lunes, 27 de noviembre de 2017

Por qué siento que hablar sobre infertilidad no ha servido de nada

Ando mari intensita, intentando filtrar y centrarme en lo que importa. Habrá quien salte enseguida con el manido "eso son las hormonas", que por cierto, hala, ya lo suelto, me toca bastante la moral porque que yo sepa no he perdido ni el juicio ni el discernimiento, solo estoy preñada. Que sí, habrá mujeres que lo acusen especialmente y habrá las que no, pero en ninguno de los dos casos me he vuelto en de repente una lerder total. No más que antes, me refiero.


El asunto es que desde hace unas semanas, a raíz de un par de comentarios tremendamente desafortunados de dos personas que conocen los pormenores de mi tratamiento de fertilidad, me llevo preguntando para qué me ha servido contar que estábamos teniendo problemas para conseguir un embarazo y/o contar que pollito es fruto de una FIV.









Y la conclusión es: en general, absolutamente para nada. Como mucho, para desahogo propio en alguna conversación que se estaba yendo de madre.

Nunca he ocultado mis problemas si la persona que tenía en frente metía el dedo en la llaga, por desconocimiento o mala leche. Que hay mucho de los dos. Algunas veces he necesitado desahogarme o he tenido un día horribilis, y proactivamente he decidido explicar que no estaba pasando una buena racha y los motivos. Ahora que estoy embarazada, con bastante naturalidad, lo vamos comentando si surge la ocasión. Con la idea de concienciar un poco o por si alguien al otro lado está en una situación jodida y puedo ayudar en algo.

¿Ha cambiado algo en mi entorno? Rotundamente no. Los que hacían comentarios desafortunados o ignoraron totalmente nuestra historia, lo siguen haciendo: hablan de hermanitos (aquí se me corta hasta la respiración del susto), relajaciones, "nunca se sabe", "eres joven", "es que ahora lo queréis tener todo y queréis los hijos muy tarde", adopciones, "pues yo conozco a alguien que..." y demases. Creo que unas clases de estadística básica sufragadas por el gobierno a modo de refresco a la población no estarían mal.  

O lo peor, también te puede tocar el experto en frivolidades relacionadas con los procesos de reproducción asistida, y sin filtro, se explaye contigo con temas como la elección de sexo o de fecha para someterse al tratamiento en función de cuándo quieres parir. Esto ya no sé ni cómo clasificarlo, porque si vamos a sacar estudios sociológicos viendo telecinco en prime time, pues vale. Los hay que ignoran completamente que un tratamiento es un chute hormonal serio, muchas noches previas de angustia, una anestesia general de por medio y una desanestesia emocional que se inicia en el mismo momento en el que descubres que eso que les pasa a los demás, a ti no. Que los resultados a la primera son los menos y que sí, la hay, hay quien abandona la carrera porque ya no le queda salud, o fuerzas, o dinero o ninguna de las tres.

Ah, y no falta quien hace bromas de mal gusto sobre otros delante de ti: "se le va a pasar el arroz", "es que no vale para tener hijos", "a ver si es que van a necesitar una ayuda, jurjurjur"... o sin pudor ninguno menosprecian a las parejas sin hijos, que te dejan pensando de qué irá exactamente la conversación cuando abandones la mesa, si hay huevos a pirarte, claro. O los que directamente se frotan con fruición por el arco del triunfo tus tres años largos de búsqueda y sufrimiento, tocar fondo y levantarte una vez y otra y otra como podías; ellos pretenden borrarlos de un plumazo y ahora te consideran parte de una especie de club honorable de rango superior, porque ahora sí, ahora sí que vas a ser madre. Lo de antes no era nada.

Por suerte, aquellos que ya eran comprensivos y respetuosos previamente, lo siguen siendo ahora. Los que no sabían nada previamente, pero eran comprensivos y respetuosos en general, lo han sido ahora. Se agradece mogollón.

Y chimpún. La verdad es que no sé qué esperaba.

Así que si volviera back in time y pudiera darle un consejo a la pipiola que era yo con 29 años sobre esto de la infertilidad, le diría que como con cualquier tema espinoso de los que hacen pupa en el alma, tuviera mucho cuidado de a quién dice qué y seleccionara muy bien sus apoyos e intentara contenerse y disimular para con el resto. Que no actuara de forma tan inocente ni se expusiera innecesariamente, que se protegiera, que no buscara comprensión en quien no pudiera dársela y que procurara rebajar sus expectativas y cultivar el perdón, que los malos ratos se los va a pasar ella y no merecen la pena.

La vida era esto de aprender a toro pasado o ser reincidente, y yo voy repartiendo fifty-fifty.









martes, 21 de noviembre de 2017

Oda al segundo trimestre o de cómo supongo que lo peor está aún por venir

No he tenido que hacer nada especial para plantarme al final del segundo trimestre. Esto del preñamiento es lo más, mi cuerpo gesta haga lo que haga o piense lo que piense. La bomba. 

Después de tres años y medio de búsqueda, un diágnostico feo y un éxito inesperado en nuestra primera FIV (me gusta repetir estos tiempos porque para mí son relevantes, aunque el resto del mundo les quite importancia y se siga incomodando si desvelo el origen del abultamiento en mi barriga... lo de contar la infertilidad y que no cambie nada ya os lo explico otro rato), pensaba que viviría el embarazo de forma diferente. Que me encantaría comprarme o leer mil libros sobre síntomas y sentimientos, que haría todas las cosas que se suponen que se tienen que hacer para disfrutar del preñamiento, concepto este de disfrutar el embarazo que, por cierto, no acabo de entender muy bien. Pues de momento, rien de rien: ni eco chorromil D, ni pilates para preñatis, ni camisetas de rayas, ni sesión de fotos prepadres. Y es que me ha tocado el papel de la amiga tocapelotas, a la que nunca le pasa nada, la que apenas tiene noticias que dar, la que no está teniendo mil dudas, la que no se identifica con ninguna tira cómica, con ninguna lista de síntomas usuales, con ningún vaivén hormonal. Ahora me toca jugar el papel de loca, para variar. 

Coñoya, siempre a contracorriente. 



Y es que en líneas generales, lo vivo todo normal, no noto nada reseñablemente distinto al margen de lo que se cuece en mi barriga. Repito, mi vida es normal. Excepto por lo de que me cedan el asiento en el metro. 

Pero como tenemos que rellenar hueco y, pensándolo bien, tambien me han pasado algunas cosillas y el segundo trimestre termina con una sensación un poco agridulce, os cuento mis síntomas rarunos, mis avances y mis sorpresas de esta etapa, que para algo tengo un blog de sin interés.

1. Síntomas

Mmmmm, el más destacado, el hambre. Sobre todo al principio del segundo trimestre. Ahora ya está controlado, gensanta, menos mal, porque era la leche, un hambre acuciante, de "dónde esta mi comida, caguentó" brutal, de I want it all and I want it now incontrolable. Mi mayor preocupación era lo que había en la nevera, dónde íbamos a tomar algo si salíamos a pasear o a qué hora exacta me iba a dar el siguiente homenaje. No había conocido antes un hambre tan voraz y tan frecuente. Ojocuidao, intento comer muy sano, en casa casi no entran procesados, mucho fresco, mucha fruta y verdura, pescado, dulces y repostería siempre caseros (menos las tartas del Mur, ok, ahí me habéis pillado) y cuando me toca comer fuera, me controlo e intento escoger bien.

Desde la semana 18-19 son evidentes los movimientos del pollito. El día de la eco de las 20 fue el primero en que lo noté desde fuera. Por cierto, en la eco todo estupendo.

Ahora bien, superpoderes, ninguno. En serio, ¿dónde está el pelo maravilloso, la piel resplandeciente, el olfato hiperdesarrollado, el halo de misticismo y carisma que acompaña a cualquier preñada que se precie? ¿Dónde? Que me pase (o me venda, pago por ello) alguna si les sobran, porque aquí no ha llegado ni gota. Lo dicho, todo inusitadamente normal. 

Same story con las hormonas. ¿Cambios de humor repentinos? ¿Ein? De eso tampoco ni pizca, insisto, no he estado más estable, cuerda y menos sensiblona en mi vida. Drama tiende a cero. Que hay drama, no nos engañemos, pero mínimo, con lo que yo he sido, por dior. Estuve tristona unos días en octubre porque echaba de menos a mi madre (falleció hace 14 años y ya ves, me dio por pensar que me gustaría que estuviera aquí y que me cuidara un poco y me hiciera sentir arropada y que me viera embarazada y hasta que conociera a nuestro peque, pero no considero que esto sea fruto del embarazo, me parece un pensamiento de lo más habitual dadas las circunstancias) y porque caí en la cuenta de que no he cambiado un pañal en mi vida y no sé diferenciar un pelele de un pijama, con el riego que esto entraña, y me agobié un poco pensando que cómo iba yo a cuidar a pollito. Estas cosas se me pasan cuando miro a mi alrededor y pienso que a toda esa gente también la han gestado y parido y están aquí vivos y coleando. 
Bueno, reconozco que las dudas sobre mi capacidad maternal también están relacionados con la falta de apoyo familiar, pero esto ya os lo cuento otro rato, como lo de la infertilidad; vamos, que hoy no voy a tocar lo de criar en pareja sin tribu y conciliar y tal, que este post es de los alegres hasta casi el final.

Hey, no, que lo he meditado bien, tengo un superpoder, lo olvidaba, ¡yupi!: me sangra la nariz. Sí, sí, en el segundo trimestre me ha sangrado varias veces la nariz. La tensión está bien. Parece ser que no hay que preocuparse y que les ocurre a otras peñatis antiglamurosas como yo. 

Escatologías varias que se leen por ahí y asustan: todo como siempre, sin diferencias con respecto a antes. Sueño, genial, duermo como un lirón. Ardores, un par de días contados. 

2. Avances

Como os contaba, el pollito se mueve mucho y parejo lo notó por primera vez pocos días después de la eco de las 20. Por las noches sobre todo le va la marcha. Confío, ilusa, que le cambie el patrón cuando vea la luz del mundo. La tripa ya baila desde fuera y mola; de hecho me fijé porque una amiga me comentó que su compi de curro le había dicho que a ella ya le bailaba y estaba de menos semanas que yo, y me dio pelusa y me puse a observarlo. Este es el nivel, señores, este. Aunque me cuesta pillar al pollito en acción, se para en cuanto se siente observado y me hace quedar refatal. Pues empezamos bien.

Ya me empiezo a acostumbrar a medir el tiempo en semanas, bien por mí, y mantengo firmes mis dudas acerca de la frontera entre trimestres. En la búsqueda la vida pasaba en ciclos de 28 días y ahora son de 7. Es todo un complot para liarnos y hacernos parecer más lerder a las preñatis.

No sé cuánto peso, ni cuánto pesaba antes del embarazo. La matrona sustituta de mi matrona en la seguridad social (parece un acertijo, segundo capítulo de mi serie de catastróficas desdichas con la seguridad social) se enfadó por este tema y casi que me trató de desgraciada inconsciente con palabras mucho más bonicas y música celestial de fondo. Para colmo luego la tía no me pesó y yo me quedé con cara de WTF, para qué me das entonces esta charla. Mi báscula es una ful, creo que llevo entre 5 y 7 kilos, dependiendo de lo que considere como peso antes del embarazo, la ropa que me haya puesto y lo que le dé por ahí marcar a mi aparatejo del demonio. 

Seguimos sin saber el sexo de la criatura. No podemos dar la mayor noticia del segundo trimestre y tampoco ha aparecido una curiosidad extrema. Sigo pensando que es un niño y parejo sigue diciendo que niña. Haremos porra con todo el que quiera apuntarse antes del parto y los ganadores se llevarán un premio mondongo, prometido.

Hemos hecho algunas compras y tenemos: 2 bodies de manga larga y 3 de manga corta para más adelante (o no si el peque viene grande como lo fueron su madre y su padre, y entonces tenemos un pifostio porque los bodies que le valdrán serán de manga corta y eso no es práctico ni térmico para los últimos coletazos del invierno), un pijama, una toalla para el baño, muselinas (qué bien me suena esta palabra, la voy a usar para todo), cosas de aseo, un peluche de Koala Casimiro, un sonajero de pollito Evaristo (le ponemos nombre a todo quisqui en esta casa), unos barcos de juguete para el baño y 3 cuentos. Ya. Miento, y una cama japonesa para dormir todos arrebujados y a lo loco en el suelo. Ahora sí, ya. Este pollito mío tiene pinta de que va a pasar frío. Pero estoy tranquila porque hemos hecho una lista con todo lo que creemos que necesitamos y eso despeja mentalmente. Olé mis ovarios again, me quedo tranquila con nada.

También tenemos los nombres: uno de niña y uno de niño. Esto es bien y útil por lo de no conocer el sexo y por habernos puesto de acuerdo como por generación espontánea. Son nombres comunes pero poco usuales, vamos, que no hace falta deletrearlos ni nada, aunque no suelen gustar y requieren un poco de pensamiento, como digo yo. Qué le voy a hacer si sobre todo para niño me gustan los nombres de santo de toda la vida y para niña los que quedan bien con un doña delante. No hemos hecho lista conjunta siquiera, yo sí tenía una que recopilé en verano al sol de la playita tan ricamente, parejo no y tampoco hemos revisado juntos la mía. Simplemente, dos nombres se han ido destacando, se han impuesto al resto, los hemos escogido y ya está. Esos serán hasta que se diga lo contrario.

La semana que viene empezamos las clases de preparación al parto. ¿Tan pronto? Sí, qué pánico, con las Navidades de por medio el siguiente turno era demasiado tarde. Si todo va según lo previsto, pariré en un hospital privado y las clases que organizan ellos son solo tres, bastante diferentes por cierto a las de la seguridad social dicen. 


3. Sorpresas

El test O´Sullivan me salió alterado y he tenido que ir a la curva larga. El líquido a tragar es un poquito más asqueroso al ser más concentrado, pero para mí fácilmente soportable. Escribo el post mientras espero la última extracción. Molo mil. Los resultados estarán a finales de esta semana.

la definitiva en la frente. Jijijiji, jajajaja, se me nota mucho la barriga. Fue a principios del segundo trimestre cuando me cedieron el asiento en el bus por primera vez y cuando el charcutero me preguntó si estaba en estado de buena esperanza o si había tenido una mala digestión. Jijijji, jajaja, mi ombligo ha ido cogiendo formitas desde el principio, qué mono, ahora así, ahora asao. Jijijijij, jajajajaja, como me encuentro bien, he seguido haciendo yoga adaptando algunas posturas y no he cuidado demasiado mi espalda porque ya tengo todas las "osis" habidas y por haber: cifosis, hiperlordosis, escoliosis y esmorriosis (aquí mi pequeño homenaje a un amigo enfermo de esmorriosis). Jijijiji, jajaja, qué gracia, oye que parece que tengo un alien cuando me levanto del sofá o hago cualquier esfuerzo abdominal, hay que ver qué cosas más raras pasan en el preñamiento. 

Cada cuerpo es un mundo y chimpún.

Bueno, pues ayer ya se acabó el jijijji, jajajaja de momento. Fui a la gine y cuando estaba levantándome de la camilla, se sorprendió al ver la forma triangular de mi barriga y me dijo: "Uy, uy, uy, vaya diástasis del recto que tienes". Mi gine, que es el anti alarmismo. Con cara de no entender nada, porque no entendía nada, y pensando en cómo leñe podía saber ella que algo malo estaba pasando con mi culo si estaba bien cubierta de cintura para abajo, le pedí explicaciones: efectivamente, no se refería a ese recto, sino a los abdominales rectos. Me explicó que estaban completamente separados, que en la parte central de la barriga no tengo soporte muscular. Como seguía sin entender muy bien y estaba flipando, insistí en ser informada de la gravedad del asunto. Me dijo que complicaría bastante la recuperación postparto y poco más.

Pero, ay, luego, ay, me puse en el camino de vuelta a buscar en internet: "diastasis recti" o "diástasis de los abdominales rectos". No lo hagáis en vuestras casas. Me dieron muchas, muchas ganas de llorar. Me sentí fatal y miserable: porque mis abdominales se han roto por la mitad, porque me veo con riesgos de salud en los que jamás había pensado, porque nunca había oído hablar del asunto, porque creo que he hecho cosas en el embarazo que han empeorado el problema, porque me di de bruces con la posible realidad de un postparto jodidillo y con quedarme con una barriga fea y colgandera para los restos. Prometo que no soy muy obsesa de mi imagen y sé que es la tontería más grande de lo que puede pasar en un embarazo y postparto, no quiero ser superficial, pero reconozco que me preocupa, me preocupa perder completamente el tono del abdomen y mantener una barriga de embarazada de 4 meses o totalmente deformada para siempre. Y más me preocupan el resto de consecuencias posibles, que prefiero no contar para no asustar a los lectores.

Y lo que más, lo que más de jode de todo es que ayer me acariciaba la barriga y no podía evitar pensar en que me estoy abriendo en dos por dentro en vez de pensar en lo majo que es mi pollito. Me sentía refatal por ello.

Así que, manos a la obra, mañana mismo voy a una fisio especializada en embarazo y suelo pélvico a que me evalúe, veamos qué podemos hacer para evitar que la distensión vaya a más (aunque me temo que ya es enorme) y empecemos a ejercitar correctamente otras zonas que se pueden ver afectadas por este problema para pasar lo mejor posible el último tramo del embarazo y prepararnos para parir. Ya os contaré.




Preveo que el tercer trimestre será durito. No podía ser que el karma me estuviera tratando tan bien.

martes, 24 de octubre de 2017

Locuras hipster: por qué no saber el sexo del bebé hasta el nacimiento

Pues en realidad, no existe un motivo único ni para nosotros ha sido especialmente premeditado... 




Desde que supimos que estaba embarazada y nos atrevimos a hablar del peque que está por llegar, de vez en cuando comentábamos si teníamos alguna preferencia sobre su sexo. Yo siempre me dirijo al pollito como un niño, en masculino (quizá que pase la mayoría de mi vida rodeada de hombres tiene algo que ver), pero no porque prefiera que sea un varón, sino porque creo que lo es. Aunque no confío demasiado en mi intuición, eso del sexto sentido femenino lo veo un poco patraña o cuento de viejas. La verdad es que el sexo me parece un detalle sin importancia. Parejo, sin embargo, nos desea "buenas noches a las dos" y piensa que pollito es una niña y tiene una ligera preferencia porque sea una niña. A lo mejor le pasa lo contrario que a mí, él vive conmigo y dos gatas hembras más en casa, así que pensará que ya puestos, sigamos en el mundo mujeril y marujil. Pero me consta que estaría encantadísimo con un niño también. 


Nuestra moneda de la suerte se ha pronunciado y ha dicho que es un niño. 

Como comentaba, la cosa surgió con bastante espontaneidad. En principio, habíamos pensado en saberlo. La eco de las 12 fue bastante precipitada (en agosto, Madrid, bajo mínimos, la seguridad social no nos daba fecha para poder realizarla en plazo y tuvimos que buscar una alternativa en el único día en que podía hacerla justo antes de irnos de vacaciones a otra provincia), así que con las prisas, ni el médico nos dijo nada acerca del sexo ni nosotros preguntamos. 

A punto de hacer una nueva eco en la semana 16, pues tuvimos LA conversación (chan chan chan). Ninguno de los dos tenía excesiva curiosidad ni vivía el no saber el sexo como una incertidumbre grande, no más allá de desconocer otros atributos del pollito o de lo que está por venir: tampoco tenemos ni pajolera idea de si será dormilón o alborotado, rubio o moreno, grande o pequeño... Al poco de tener serias dudas sobre si queríamos saberlo o seguir alargando la incertidumbre, unos vecinos nos contaron que ellos no supieron el sexo de su hija hasta el nacimiento y nos pareció una experiencia muy chula. Hasta ese momento, no habíamos conocido a nadie que hubiera esperado hasta el parto, y su testimonio nos acabó de convencer. 

Y aquí estamos, en la semana 22 sin tener ni idea de si pollito es un niño o una niña y muy contentos igualmente. Mucha gente nos pregunta cómo lo hacemos, si no es difícil que los médicos metan la pata, y la verdad es que de momento hemos tenido mucha suerte: la gine que me está llevando el embarazo es un encanto y nos ha dicho que se lo recordemos cada vez que vayamos, y que si nosotros no queremos saberlo, ella tampoco va a mirarlo para evitar cualquier posible metedura de pata y que así sea sorpresa para todos. Al ginecólogo que nos hizo la eco de las 20 semanas, simplemente le pedimos su colaboración para mantener el secreto, y nos dijo que estupendo, que él tendría que mirarlo para asegurarse de que los genitales estaban bien formados y no había ambigüedad, pero que nos avisaría para que no miráramos la pantalla mientras él lo revisaba. Como si fuéramos a distinguir algo (que igual sí, ni idea). Y eso hicimos, nos advirtió, no miramos y ya está. Antes de salir de la consulta tuve un momento de curiosidad extrema y le pregunté:

-¿Entonces tú si que has visto lo que es?
- Claro- me contestó medio riendo- Si quieres te lo digo. 
- No, no, no, muchas gracias.

Ya está. Si conseguimos continuar aguantando la curiosidad y los médicos nos siguen el juego, nos plantaremos en paritorio esperando a nuestro pollito con dos nombres pensados (con un poco de suerte, llegaremos a un acuerdo...aunque no nos lo estamos tomando muy en serio) y listo. 

Por cierto, no deja de sorprenderme la reacción de algunas personas cuando nos preguntan si ya sabemos si es niño o niña y les decimos que preferimos esperar. Desde el "¿pero entonces cómo vas a decorar su habitación?" al "¿y de qué le vas a comprar la ropa?". Y yo: "pues de bebé, de qué va a ser, de bebé. Espero que al menos nos salga de la especie humana, no vaya a ser que para un hurón". 

Gensanta. 

Menos mal que sigo siendo siendo bastante escapista y me estoy librando de la mayoría de conversaciones y consejos no pedidos. Tan feliz, oiga. 

jueves, 28 de septiembre de 2017

Como escapista no tengo rival

A un tris de plantarme en la mitad del preñamiento, tan pichi, señores, como si tal cosa, con un hambre voraz y poco más que reportar en los últimos tiempos, me ha dado por repasar la lista de cosas que escribí con mis intenciones para cuando este día llegara en mi vida.




Nota del autor: esta lista fue escrita con total inocencia, apenas un par de semanas antes del diagnóstico de infertilidad, cuando creía yo que quizá estaba un poco pallá y lo nuestro sería cosa de meses. Ay, alma de cántaro.


Pues nada, que de la lista la mitad de las cosas no las he hecho ni las pienso hacer. Parejo se enteró de que sería prepadre cuando volvía de sus clases de esgrima todo sudado y nos descargamos juntos el resultado de la beta del portal del paciente (romanticismo extremo, como pueden ver), no me he leído el libro tan chuli que debe estar en el altillo en alguna caja de plástico del Ikea bien protegido del polvo y tampoco ningún libro de preñamiento porque el famosísimo "What to expect when you are expecting" me aburre soberanamente y me puso de una mala leche supina con sus afirmaciones estúpidas sobre relajarse para preñarse (amos, no me j...). A yoga resulta que ya iba de antes (normal, con los disgustos de hace un par de años era eso o chutarme trankimazines y, aunque no lo parezca, no soy nada dada a las drogas duras), lo de hacerme un álbum de fotos preñatis me da hasta pavor y las camisetas de rayas que tenía las jubilé y me da pereza ir de compras.


Así que solo estoy rindiendo en dos puntos: el escapismo y descojonarme viva. Como este sea siga siendo mi grado de cumplimiento del plan cuando nazca "el pollo" (sí, solo viene uno, nos hubiera encantado que fueran mellizos, cosas de la locura infértil, pero no pudo ser; no, no sabemos el sexo y le llamamos "el pollo" porque nos ha salido así la gracia y lo de polla nos suena un poco peor), la vamos a liar pardísima.


Lo de descojonarme viva es porque estoy más tranquila que nunca y claro, me río por todo y todo el tiempo. Lo del escapismo, pues no sé de dónde viene, ni pajolera idea: yo pensaba que después de tres años y medio esperando iba a estar deseosa y flipada de contárselo a todo el mundo y "presumir" y oye, pues no. No me apetece una mierder hablar de preñamiento ni niños ni bebés (la palabra bebé es que me pone medio nerviosa) con casi nadie y no porque no esté feliz, contenta, agradecida y flipando con la suerte que hemos tenido, sino a lo mejor por todo eso, porque lo siento muy íntimo, un espacio muy nuestro, de parejo y mío, y porque he aprendido que nunca jamás sabes la fibra que tocas a tu alrededor con el tema del preñamiento y que más vale ser prudente que pecar de cansina de las pelotas.


Y, en otro orden de cosas más normales, porque la gente es agorera que te cagas a más no poder y cuando me salen con chorradas y preocupaciones que yo veo completamente absurdas, como que si puedo o no comer jamón o que si he pensado en que no podremos ir al cine los miércoles, me dan ganas de contestarles que me la chufla todo y que no solo lo he pensado, sino que durante más de dos años, por eso de que el primer año y medio aún albergas esperanza, lo que pensaba es que nosotros nunca podríamos ser padres y que si lo éramos algún día sería después de un desgaste importante en salud y dinero y amor. Chúpate esa, a ver cómo me comparas situaciones. Me callo la mayoría de las veces, pero sí, para una infértil, comunicar el preñamiento suele ir acompañado de hablar de infertilidad.


Que si ha sido buscado, me preguntan. Me troncho.


Siempre pensé que lo diría tarde, pero no imaginé que tanta gente y tan inesperada lo sabría tan pronto. Los amigos que nos cubrían para una escapada molonga de camping justo después de la beta (por si todo iba mal, le habíamos pedido a unos amigos que organizáramos un buen plan para no pasarnos un finde llorando y despejarnos), fueron los primeros en saberlo. Como a las 11 de la noche no habían tenido noticias nuestras, me escribieron preocupados por si queríamos cancelar y mandarlo todo a hacer puñetas. A los dos días llamé a una buena amiga que me acompañó en todo el proceso y que está batallando por lo suyo (gracias, si me lees, te quiero mucho, nenis). Al lunes siguiente tuve que decírselo a la dentista y el viernes, a la profe de yoga, porque mis ovarios estaban aún que daban penica después de la estimulación. Luego, en el trabajo, a los que preguntaron: no se puede ser muy discreta en el curro con los tratamientos, controles día sí día no, permisos para la punción...y a dos amigos del alma en una piscina en un arranque de sinceridad.


Hasta la semana 12-13 no lo supo la familia muy cercana: suegra, hermanos. El resto de hecho aún no lo sabe, creo. Desde ahí, con quien nos hemos ido encontrando... pero tampoco nos apetece forzar las quedadas ni los mensajes o llamadas de "os tenemos que dar una noticia".


Por cierto, pienso en estar rodeada de preñadas y me sigue "asustando", veo las fotos de los catálogos y revistas (que no me compro ni de chiripa yo, pero la matrona me regaló algunas) de mujeres embarazadas con cara de "oh, me encanta mi estado, estoy tan divina" y me da la risa floja, y no tengo ganas de escuchar consejos, ni experiencias, ni vaticinios, ni de que las conversaciones giren en torno a mi preñamiento o ajenos, o bebés, o niños. Me agobio, ya está, ele. Del pollo me apetece hablar conmigo misma y con parejo, debo de ser muy tímida.


Retiro lo dicho: pásenme drogas de las duras, que ni el yoga cura lo mío.









sábado, 16 de septiembre de 2017

Bye, bye, primer trimestre

Ya no confío en nada ni en nadie, he perdido la poca fe que me quedaba en la humanidad. Cuando vuelva a leer por ahí eso de que durante el primer trimestre las náuseas son muy comunes, voy a hacer como que me lo creo. Igualito que cuando la peña me contaba que se preñaba locamente, igualito.


My face de oh, sí, oh, claro...


Ahora que se supone que lo peor ha pasado y ando bien entrada en el segundo trimestre y las mujeres me quieren ceder el asiento en el bus (¿yaaaaaaaa?) y el charcutero y el frutero me preguntan si espero (como dice parejo: "¿qué esperas?", y yo sobre todo espero comeeeeeeeer), resumo a continuación mis síntomas del primer trimestre del preñamiento:

  • Dolor y molestias de premenstrualidad profunda los primeros días, quizá las primeras tres semanas; pero de premenstrualidad segura, de esa de "buah, esta beta va a ser más negativa... si lo sabré yo, que soy una ceniza y nada me sale a la primera y la muerte, ira y destrucción definitivas están acechando a la vuelta de la esquina".
  • Cansancio supremo, a cualquier hora, en cualquier lugar. De querer irte a dormir a las nueve de la tarde en pleno mes de julio. Del que misteriosamente desaparece en el mismo momento en el que te dan vacaciones. Mmm, tengo la ligera sospecha de que esto no era síntoma de preñamiento sino de otra cosa.
  • Tirones cuando me río boca arriba (¿os he dicho ya que me río mucho últimamente?), a veces cuando estornudo y cuando hago la postura de la cobra en yoga. Específicamente.
  • Meo más y hasta me he levantado a mear en mitad de la noche algún día. Claro que si considero que he bebido más aquarius (total, paná, que he leído en un estudio que eso de que favorece la implantación es una mandanga y yo me he hecho cuentas y a dos botellas por día durante 14 días, me he dejado en aquarius casi 45 pavos) y agua que en toda mi vida junta, a ver si lo de evacuarlo tampoco va a ser cosa del preñamiento. 
  • El ombligo parece un cráter. Meto el dedo gordo sin tener que separar las pielecillas, las pelusas han tenido que buscar un nuevo refugio. Pobres. Y tengo una barrigota que parece de 4 meses; me sorprendo preguntándome si ya estaba así de antes y no me di cuenta. Me preocupa. Creo que aquí la estimulación del tratamiento y las hormonas de más que llevo en el body tienen parte de culpa. 

Y ya. Como dije, ¿ascos? ¿Náuseas? ¿Sensibilidad extrema? ¿Superolfato? ¿Lloreras, cambios de humor? Nasti de plasti. No he estado más estable en mi vida, andaré hormonada hasta las trancas pero oye, la dosis es consistente y todo bien. Por el momento. 

Seguiremos informando.

jueves, 31 de agosto de 2017

La mañana en que me topé con un ángel

No había reparado en la fecha hasta que vi los resultados por la noche. Había vivido el tratamiento como si la cosa no fuera demasiado conmigo, total, lo que quisiera que fuera a ocurrir estaba fuera de mi control y desde el albor de los tiempos he sido una ceniza, pocas experiencias previas me hacían presentir un éxito. Entonces, ¿para qué preocuparme en exceso?



Y mira qué casualidad, aquella mañana me topé con un ángel. Saqué mi numerito de la máquina después de meter el DNI y me sorprendió la cantidad de gente que tenía por delante a pesar de haber llegado tan temprano. Agarré a J. de la mano y le confesé que estaba un poco nerviosa. Cada vez que sonaba el ruido sordo que indicaba un avance en la lista de pacientes a la espera, pegaba un brinco en el asiento. Por fin, mi turno. Entré sola a la zona de extracciones.

-  ¿Vienes a hacerte una beta, verdad? – me preguntó la enfermera después de confirmar mi nombre y apellidos.

Me derrumbé. Todo lo que no me había derrumbado en los casi dos meses anteriores mientras me tomaba pastillas al principio y me pinchaba cada día, a las once en punto de la noche, después. No articulaba palabra. Fue escuchar “beta” en boca de otra persona y romper a llorar, sin explicación aparente, sin saber qué coño hacer en medio de esa fila fría de personas abriendo y cerrando las manos mientras se llenaban, con disciplina, los botecitos de sangre.

-   Sí- acerté a decir. Y no podía parar de llorar, discretamente, sin escándalos, haciendo lo posible por retener la presión acumulada desde la primera noche en que las inyecciones empezaron a picar en serio y ver a J. preparando la medicación ya no me hacía tanta gracia – Perdóname, de verdad, es que tengo hoy tengo muy mal día.

-    Pero, ¿por esto? – dijo señalando la pantalla del ordenador donde se leía el tipo de análisis que había que hacer y la mesa con el instrumental preparado.

-    Sí, por esto- solté un poco de aire y me froté los ojos- Es que no es nada fácil.

Aunque me lo había parecido, joder, me había parecido relativamente fácil. Había sido capaz de pincharme sola, sin ayuda, sin casi quejarme, excepto una vez, solo una, que iba pasillo arriba y pasillo abajo refunfuñando con los puños apretados porque ya me sentía bastante hinchada y sensible y hasta las pelotas y no me veía con fuerzas de empezar con la otra medicación y meterme dos inyecciones para el cuerpo a diario. Apenas tuve efectos secundarios en la estimulación, no me los quise permitir. Estuve tranquila en la punción, a pesar de ser la primera anestesia general de mi vida y de despertarme muy angustiada cuando me cambiaron de camilla, aún en el pequeño quirófano, antes de tiempo y pensando que había un terremoto y que yo no podía salir del hospital porque estaba anestesiada y me iba a morir allí. El propofol del que todo el mundo habla maravillas y yo con el corazón a mil y un nudo enredado en la boca del estómago. Ese fue el único día de bajón, la punción, cuando nos confirmaron que solo habían extraído seis a pesar de que el médico veía buena evolución y apenas tres días antes había contado unos catorce folículos de buen tamaño. Parece ser que casi todos estaban vacíos, nunca lo supe a ciencia cierta, los informes estaban incompletos y no se prodigaron demasiado en explicaciones. Tampoco me quejé mucho de los dolores posteriores ni me decepcioné profundamente cuando a la mañana siguiente, en la oficina, entré un momentito a ver el informe y supe que de los seis, solo cuatro eran maduros, y de los cuatro, solo dos habían fecundado y nos los jugábamos todo a una carta.

Lo demás había ido rodado. Nos reímos juntos en la transferencia cuando nos tocó cambiarnos y ponernos los gorros, las batas, las pantuflas, esas verde hospital. Nos volvimos a reír cuando el médico nos confirmó que íbamos adelante con los dos, que uno era A, muy bonito, y otro B. Muy bonito, dijo. Y ya no sabíamos cuánto más reír cuando se asomó por el ventanuco el tipo del laboratorio mientras yo estaba en el potro despatarrada y me llamó por mi nombre, para corroborar que no había ningún error. Qué surrealismo todo. En menos de dos minutos estaba hecho, la punta de la cánula brillando en el ecógrafo, mucha suerte, y media hora escasa de reposo en la que comentamos lo genial que hubiera sido que esto nos hubiera ocurrido en una noche loca en Ibiza.

Aquel día volví a casa feliz como nunca. Le decía a J. que no importaba lo que pasara después, que yo estaba preñada al menos por 24h y era estupendo. Se oía música desde mi ventana, Decoracción en el barrio, yo perdí como manda la tradición el concurso de balcones. El resto de la espera la llevé con dignidad. Ni una lágrima, sin ansiedad exagerada, a veces el miedo de que, si no salía, habría que comenzar de cero porque no teníamos ni un congelado. Y entonces sí me pesaban los pinchazos de las once. En apenas una semana había perdido casi toda esperanza, no sentía nada especial, mi cuerpo inerte se comportaba igual que en un ciclo cualquiera. No quise hacerme ningún test de farmacia, anticipaba aterrorizada un nuevo blanco nuclear: aguantaría hasta el día oficial, a última hora para estar con J., cuando publicaran los resultados en la web del hospital, como quien mira la última nota del examen de la carrera.

La enfermera preparó los utensilios y me dio la mano, con suavidad, mientras en el otro brazo me introducía la aguja y la sangré comenzó a brotar. Inspiré fuerte, seguía llorando, y ella no soltó en ningún momento mi mano.

Cuando terminó, le puso la pegatina al bote. Me miró con muchísima ternura y se despidió:

-   Yo, hoy, te voy a dar suerte.


Y el día 23 de junio, por la noche, la noche de San Juan, mi primera beta dio positiva. 

domingo, 18 de junio de 2017

Ojalá

Yo antes me pintaba las uñas. 

Ahora ya no. Ningún color me viene bien. 

Ojalá hubieras llegado cuando las tardes eran largas y yo soñaba y me agobiaba por tonterías. Vivíamos en un pueblo pequeño, en una casa con dos plazas de garaje y una terraza grande en la que pegaba bien el sol, con orientación oeste, para ver atardecer. Salíamos a pasear al campo, alguna vez intenté correr. Íbamos a ver a los caballos y hablábamos mucho de ti. Teníamos un dormitorio con una cama, pintado de verde, y un despacho en el que las orquídeas siempre echaban flores. En el salón había una estantería llena de cuentos. 




Los primos aún eran canijos y empalagosos, me llamaban "tialauri" todo junto. No me dolía no tener raíces. Estudiaba por gusto y se me daba muy, muy bien. Pensábamos en ahorrar para permitirnos ciertas cosas cuando estuvieras aquí. Discutíamos por dónde pasar las fiestas de Navidad. Me encantaba ir a ver tiendas de juguetes de madera. Vivía con intensidad los primeros embarazos del grupo de amigos, lloraba cuando llegaba a casa y le daba la turra a parejo, pero también me hacía ilusión saber y pensaba que pronto tú también serías. 

Una tarde me puse muy triste y le escribí a parejo un email. Le dije que me perdonara, que es que quería mucho que te acurrucaras entre nosotros en el sofá. Y que me aterraba la idea de que no pudiéramos tenerte. Creía que era una de las peores noticias que podían darme, porque cuando era chiquitita a veces contaba hasta cinco y pensaba "si no me da tiempo a doblar los calcetines antes de terminar de contar, es que no voy a tener hijos". Y no siempre era tan hábil. 

Cinco meses después nos dijeron que seguramente no vendrías a menos que pasáramos por complicados tratamientos. Nos acabábamos de mudar a un barrio céntrico, ya no teníamos ni terraza ni siquiera sofá, y nunca saqué los cuentos de su caja. Me despertaba llorando casi todas las mañanas. Me miraba en el espejo y me ponía a llorar. Así un año entero. 

Ahora voy mucho al cine, si puedo, cada miércoles. Nos tocaban todos los sorteos y nos pasábamos la vida en el Lara. Salimos a menudo a tomar un vermú o a cenar japonés. Hemos puesto Netflix, vemos series antiguas y cojo películas de la biblioteca. Dejé de estudiar. Tengo un trabajo con más responsabilidad y en el que viajo más lejos, que me llena regular y me absorbe demasiado. Probé con el teatro, pero me removía por dentro y no pude. Los viernes por la tarde son para mí: voy a yoga y a última hora hago un dulce casero. Estoy volviendo a leer de noche en la cama. Hay días en los que improvisamos y salimos temprano de casa y nos dan las mil por ahí. Aún vienen algunos amigos a jugar juegos de mesa y pedimos pizza y nos reímos. 

He reconstruido una vida sin ti. Temo que no quieras venir porque pienses que no encajas. Ya ves, todo por contar demasiado rápido de niña. 

Ojalá hubieras llegado cuando aún me pintaba las uñas.





martes, 30 de mayo de 2017

¡Ahoi! O cómo navegar con cierto glamour y mínimo presupuesto


Este último año ha estado lleno de revelaciones y hallazgos. Algunos han sido una puñetera mierda y luego está el maravilloso hecho de he descubierto que yo he nacido para practicar dos deportes: el esquí y la navegación. 

Olé mis cojones mañaneros, con perdón. 

Del extrarradio a la élite social, ascensión meteórica. Conste que siempre tuve la sospecha de que yo no era tonta, sino pobre. 

Y como parejo se entere de que a lo que hago yo en el barco- que no es otra cosa que leer al sol y sacar aceitunas- le llamo deporte, vamos a provocar una discusión.




Esquiar parece que es un deporte muy practicado y, en cambio, hasta enero no lo había probado nunca. Y al cuarto y último día de práctica ya era el terror de las pistas verdes. Ahora bien, cuando parejo y yo contamos que nuestro plan de vacaciones es irnos a navegar, la gente suele mirarnos con cara de "¿pero que me estás contando, Mari?". 

No lo dudes, si en los guateques te vienes arriba con el "yo no soy marinero, soy capitán, soy capitáaaaaaan", si te sientes un lobo de mar aunque tus piernas siempre pisen asfalto y mires con respeto a las barcas del Retiro, o si sueñas en secreto con irte a recorrer el Pacífico Sur y dejarlo todo atrás en un arrebato, este post te interesa profundamente. 



Empezando por el principio: ¿qué necesitas para navegar?

Pues lo básico, una licencia y un barco. Desafortunadamente, la cosa está muy seria y no vas a poder llevar un barco sin licencia. Para embarcaciones de recreo hay de varios tipos, que tienes que ir pasando como en un videojuego, nivel a nivel, en función del tamaño del barco que quieras llevar y la distancia que puedas alejarte de la costa.

Obtener esta licencia supone pasar unos exámenes teóricos y hacer unas prácticas. Si además de embarcaciones de motor quieres llevar un barco a vela (que mola muchísimo más en mi opinión), tendrás que habilitarte para ello pasando unas pruebas extra. Una vez que hayas aprobado el examen teórico y hayas hecho las correspondientes prácticas, te van a dar un carné muy chulo que podrás lucir con orgullo. También sabrás un montón de vocabulario infernal muy útil tanto para la navegación en sí misma como para lucirte escribiendo poesía. Todo son ventajas. 

Precio de la licencia: lo que te cuesten los derechos de examen si vas por libre (unos 70 euros si no me falla la memoria) y el precio de las prácticas, que ronda los 400 euros. En total, calcula unos 500 euros para incluir el coste de los libros que puedes conseguir de segunda mano y que necesitarás para empollarte el temario. 
Más barato que el carné de conducir y mucho menos amortizable, todo sea dicho, pero que te quiten lo bailao, a ver quién es capitán. 
No puedo decirte lo que cuesta si decides ir a academia, porque parejo se sacó las tres licencias que tiene por libre y ahora su nivel es "puedo coger un barco tan grande como yo quiera, cruzarme el Atlántico y decirte nuestra posición mirando las estrellas en 4 horas y con una precisión de 30 millas náuticas". 
Yo no tengo el carné de barco, ya sabéis que llevo fatal la incertidumbre. 


Ya tengo licencia: ¿ahora qué, puedo navegar sin arruinarme?

Bueno, esto depende de tus expectativas. Y de tus ingresos (obvio). Y de cuántos amigos puedas engañar para unirse a tus aventuras. Y de si vives en una ciudad costera con buena oferta de alquileres de embarcaciones. Te aseguro que si eres un poco romántico y no asocias navegar con ir en un yate a todo lujo, champán y piscina en cubierta, algo puedes hacer. 

Parejo y yo hemos navegado tres semanas completas en nuestra vida, así que tampoco estoy en posesión de la verdad absoluta. Dos veces hemos alquilado un velero en una empresa de chárter en Ibiza y en otra ocasión alquilamos a un particular en Barcelona a través de una aplicación que es como el Airbnb de barcos. El tamaño del barco era similar, con capacidad para 6 personas (8 apretados).

Precio del alquiler de un barco: en temporada baja (Semana Santa) en Ibiza hemos pagado alrededor de 1300 euros por 8 noches. Súmale el hacer una compra de comida y bebida en el súper, lo que gastes de gasolina (nada exagerado si intentas navegar lo máximo a vela, quizá unos 70-80 euros en la semana completa), la tarifa de las noches que pases en puerto que no sea el del barco (variable en función del nivel del puerto y la temporada) y el precio del transporte para llegar al lugar donde alquiles el barco si no es tu ciudad de residencia. 
En Barcelona alquilamos en pleno agosto y el precio subió un poco (20%), fueron 9 noches y también es cierto que el barco estaba en peores condiciones.
Desde luego, no son unas vacaciones baratísimas, pero tampoco es un precio reservado a unos pocos privilegiados. De hecho, si os juntáis una pandilla, el precio baja rápidamente al dividir el alquiler del barco entre 6.


¿Qué puedo esperar por esos precios? 

Aquí es cuando te cuento la verdadera de lo que es navegar como lo hacemos nosotros, más allá de los atardeceres espectaculares, las calas desiertas y la soledad del mar. ¿Preparado para la parte menos glamurosa?

En general, los precios en temporada alta (julio y agosto) se desmadran y pueden ser el triple de lo que cuestan en temporada baja. Lo malo de la temporada baja es que la temperatura del agua no está para muchos baños, así que si eres especie de remojo, puedes acabar muy frustrado.

Nosotros siempre hacemos vida en el barco, no nos vamos a un hotel y tenemos el barquito disponible para dar un paseo: dormimos en el barco, cocinamos en el barco, comemos en el barco. El espacio de un velero es muy reducido. No imagines grandes comodidades en los camarotes, baño o cocina. A los camarotes se entra a gatas, la cocina tiene lo básico (una nevera, un horno de gas, un par de fuegos) y la ducha del baño suele ser el grifo del lavabo que es extensible y la zona de ducharte, el propio baño en sí mismo. Vamos,que se asemeja bastante a un camping flotante. Mejor ir con personas con las que tengas confianza y la convivencia sea fácil; no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser estar en un barquito con gente malhumorada o poco dispuesta a ser flexible. 

Si quieres ahorrar en amarres y tu idea es hacer alguna ruta más larga, tendrás que dormir fondeado en lugar de en puerto: vamos, que cuando se aproxima la noche, echas el ancla en una zona abrigada y te encomiendas para que el mar esté tranquilo de madrugada y no tengas que dormitar escuchando los golpes del agua contra el casco. Por supuesto, si haces noche fondeado, olvídate de darte una ducha "cómoda" en los baños del puerto; tendrás que apañarte con el equipamiento de a bordo. Puede compensarte la vista de las estrellas apartado de toda civilización. 

Para comer: cosas sencillas, mucha comida fría y algún que otro precocinado. Cocinar algo muy elaborado en el barco puede ser complicado si las condiciones meteorológicas no acompañan, mejor tener disponible un plan B. Lleva siempre suficiente agua. 

Para muchas personas es inevitable marearse. Hay muchos trucos y medicación que pueden ayudar. El mareo se suele pasar y, curioso el cuerpo humano, se invierte: después de estar largo tiempo en el mar, se tiene como sensación de irrealidad al pisar tierra firme. 

Es recomendable que más de una persona tenga nociones de navegación en el barco. Yo soy un poco cero a la izquierda y alguna vez nos habría venido bien que entendiera más rápido una instrucción o supiera reaccionar en una situación concreta.

Paciencia: la vida a bordo requiere mucha paciencia. Se depende del estado de la mar, de los vientos...  no te extrañe si tienes que modificar tu ruta o tus planes. Es parte del encanto.


¿Compensa? 

Hombre, pues eso ya depende de cada cual. A mí sí. No son unas vacaciones de lujo, probablemente por ese dinero puedas ir a un hotel bueno con todo hecho; no obstante, es una experiencia diferente y una desconexión absoluta del mundanal ruido, de la rutina, otra vida. Los paisajes y momentos que hemos pasado en un barco no los voy a olvidar nunca: los colores del mar al atardecer y al amanecer, el cielo por la noche, la soledad y el silencio, los retos cuando algo se tuerce y tienes que improvisar, el viento soplando las velas, lo bien que saben unas anchoas cuando llegas a tierra después de 3 días... Y eso que, en concreto, en las vacaciones que hicimos entre Barcelona y Gerona fueron un compendio de catástrofes. Pero regresamos sanos y salvos. 

Por este año nosotros nos damos por satisfechos, tenemos otros planes para el verano, pero para el próximo ya estamos maquinando un destino y ruta. Esperemos que la suerte acompañe y podamos llevarlo a cabo.

Si eres de espíritu aventurero (que no es mi caso) o eres capaz de sumarte al entusiasmo de alguien que lo sea, desde luego, tienes que probarlo. Ya te advierto que navegar engancha y es fuente de gran inspiración: de uno de los viajes volví con una idea muy clara en la cabeza para mi próxima y primera novela que tendría que estar firmando ahora mismo en la Feria del Libro. 

A ver si para el 2018, que en este asunto sí tengo un retraso.






miércoles, 24 de mayo de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte II)


Yo me prometí en lo más hondo que jamás de los jamases iba a volver a escribir sobre infertilidad. Digna, dignísima, así como subiéndome las gafas de sol y dándole una vuelta más al foulard, con desdén y absoluta suficiencia, mirada por encima del hombro. Vaya, vaya…




Seguro que podría sacar muchas más de 10 cosas de cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida. No busco hacerme la víctima ni autocompadecerme, con contaros 10 cositas de ná me conformo, aunque tengo una pulsión intrínseca hacia el drama y la destrucción, lo reconozco: peco de pensamiento, palabra y obra.

Al terminar la anterior entrada se me quedó un regusto muy amargo, y es que exageré un poquito: confieso que hay una persona a mi lado que intenta con toda su buena fe y amoool sostener ese paraguas cuando llueve afuera y dejarme el cachito más grande, porque tenemos un paraguas chiquitín para los dos y él prefiere que yo no me moje. Si arrecia, el agua le resbala a borbotones por los hombros o le caen unos goterones de aúpa, y soporta estoico el tío, pero yo sé que el paraguas empieza a estar viejo y oxidado y cada vez va pesando más. 

Si os parece, empezamos con este tema, hablemos del parejo en el punto 6.


6. Mi relación de parejo se ha visto afectada

Y no para bien. Si los elementos que pueden hacer que alguien reaccione de una u otra forma a un hecho determinado son incontables, imaginaos en un conjunto de dos o pareja. Variabilidad infinita.

He escuchado a varias parejas decir que la infertilidad les ha unido más, les ha hecho más fuertes. Bueno, pues no es mi caso: la infertilidad nos ha golpeado duro en el momento más inoportuno y ha tambaleado nuestro mundo como un terremoto 9 en la escala Richter. Señores, spoiler alert, esto es algo que puede pasar.

No quiero dar muchos detalles personales, solo los imprescindibles para entender los antecedentes: parejo y yo llevamos juntos forever and ever y mi camino hacia la no-maternidad ha estado lleno de inseguridades, un camino intrincado y serpenteante, una presa que contiene millones de metros cúbicos de agua estancada. A partir de un punto, tener hijos ha sido parte de nuestra definición como pareja (ojocuidao, no digo que tener hijos sea parte de la definición de todas las parejas ni que crea que tiene que ser así; simplemente esa era nuestra realidad, nuestra identidad parejil. Un día os cuento todas las situaciones que recuerdo ahora y me parecen ridículas a más no poder para que os riáis bien a gusto de las ironías de la vida de otros, que son las que hacen gracia). Desde hace mucho tiempo, algunas de nuestras conversaciones comenzaron esporádicamente a incluir el número de hijos que queríamos tener, así proyectando a futuro en plan despreocupado. Y los nombres que les pondríamos. Bromeábamos con que los niños saldrían rubiales como él y las niñas morenas como yo, esa sería nuestra impronta familiar. Y anticipábamos que necesitaríamos ahorrar para poder permitirnos una excedencia si eso. A veces discutíamos sobre qué nos importaba de un colegio, rollo valores y tal, y cuántas habitaciones necesitaríamos en un piso. Y si cabría o no una cuna adosada si poníamos el armario empotrado a los pies de la cama cuando estábamos diseñando nuestra habitación en la reforma de El Escorial. Temas cada vez más concretos que fueron modelando nuestro plan de vida y sobre cuya base fuimos tomando decisiones, más o menos acertadas.

Y todas estas conversaciones y deseos eran desiguales, por estadística, porque no hay dos personas que vivan la paternidad del mismo modo y ya sería raro que durmieran bajo el mismo techo, porque yo tenía urgencia y a la vez necesidad de tenerlo todo previsto y parejo quería disfrutar y paladear la espera con calma, mero reflejo de cómo afrontamos la existencia.

Cuando decidimos que era el momento, cuando se quebró la presa y nos lanzamos a la aventura, yo estaba pletórica. Cómo no, por fin iba a hacerse realidad, ya tenía los billetes al destino, solo era cuestión de ir al aeropuerto y montarse en el avión. Me cuesta recordar un momento más decisivo en mi vida. Parejo sin embargo recuerda el primer año de búsqueda como el de mi angustia. Me dice que siempre miro el pasado con buenos ojos. Yo ya no sé si al ser lo que vino después peor he idealizado ese periodo, o simplemente lo experimentamos y nos comunicamos de forma tan dispar, o si es cierto que me guardé todo lo bueno, la ilusión, el corazón brincando, y solo compartí las lágrimas cada 28 días (+/- 2) y la rabia y sensación de fracaso con cada embarazo ajeno.

Y la distancia fue creciendo. Yo no tenía mucho espacio para pensar en otra cosa y ver que no llegaba me preocupaba, me hacía vulnerable, irascible. Y él no entendía mi agobio y tal vez se agobiaba en un sentido diferente.

No le deseo ni a peor enemigo lo que pasó cuando descubrimos que lo nuestro iba a estar muy difícil. Solo quien ha sufrido algo parecido se hace una idea de los sentimientos, la pena profunda, los silencios, las discusiones, los lloros, los malentendidos, el proceso de encontrar otra vez cada uno su lugar, rehacer posiciones y no volver a poder hablar nunca más inocentemente de cuántos hijos tendremos ni de cómo se llamarán ni de si de mi genética se llevarán el color oscuro de pelo o la miopía.

Tal es el caso que, después del terremoto, ni siquiera queremos lo mismo. Me sorprendo imbécil perdida todavía obnubilada con la idea de una familia numerosa y parejo tiene claro que no más de dos y cada vez ve más factible que uno y gracias. Me acuerdo de nuestros sueños de juventud, de la lista con los imprescindibles de nuestra casa ideal que incluía un jardín grande, garaje y, no nos engañemos, lo demás está de más, tres churumbeles rubios, y no puedo evitar pensar en que esto de la infertilidad es una maldita apisonadora porque parte de la vida consiste en eso, en soñar, y de ahí ya quedan migajas.

A menudo me pregunto qué habría pasado si me hubiera preñado en algún momento del primer año y medio de búsqueda y seguro que habría vivido muchas noches sin dormir y muchas preocupaciones por motivos bien distintos, pero conservaría intacta la inocencia. La impresión de que todo va a salir bien. Pero eso lo dejo el punto 8.


7. Estoy a disgusto con mi cuerpo

Es un hecho que cuando uno tiene la autoestima un poco por los suelos o se pasa por una de esas temporadas en la que no te encuentras, se acaba pagando también con lo físico y se ven defectos que antes le pasaban desapercibidos. Pero no les quería hablar de eso, ladies and gentlemen. El disgusto que tengo es más profundo y motivado por dos factores.

El primero, el estrés y desazón de la primera etapa, que me provocaron insomnio (¡insomnio a mí, que he dormido de siempre con una facilidad pasmosa por muchos problemas que tuviera!) y un nudo permanente en el estómago que me impedía comer. Literal. Ha habido días en que si comía lo vomitaba. Vomitar de nervios es el nombre científico. Con este panorama, perdí bastante peso. Soy (o era) de metabolismo rápido, así que en general tiendo a estar delgada. No me peso nunca, pero por cómo de grande me quedaba la ropa, calculo que perdí entre 5 y 8 kilos. Después de esta época más ansiosa, llegó otra mucho más calmada en apariencia y el nudo en el estómago se fue definitivamente. Coincidió con un cambio de curro que hace que mi vida sea ahora más sedentaria y mis horarios de comidas un desastre. También sospecho que la calma esta es aparente y algo de ansiedad queda de fondo, porque rechino los dientes por la noche de forma brutal, pero este es otro tema. A lo que voy, resultado as per today: estoy como 5-6 kilos por encima de mi peso normal, calculo (sigo sin pesarme), ya que ponerme los vaqueros recién lavados es una odisea. Eso supone que mínimo estoy 10 kilos por encima de la época en la que estuve más delgada, apenas hace un año, que hay bastante ropa que no puedo ponerme y que me noto más torpe, lenta. O sea, que por unas cosas u otras, llevo un par de años con vaivenes de peso que muestran los vaivenes emocionales y ya empiezo a estar un pelín cansada de tanto bamboleooooooo.

El segundo factor es algo más chungo: la defectuosidad, el sentimiento de tener un cuerpo que no funciona. Cuando era pequeña, no sé, unos 7 años, en un plazo muy corto de tiempo descubrieron que tenía un ojo vago que había que azuzar con parche, lentilla y gafas (triple combo), y también que mi espalda estaba hecha un cromo, escoliosis de órdago por tener una cadera más alta que otra. Amenazaron con poner corsé y alza, y finalmente quedó en una plantilla muy gorda hecha a medida para poner por dentro del zapato y muchas horas de natación que odiaba a más no poder. Me acuerdo perfectamente que no se lo dije a nadie, pero no dejaba de pensar: “vaya una mierda de cuerpo que te ha tocado, que no funciona como tiene que funcionar, que no vale, que está mal hecho”. Pues ahora es más o menos igual. Vaya una mierda de cuerpo que no sirve. Aunque siga sin decírselo a nadie, me lo rumio yo todo por dentro.


8. Me han caído 30 años de golpe

¿Dónde estás, querida juventud? ¿Por qué leñes soy una SEÑORA mayor quejumbrosa y derrotista? Que ya solo me falta pronunciar en voz alta: “llévame Señor pronto contigo, que total, tengo la vida hecha”. Lo que hay que oír.




Ya os conté que yo he sido muy energética, de hacer muchas cosas a la vez, de proponerme cosas complicadas y encabezonarme y conseguirlas. He sido de ilusión y decepción fácil, una persona muy sentida, mari intensita, que se toma a pecho todo lo que hace. He creído que me iba a comer el mundo, que la actitud era importante y que la aptitud se perseguía.

Pues, ele, pa´ que aprendas, la infertilidad ha conseguido paralizarme y colocarme en un limbo en el que nada avanza, la vida es estática y el futuro no necesariamente es mejor que el presente. He frenado en seco. La actitud y la aptitud me son bastante indiferentes, me encuentro derrotada. No es sencillo encontrar un proyecto vital trascendente y motivador que llene el vacío de la no-maternidad.

No es lo único, de fondo hay un ruido constante de “hey, chata, las cosas pueden ir mal”. La inocencia se ha marchado malhumorada, pegando un buen portazo. Cuando cualquiera (generalmente mujeres) hablan de sus embarazos, partos, crianza, anhelos reproductivos… yo miro para otro lado. A veces recuerdo con nostalgia la época en la que yo estuve ahí. El golpe de realidad es una leche considerable.


9. Lo paso regulín en las fechas señaladas

Llámese cumpleaños (“oh, my Lord, otro año más… otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, los 35, están ahí, mierda, mierda, joder, ¿y qué deseo me pido yo cuándo sople la vela?”), Día de la Madre (“estooooooo… ¿y si hoy me tumbo en el sofá y me pongo un gintonics y no hago nada?”) o Navidades (“otro año más, otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, mierda, joder, ¿y qué le pido yo a los Reyes?”)

Otras fechas molongas o celebraciones, pues tienen sus momentos curiosos; es decir, allí donde se concentran más de 4 personas con las que hay confianza relativa o nula y/o hay padres recientes y/o familiares de los que hace un tiempo que no ves (gensanta, esto incluye mogollón de fechas señaladas), las probabilidades de que se acabe hablando sobre tu afán reproductor son muy amplias y abarcan técnicas versátiles y de sutileza variada. Así que si estás bajita de ánimos y te pilla un día de esos de mecagüentó, no suele apetecer mucho ir a cumpleaños ajenos multitudinarios, quedadas de antiguos compañeros de instituto, carrera o máster, bodas, bautizos, comuniones, nacimientos… Ya expliqué que la presión acecha hasta en los velatorios y puede ser muy dura de sobrellevar en ciertas etapas de la infertilidad. Y cuando ya más o menos he avanzado de nivel, he ganado mil puntos de resiliencia suprema, he encontrado mi equilibrio personal y divino e inventado respuestas para toda clase de situaciones, resulta que tu entorno se ha ido desmembrando, y aparece el último punto de lo que la infertilidad de mierder ha traído a mi vida.


10. Me siento más sola

Ajá, repasemos los puntos anteriores: he estado muy triste, me he amargado bastante, el significado de lo que me rodea tiene una nueva dimensión, hay cosas que prefiero guardarme bien adentro, mi relación de pareja se ha resentido y las interacciones sociales propias de la edad y entorno en el que me encontraba tienden a hacer presente el maldito asunto infértil. ¿A alguien le extraña que con estos ingredientes me sienta y esté más sola y haya amistades y relaciones que valoraba que se hayan enfriado un montón?

En especial, las que más se han estropeado son con los amigos que han sido padres en el tiempo que nosotros llevamos buscando. Y es que conciliar el mundo fértil y el infértil requiere unas dosis de empatía, generosidad y comprensión mutua que al menos yo no he sido capaz de gestionar durante la etapa de dolor agudo inicial después del diagnóstico.

Sí, he tenido esa punzada llena de sentimientos encontrados cuando he recibido el anuncio de un nuevo embarazo, no he sabido dónde meterme cuando me han puesto un bebé cerca o directamente en brazos, me han dolido en el alma los infinitos comentarios bienintencionados de amigas y me han llegado a importunar cuando a pesar de mis caras o reacciones, se han hecho reincidentes. Las madres y padres recientes quieren hablar de sus hijos y yo como infértil convaleciente, niños y reproducción era el último tema del que me apetecía hablar. Claro, visto desde el otro lado, imagino que se hace un poco extraño y molesto que no preguntes por los retoños. Ya advertí que yo peco de todo, pensamiento, palabra, obra y omisión.

Lo que no quita que haya muchas personas a las que he echado de menos, que sabían lo que me estaba ocurriendo y no han sacado el tema, o peor, lo han sacado con tan mínimo acierto que no me han quedado ganas de repetir experiencia. Que tampoco han dicho “¿cómo estás, necesitas algo, me tomo un café contigo, me acerco a verte a casa?” 

Y no las culpo, acertar es complicado cuando una está tan sensible y comprendo que las prioridades cambian, el tiempo escasea y cada uno tiene sus problemas, y yo tampoco he estado ahí para escuchar sus andanzas como padres, es la realidad.

Para ser justa y poner peso en el lado positivo de la balanza, he de decir que otras amigas de las que ni siquiera sé si la maternidad entra en sus planes porque no había sido un tema de conversación entre nosotras ni han querido compartirlo conmigo después, han reaccionado con un cariño y una sensibilidad extraordinarias y me sigue llegando al alma cada vez que me dan un abrazo apretado. 

En resumen, no mola alejarte de gente importante para ti porque te superan las circunstancias. No mola que la gente que es importante para ti no entienda por lo que estás pasando. No mola nada.



En fin, que la infertilidad es así, te pone contra las cuerdas y 10 cosas se quedan cortas. Va a seguir lloviendo ahí fuera una larga temporada… me iré pillando un chubasquero que suelen estar de oferta en primavera y no descarto volver a escribir sobre ello de vez en cuando. La dignidad a tomar por saco.