casi toda esperanza,
no sentía nada especial, mi cuerpo inerte se comportaba igual que en un ciclo
cualquiera. No quise hacerme ningún test de farmacia, anticipaba aterrorizada
un nuevo blanco nuclear: aguantaría hasta el día oficial, a última hora para
estar con J., cuando publicaran los resultados en la web del hospital, como quien
mira la última nota del examen de la carrera.
La
enfermera preparó los utensilios y me dio la mano, con suavidad, mientras en el
otro brazo me introducía la aguja y la sangré comenzó a brotar. Inspiré fuerte,
seguía llorando, y ella no soltó en ningún momento mi mano.
Cuando
terminó, le puso la pegatina al bote. Me miró con muchísima ternura y se
despidió:
- Yo, hoy, te voy a dar suerte.
domingo, 18 de junio de 2017
Ojalá
Yo antes me pintaba las uñas.
Ahora ya no. Ningún color me viene bien.
Ojalá hubieras llegado cuando las tardes eran largas y yo soñaba y me agobiaba por tonterías. Vivíamos en un pueblo pequeño, en una casa con dos plazas de garaje y una terraza grande en la que pegaba bien el sol, con orientación oeste, para ver atardecer. Salíamos a pasear al campo, alguna vez intenté correr. Íbamos a ver a los caballos y hablábamos mucho de ti. Teníamos un dormitorio con una cama, pintado de verde, y un despacho en el que las orquídeas siempre echaban flores. En el salón había una estantería llena de cuentos.
Los primos aún eran canijos y empalagosos, me llamaban "tialauri" todo junto. No me dolía no tener raíces. Estudiaba por gusto y se me daba muy, muy bien. Pensábamos en ahorrar para permitirnos ciertas cosas cuando estuvieras aquí. Discutíamos por dónde pasar las fiestas de Navidad. Me encantaba ir a ver tiendas de juguetes de madera. Vivía con intensidad los primeros embarazos del grupo de amigos, lloraba cuando llegaba a casa y le daba la turra a parejo, pero también me hacía ilusión saber y pensaba que pronto tú también serías.
Una tarde me puse muy triste y le escribí a parejo un email. Le dije que me perdonara, que es que quería mucho que te acurrucaras entre nosotros en el sofá. Y que me aterraba la idea de que no pudiéramos tenerte. Creía que era una de las peores noticias que podían darme, porque cuando era chiquitita a veces contaba hasta cinco y pensaba "si no me da tiempo a doblar los calcetines antes de terminar de contar, es que no voy a tener hijos". Y no siempre era tan hábil.
Cinco meses después nos dijeron que seguramente no vendrías a menos que pasáramos por complicados tratamientos. Nos acabábamos de mudar a un barrio céntrico, ya no teníamos ni terraza ni siquiera sofá, y nunca saqué los cuentos de su caja. Me despertaba llorando casi todas las mañanas. Me miraba en el espejo y me ponía a llorar. Así un año entero.
Ahora voy mucho al cine, si puedo, cada miércoles. Nos tocaban todos los sorteos y nos pasábamos la vida en el Lara. Salimos a menudo a tomar un vermú o a cenar japonés. Hemos puesto Netflix, vemos series antiguas y cojo películas de la biblioteca. Dejé de estudiar. Tengo un trabajo con más responsabilidad y en el que viajo más lejos, que me llena regular y me absorbe demasiado. Probé con el teatro, pero me removía por dentro y no pude. Los viernes por la tarde son para mí: voy a yoga y a última hora hago un dulce casero. Estoy volviendo a leer de noche en la cama. Hay días en los que improvisamos y salimos temprano de casa y nos dan las mil por ahí. Aún vienen algunos amigos a jugar juegos de mesa y pedimos pizza y nos reímos.
He reconstruido una vida sin ti. Temo que no quieras venir porque pienses que no encajas. Ya ves, todo por contar demasiado rápido de niña.
Ojalá hubieras llegado cuando aún me pintaba las uñas.
Ahora ya no. Ningún color me viene bien.
Ojalá hubieras llegado cuando las tardes eran largas y yo soñaba y me agobiaba por tonterías. Vivíamos en un pueblo pequeño, en una casa con dos plazas de garaje y una terraza grande en la que pegaba bien el sol, con orientación oeste, para ver atardecer. Salíamos a pasear al campo, alguna vez intenté correr. Íbamos a ver a los caballos y hablábamos mucho de ti. Teníamos un dormitorio con una cama, pintado de verde, y un despacho en el que las orquídeas siempre echaban flores. En el salón había una estantería llena de cuentos.
Los primos aún eran canijos y empalagosos, me llamaban "tialauri" todo junto. No me dolía no tener raíces. Estudiaba por gusto y se me daba muy, muy bien. Pensábamos en ahorrar para permitirnos ciertas cosas cuando estuvieras aquí. Discutíamos por dónde pasar las fiestas de Navidad. Me encantaba ir a ver tiendas de juguetes de madera. Vivía con intensidad los primeros embarazos del grupo de amigos, lloraba cuando llegaba a casa y le daba la turra a parejo, pero también me hacía ilusión saber y pensaba que pronto tú también serías.
Una tarde me puse muy triste y le escribí a parejo un email. Le dije que me perdonara, que es que quería mucho que te acurrucaras entre nosotros en el sofá. Y que me aterraba la idea de que no pudiéramos tenerte. Creía que era una de las peores noticias que podían darme, porque cuando era chiquitita a veces contaba hasta cinco y pensaba "si no me da tiempo a doblar los calcetines antes de terminar de contar, es que no voy a tener hijos". Y no siempre era tan hábil.
Cinco meses después nos dijeron que seguramente no vendrías a menos que pasáramos por complicados tratamientos. Nos acabábamos de mudar a un barrio céntrico, ya no teníamos ni terraza ni siquiera sofá, y nunca saqué los cuentos de su caja. Me despertaba llorando casi todas las mañanas. Me miraba en el espejo y me ponía a llorar. Así un año entero.
Ahora voy mucho al cine, si puedo, cada miércoles. Nos tocaban todos los sorteos y nos pasábamos la vida en el Lara. Salimos a menudo a tomar un vermú o a cenar japonés. Hemos puesto Netflix, vemos series antiguas y cojo películas de la biblioteca. Dejé de estudiar. Tengo un trabajo con más responsabilidad y en el que viajo más lejos, que me llena regular y me absorbe demasiado. Probé con el teatro, pero me removía por dentro y no pude. Los viernes por la tarde son para mí: voy a yoga y a última hora hago un dulce casero. Estoy volviendo a leer de noche en la cama. Hay días en los que improvisamos y salimos temprano de casa y nos dan las mil por ahí. Aún vienen algunos amigos a jugar juegos de mesa y pedimos pizza y nos reímos.
He reconstruido una vida sin ti. Temo que no quieras venir porque pienses que no encajas. Ya ves, todo por contar demasiado rápido de niña.
Ojalá hubieras llegado cuando aún me pintaba las uñas.
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