lunes, 3 de abril de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte I)

De los creadores de 10 cosas hipster que puedo seguir haciendo porque no me preño y 10 cosas hipster que pienso hacer cuando me quede preñada, llega una nueva y esperadísima entrega: 10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida.

Sé que no podíais esperar, así que allá voy, sin más dilación. Como el post se me ha hecho un poco largo porque tenía mucho que contar y he llorado como una cabrona mientras lo escribía, no me ha quedado más remedio que sacarlo en dos partes. A continuación, las 5 primeras cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida:

1. Los "bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?, te tocan los bolondongos de forma muy particular.

Aquí tengo que reconocer que ya me los tocaban de antes, porque es que esto de toda la vida me ha parecido muy básico: veamos, si una pareja no tiene hijos es a) porque no quiere o b) porque no puede, y en ninguno de los dos casos entiendo yo que tengan que estar dando explicaciones a diestro y siniestro sobre un tema tan íntimo, aunque es cierto que cuando todavía era cándida e ingenua, el cotilleo ajeno no me resultaba tan desagradable. Y como dice parejo, en definitiva, aquí entra en juego la suegra y su impagable labor social de meter prisa para la conservación de la especie. Pero vamos, que somos todos mayorcitos y sabemos la teoría de cómo se hacen los churumbeles, por tanto si quiere usted sacar un tema de conversación por matar el tiempo, encarecidamente le recomiendo que mejor comente sobre la evolución del PIB en los países de la antigua Yugoslavia, por mencionar un sencillo ejemplo. 

Asimismo, se ruega eliminen de sus conversaciones cualquier referencia a las criaturas que usted asume que están por venir, especialmente las del tipo amenazante: "uy, claro, cuando tengas hijos tú ya verás..." o los increíbles: "se os va a pasar el arroz, claro, como ahora la juventud es tan egoísta" y “ a ver si es que no vais a servir”. Atiende. 

Puede parecer una queja exagerada (que lo es, al fin y al cabo idiotas e imprudentes hay en todos lados, y bueno, al final resulta que de algo hay que hablar en este mundo), pero si contara la de veces que me he visto en situaciones verdaderamente incómodas tendría para escribir no un post, sino un libro. Desde las personas cercanas que no se dan enteradas con una evasiva seca: "nosotros, de momento, no" y siguen metiendo el dedo en la llaga: "pero, ¿por qué? ¿Es que os da miedo, verdad? ¿Es que tienes mucho curro?" y hasta que no rompes en llanto no paran "mira, no, es que no podemos" y luego, no te lo pierdas, para colmo se incomodan con tu respuesta, leñe, no haber preguntado, hasta los amigos o cuasicompletos desconocidos que sacan a relucir tu vida reproductiva en el curro, en un cumpleaños y en el tanatorio si se tercia. Hasta cuatro veces. Y es que cualquier ocasión es bienvenida. Ahora, no en un momento de conversación a corazón abierto sobre lo humano y lo divino, no, a bocajarro y sin venir a cuento anytime, anywhere. Plas, plas, aplausos.





Lo mejor, ante la presión ajena, cuando ya dices "mecagüentó, estoy ya hasta ahí mismo y a este metomentodo le voy a soltar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad" y recibes respuestas maravillosas. Lo que me lleva al punto 2.



2. Por desgracia, sé más de infertilidad de lo que me gustaría saber. Y muy posiblemente, sé mucho más que tú.

Pero gracias por los consejos no pedidos y el resto de preguntas incómodas. Nombraré solo alguna de las más repetidas, pero el abanico es amplio y variopinto. Aviso a navegantes, nunca sabes por dónde te van a salir, así que no intentes estar preparado, mejor reacciona sobre la marcha. Aquí la improvisación es clave:

·         ¿Y quién de los dos tiene un problema?: verídico, gente con la que apenas has intercambiado unas palabras y a las que has intentado espantar a base de firmes y cortas respuestas, se esconden detrás del visillo, asoman media cara arrugando la nariz y aprovechan el jugoso momento para continuar satisfaciendo su curiosidad. Ojo, no es solo cosa del español medio, por si creían ustedes que esto del cotilleo es menester patrio; esto te puede ocurrir en cualquier lugar del mundo. Como contestar a tal impertinencia con un: “¿acaso le importa?” puede romper importantes acuerdos locales e internacionales, yo opto por la vía del medio y respondo: “pues los dos, señor, los dos tenemos un problema” y que entiendan lo que les dé la gana. Libre interpretación.

·         No te preocupes, puedes adoptar: pfffffffff, ¿qué decir? Esta es una de las respuestas que más me cabrean, es que me llevan los demonios. Creo que en alguna ocasión no he podido contenerme y he soltado a bocajarro: “usted también”. Sí, sé que es una idea descabellada en la mente de muchos, ¿se imaginan?, aunque una persona/pareja pueda tener hijos biológicos, también puede adoptar. Pensamiento subversivo, ¿eh? Gracias por poner sobre la mesa una alternativa tan innovadora, no se me había ocurrido, a mí, que siempre he considerado la adopción como una vía más hacia la maternidad, que desde muy joven he pensado que algún día me lanzaría a tener un hijo adoptivo y que, desde mucho antes de intentar tener hijos biológicos, me he informado sobre el proceso de adopción y conozco la teoría de los pasos, requisitos, procesos y problemática específica a la que puede enfrentarse una familia con miembros adoptivos. También podemos hablar sobre la acogida, de urgencia, temporal, permanente, programas de verano, lo que prefieran. Ya que nos ponemos… ¿Tan difícil es entender que el duelo por la infertilidad es independiente de la posibilidad de la maternidad adoptiva? ¿Tan loco es callar antes de hablar sobre un tema del que no se tiene ni idea?

·         Pues yo conozco a alguien que tampoco podían y chica, después de 4 tratamientos al final se quedaron de forma natural: ya, y yo conozco a uno que le tocó la lotería y no por ello te aconsejo que eches la primitiva y te tranquilices si no encuentras trabajo. No soy tonta, en la infertilidad en pocos casos hay imposibles, pero sí harto improbables. Me alegro por tu amigo. Por cierto, el mensaje implícito no me gusta un pelo, ¿o solo yo entiendo que en el fondo me estás queriendo decir que soy idiota perdida por plantearme un tratamiento de reproducción asistida?

·         A lo mejor lo que necesitas es relajarte: alma de cántaro, que van tres años… Además, quédese tranquilo, que en este tiempo por suerte hemos podido disfrutar de bastantes vacaciones: Berlín, Mallorca, La Palma, Marruecos (dos veces), Suiza, Menorca, Japón, costa peninsular (Valencia, Cádiz, Málaga), aventuras en los mares, Bulgaria… Y no, no ha habido preñamiento. Es absolutamente amazing.

·         Bueno, si no puedes tener hijos, tampoco pasa nada, siempre puedes encontrar otros proyectos: ¿de verdad? Gracias, mil gracias, mi vida es vacía y miserable sin niños, está claro que tendré que buscar alguna alternativa.

·         No te quejes, peor están los refugiados sirios: esta tampoco me la he inventado, es de verdad verdadera. Lo bueno, es que vale para consolar cualquier cuita. Hemos hallado el comodín definitivo.





3. Me he vuelto más reservada. 

Estoy cansada de escuchar mi runrun interno, cansada de aburrir con él al parejo, escarmentada de las ocasiones en las que he compartido lo que ocurre mi entorno más cercano y también en el más lejano. Prefiero callarme y no hablar de nada que tenga que ver con la no-maternidad o la maternidad, reprimirme y acorazar mi muro. No quiero seguir llorando a menudo. Desde el primer año de altibajos en la búsqueda a la aceptación de que no tengo absolutamente ningún control sobre lo que esté por pasar y que, desde luego, con casi total probabilidad tenga que despedirme de la familia numerosa que soñé, he llorado demasiado y he destruido demasiado. Me aburro yo misma y siento que aburro a los que están a mi alrededor, me cuesta abstraerme de la infertilidad, me siento infértil 24 horas al día, pienso en ello a menudo y situaciones muy cotidianas me lo recuerdan a diario, pero me lo guardo para mí y comparto muy poco mis sentimientos. 

No he encontrado una forma mejor de protegerme ni de proteger a lo que más quiero, al parejo.


4. El mundo ha cambiado para mí.

Cuando me acuerdo de todas las cosas que hacía antes, con las que me ilusionaba antes, no me reconozco. Solo hace 3 años yo era capaz de desempeñar un trabajo cualificado y muy exigente, estudiar una segunda carrera que me apasionaba, planificar y ejercer de ayudanta en la reforma integral de un piso y cultivar un número no despreciable de aficiones activas: escribir, fotografiar, aprender idiomas, viajar, soñar despierta. Podía y me gustaba tener muchos frentes abiertos, era inquieta, me interesaba casi cualquier tema. Y de repente, apenas me veo con fuerzas de llevar una vida ordenada y cumplir con lo que para mí son unos mínimos. Mi energía ha desparecido. 

Hay ciertos pasatiempos que he preferido aparcar por mi salud mental, como coleccionar cuentos ilustrados. Ya nunca me paro en la sección infantil de Ikea ni me detengo en escaparate ninguno con ropa de bebé. Interesarme por las maternidades ajenas me duele mucho y no hacerlo, casi más; saber me enfrenta a lo que tal vez nunca sea y no querer saber me hace sentir muy culpable. Elegir un regalo para un sobrino o para el cumpleaños de uno de los hijos de mis "antes amigas" se ha convertido en un gesto sin doble significado. Recibir la noticia de un nuevo embarazo me provoca una mezcla de alegría amarga, indiferencia y ganas locas de salir a correr al Retiro (he de decir que aquí hemos progresado adecuadamente, ya no me pillo lloreras de órdago ni pongo a todo trapo la canción de "Wake me up when it's all over"). Estudiar Psicología del Desarrollo es un mero trámite científico. 

En resumen, en mi vida y, en especial, durante el primer año de búsqueda de preñamiento, todo era una extraña mezcla de ilusión y decepción inocentes, un mundo compuesto de dos capas: la de los acontecimientos que ocurren y los que están a punto de llegar. Los segundos ya no existen. No sé lo que me espera. 

Admiro profundamente a los que han sido capaz de verbalizar, escribir, declarar o visualizar un futuro que abarca un proyecto difícil, el que sea. Yo no puedo. No puedo verme ni declararme madre, no puedo vencer el miedo que es como un monstruo grande, amorfo y pegajoso que va lentamente ocupando cada recoveco. Tres años se me hacen demasiados y pueden ser muchos más, puede no llegar... quizá con suerte pueda ser madre una vez, no quiero ni pensar más allá, ¿qué habría después? ¿Otra vez en la casilla de salida? Si ya me siento exhausta... ¿cuántas veces tendré que volver a estar en el punto de partida? ¿Cuánto aguantará mi salud, nuestra economía, nuestras fuerzas, mi edad, mis ilusiones?

Lo que sí sé es que nada volverá a ser como antes...como dice la canción.

5. Hay emociones que ya no siento y otras que han regresado con fuerza.

Desde que la infertilidad me acompaña, no siento rabia. Nada, cero, caput, finito. Casi nunca, en ninguna situación, me cuesta muchísimo enfadarme y eso que yo he sido de un humor, ¿cómo definirlo?, gata pisada del rabo. Simplemente ha desaparecido, puf, se esfumó.

En su lugar han aparecido la culpa, la desesperanza y una tristeza lenta y profunda, oscura, pura, sin matices, que me ahoga, se mece tranquila y campa a sus anchas en mis entrañas, pesa, es densa, plomo líquido, sabe a metal. Ya nos conocemos, nos hemos acostumbrado la una a la otra, nos miramos a los ojos, nos desafiamos.

He pasado dos duelos muy intensos, pocas experiencias se me ocurren más brutales que ser huérfana a los 19 e infértil a los 29. Joder, cuantísimo duele escribirlo. Dos acontecimientos independientes, dos tormentas con rayos, truenos, centellas, con similares resultados, los despojos de un cuerpo naufragado en una playa desierta, y sin embargo de evolución tan diferente. Dos hechos separados por una década, dos noticias inesperadas, dos veces las palabras que apenas se tardan 30 segundos en pronunciar y cambiar un rumbo, dos ausencias que forjan ese carácter en el que no quiero estar más; una historia, la mía, marcada por las etapas que aún no tocan, los imposibles, nadando a contracorriente. Y no hay mejor o peor, de momento solo hay irreversible frente a incertidumbre. 

Pero la orfandad y la infertilidad se parecen en que es estar sin paraguas cuando llueve. 









jueves, 23 de marzo de 2017

Y tú, ¿por qué reciclas?

Domingo por la mañana, sol radiante en el centro de la granciudad, hemos dejado atrás los dos primeros meses de 2017 y me he dado por revisar los propósitos del año. Desastre. Uno de ellos reza: "leer más ficción", lo que en principio es fácil porque básicamente mi vida apenas me da para leer en mis escasas vacaciones. Así que "más" podría traducirse en un miserable libro.

- Nenis, esto no puede seguir así. Lo del deporte dos días a la semana se te perdona, que eso es claramente específico y concreto, normal que te dé pereza. Ahora que lo de leer más ficción no tiene excusa, chata. Vete a la biblioteca y así de paso te das una vuelta por el Retiro, que siempre sienta bien - me recomienda con sabiduría mi conciencia. 

- Vaaaaaale - le contesta fastidiada mi inconsciencia.

- Y llévate el cartón cuando salgas, ya que estás - me recuerda el parejo. 

Ele, el cartón de los bolondongos. Las cajas de Amazon y de sufrutamadre, pesar, no pesan, pero y lo que odio ir haciendo equilibrios por la calle con las cajas de las narices. Que sí, que podría plegarlas en casa antes de salir, aunque no está el suelo defectuoso que nos dejaron los mamonazos de la obra como para andar pegando saltos sin control, que a mí el cartón me gusta destrozarlo a leches antes de meterlo en el contenedor de reciclaje, qué pasa, hay que descargar por algún lado. 

- Oye, y tú, ¿por qué reciclas?- oigo una voz a mis espaldas. 

Dejo de saltar sobre la caja sorprendida, me doy media vuelta y me encuentro a un individuo de extraño aspecto con un vaso de Starbucks en la mano. Hago como que el tema no va conmigo, doblo la caja con indiferencia y la introduzco en el hueco del contenedor. 

- ¿Eres de las que recicla por convicción o una de esas tipas que solamente hace el paripé y así lavas tu conciencia pensando que estás haciendo algo por detener el calentamiento global? - insiste con fuerte acento argentino mientras le da un sorbo largo a su café y me desafía con la mirada- Yo es que trabajo en el quiosco de aquí al lado, ¿sabes?

- Ajá- salto sobre la siguiente caja, con más mala leche que la anterior. 

- Entonces, ¿qué? - saca la mano que no sostiene el vaso del bolsillo de su cazadora vaquera y hace un gesto de impaciencia. 

Joder, cómo está el patio. Me agacho, recojo la caja que acabo de aplastar del suelo y sigo mi ritual con parsimonia. 

- Pues mira no, yo es que reciclo porque mi marido me obliga- le contesto. Hala, con un par. Me observa con incredulidad, parece que ya se va dando cuenta que estoy un poco pa' allá. Empiezo a saltar con furia sobre la última caja y me vengo muy arriba- Sí, sí, mi marido, ¿sabes? Que si por mí fuera, le iban a dar mucho por saco al reciclaje y al calentamiento global y a las pamplinas. A tomar viento, si por mí fuera, yo es que lo tiraba todo al mismo lado y punto, ni cartón, ni vidrio ni leches que te crió. Todo junto y a la mierda.

Tiro la última caja y me sacudo las manos. Me dirijo a él y levanto la barbilla en plan chulita antes de seguir calle abajo. 

- ¿Ves? - le oigo gritar a mis espaldas- Si por algo digo yo que se está mejor solo.

Chatungos, mi vida en la granciudad es puro surrealismo.



martes, 14 de marzo de 2017

Marejada

Alrededores del 11 de marzo de 2014. Bar Vacaciones, calle Espíritu Santo, Malasaña. Reunión de compañeros de máster, Raquel celebra los 32. Llegamos un poco antes de lo previsto, se nos ha dado bien aparcar. En la entrada nos encontramos con una pareja, damos por hecho que somos los primeros en aparecer y nos ponemos a hablar.

Mi memoria es auditiva, los hechos pasados se reproducen como si alguien me contara un cuento, con una sola excepción: la ropa, la mía, soy capaz de visualizar con nitidez qué prendas llevaba en un día concreto. Quizá sea ese el motivo por el que me cueste tanto hacer limpieza de armario. Sin embargo, ni un recuerdo de lo que llevaba puesto en aquel momento. En cambio, sí veo la camiseta blanca de rayas negras horizontales de ella, la barriga incipiente, el abrazo de él, y la esperada pregunta:

- Bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?

Parejo me mira y sonríe. Desde hace largo tiempo es un tema recurrente en nuestras conversaciones. En realidad siempre ha estado ahí, la maternidad en mi vida es el ruido de las olas en una ciudad costera. Psssss, pssss... una cadencia rítmica con la que convivo a diario, que me mece en sueños, a veces temporal, a veces marea baja. Las épocas de marejada se suceden con mayor frecuencia, rompen las olas enfurecidas en el muro que he ido construyendo a medida. 

- Nosotros, para mi cumpleaños - resuelve. Me coge la mano.

Abril, su cumpleaños. Fisura en el rompeolas, la presión se descarga al otro lado, son todo fugas. Me tiemblan las piernas.



Han pasado tres años. 

Uno: risas, esperanzas, planes, ilusiones. Vaivenes previstos, bendita inocencia. La misma mano que cogía la mía, ahora me acaricia con el dorso la mejilla, borra con delicadeza el rastro de un llanto silencioso.

- No estés triste- susurra. 

Dos: discusiones, incredulidad, miedo, incertidumbre. Un vendaval con ínfulas de huracanado. Nuestros cuerpos, desechos, abrazados en el sofá nuevo, dirimiendo quién se quedará con las gatas. Estoy triste, muy triste, todo el tiempo. 

- Me quedo- declara.

Tres: sosiego, silencios, espacio, penumbra. Empiezo a perder la cuenta de las ilusiones que me he dejado en el camino. Estoy cansada, irritable, me cuesta encontrar la perspectiva. La vida ha seguido su curso, soy yo la que he me detenido. Me siento pequeña, endeble, incapaz, terriblemente sola y perdida. No soy más sabia, solo tengo más canas; mi defectuosa genética se ha esforzado por ir completando lo que empezó a los tiernos veinticuatro. 

Ya no escucho el ruido de las olas en mi ciudad particular, es duro vivir en el interior cuando te has acostumbrado a la costa. 

Creo que he insonorizado el muro. 




lunes, 6 de marzo de 2017

La Boheme

Yo era carne de adosado, jardín con adelfas y tardes de verano impregnadas en olor a crema solar en la piscina, monovolumen con espacio para tres sillitas, sábados de 3x2 en Carrefour. Boda de blanco impoluto y cabeza coronada de azahar, luna de miel en isla paradisíaca, cuna arrimada a la cama de matrimonio, domingos de sobremesa en casa de la suegra. 

Ni en el mejor de los guiones alternativos me había imaginado yo que mi vida a los treinta iba a transcurrir en un barrio céntrico en la granciudad, ese espacio compuesto por apenas la decena de calles que transito habitualmente, amurallado como si de fosos se tratasen por las arterias que delimitan sus dominios: a un lado, casa; al otro lado, territorio comanche. Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, Jacinto Benavente y Carretas. Vuelta a empezar. 




Bullicio y desorden de coches y viandantes que esconden en su interior calles estrechas e inusitadamente vacías en su mayoría, con la honrosa excepción de Huertas, esa sí, que aparece en todas las guías. Por lo demás, auténtica rutina de pueblo en plena urbe salpicada de momentos surrealistas de los que me hacen sonreír por dentro: el peluquero que finge como que recuerda mi nombre y me peina a ritmo de grandes divas del soul; el portero que siempre, siempre, está en la cafetería Cervantes en la terraza tomando algo, nunca me fijo el qué, haga frío o calor o caigan chuzos de punta; el hermano perezoso del churrero, todas las mañanas sin faltar ni una apostado en el lado de los pares fumando tranquilo un cigarrito mientras su hermano suda la gota gorda; el óptico que me sonríe y me pregunta cómo estoy de verdad, esperando respuesta, y que yo sé que me lee en la sombra; la señora de la cristalería Venegas, que me agarra el brazo mientras me habla como si fuera una vieja conocida y me aconseja qué marco ponerle al cuadro del ganso que me regaló el parejo, y yo que no le hago ni caso y voy por libre, y después me cuentan el cachondeo que han tenido en el taller porque "no te vamos a engañar, es que vaya marco más raro has elegido, demasiada enjundia para un ganso a fin de cuentas, aunque al final tenemos que admitir que ha quedado precioso"; el camarero de El Alambique que nada más vernos entrar recita de carrerilla eso de dos somontanos, berenjenas con salmorejo y pollo al curry, a ver si queda sitio al fondo de la barra que sé que os gusta.



Quién me iba a decir que encontraría el sosiego en el barrio, Cortes, de las Letras, de las Musas, La Boheme, la boheme... paisaje urbano que me era tan ajeno y hostil, tan lejos de la calma chicha de las urbanizaciones cerradas con columpios para niños y dos plazas de garaje por vivienda. 





A veces siento nostalgia de lo que pudo ser y no fue y echo de menos el aroma de las adelfas y sobre todo, la cuna arrimada. Se me pasa pronto. Y es que las malas épocas en la granciudad, lo son menos.

Gracias, Madrid, barrio, mi barrio, por todo lo que me has dado. No tengo vidas para devolvértelo. 

jueves, 10 de noviembre de 2016

De repente

Ando un poco preocupada: Monica y Chandler se van a casar. Y ya me huelo lo que viene después.



Que estaréis pensando: "pues vaya descubrimiento". I know. Pero es que yo no he visto nada de las cosas míticas que se supone que uno tiene que estar viendo entre, digamos, los 8 y los 14 años, y no había visto Friends hasta ahora que me he enchufado Netflix en casa. Verídico. Lo único que me sabía de memoria de la serie era la canción del comienzo porque la aprendí en clase de inglés en el instituto.

So no one told you life was gonna be this way...tiquitiquitiquití.

Y ando enganchadita perdida. La quinta y sexta temporada me han hecho reír a carcajadas, aunque ahora Monica con tanta idiotez por la boda y tanto "Chandler, you are so sweeeeeet" se me está empezando a atrangantar. Rancia que es una. 

Por cierto, que Chandler se pone muy pancetas y se desmejora que da gusto con el paso de la serie. En algunos momentos me recuerda a Elvis en sus peores tiempos. Pobrete, algo pocho le pasaría, porque tiene como cara de estar chutado de antidepresivos o peor.

Aparte del tardío descubrimiento televisivo y las tardes de risas, Friends me está haciendo darme cuenta de lo viejuna que estoy, de cómo siento que me han caído 20 años de repente, de cómo se me ha escapado la primera juventud y la inocencia tan bonita que tenía yo a los 26. Cuánto lo echo de menos, es la mejor edad del mundo, la vida debería congelarse a los 26. Es algo que ya me llevo un tiempo rumiando, supongo que simplemente estoy en las últimas fases de salir a la superficie después de una temporada en las profundidades y la vuelta será apoteósica. Tengo como nostalgia permanente, pena por las cosas que no han sido. No sé cómo explicarlo muy bien. Bueno, sí, lo que pasa es que he empezado el post hablando de Friends y ya me he venido abajo para contar mis penas y me apetece más hacerme alguna otra pregunta existencial sobre los personajes. Veamos:

  • ¿Por qué Rachel sale casi siempre empitonada? Esos pezoncillos...¿o era el fashion style de los 90?
  • ¿Qué es de los trillizos de Phoebe? ¿Por qué es tan evidente que Phoebe es mayor que los demás?
  • ¿Por qué a Rachel y a Monica les crece el pelo al principio de la temporada 6? ¿Fue ese el comienzo de la moda de las extensiones? Comparen con la imagen anterior y juzguen por ustedes mismos. ¿Se trata de una estratagema de los directores para taparle los pezoncillos?

  • Hay un momento en el que Ross tiene #pelazo, ¿verdad? No sé, es que lo veo y me suena como música del Partido Popular de fondo: tinín, tinín, tininininini...


Por favor, que a nadie se le ocurra espoilearme el final de la historia. Todo a punta a embarazo a la vista. No hace falta ni confirmar, ¿verdad?