miércoles, 24 de mayo de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte II)


Yo me prometí en lo más hondo que jamás de los jamases iba a volver a escribir sobre infertilidad. Digna, dignísima, así como subiéndome las gafas de sol y dándole una vuelta más al foulard, con desdén y absoluta suficiencia, mirada por encima del hombro. Vaya, vaya…




Seguro que podría sacar muchas más de 10 cosas de cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida. No busco hacerme la víctima ni autocompadecerme, con contaros 10 cositas de ná me conformo, aunque tengo una pulsión intrínseca hacia el drama y la destrucción, lo reconozco: peco de pensamiento, palabra y obra.

Al terminar la anterior entrada se me quedó un regusto muy amargo, y es que exageré un poquito: confieso que hay una persona a mi lado que intenta con toda su buena fe y amoool sostener ese paraguas cuando llueve afuera y dejarme el cachito más grande, porque tenemos un paraguas chiquitín para los dos y él prefiere que yo no me moje. Si arrecia, el agua le resbala a borbotones por los hombros o le caen unos goterones de aúpa, y soporta estoico el tío, pero yo sé que el paraguas empieza a estar viejo y oxidado y cada vez va pesando más. 

Si os parece, empezamos con este tema, hablemos del parejo en el punto 6.


6. Mi relación de parejo se ha visto afectada

Y no para bien. Si los elementos que pueden hacer que alguien reaccione de una u otra forma a un hecho determinado son incontables, imaginaos en un conjunto de dos o pareja. Variabilidad infinita.

He escuchado a varias parejas decir que la infertilidad les ha unido más, les ha hecho más fuertes. Bueno, pues no es mi caso: la infertilidad nos ha golpeado duro en el momento más inoportuno y ha tambaleado nuestro mundo como un terremoto 9 en la escala Richter. Señores, spoiler alert, esto es algo que puede pasar.

No quiero dar muchos detalles personales, solo los imprescindibles para entender los antecedentes: parejo y yo llevamos juntos forever and ever y mi camino hacia la no-maternidad ha estado lleno de inseguridades, un camino intrincado y serpenteante, una presa que contiene millones de metros cúbicos de agua estancada. A partir de un punto, tener hijos ha sido parte de nuestra definición como pareja (ojocuidao, no digo que tener hijos sea parte de la definición de todas las parejas ni que crea que tiene que ser así; simplemente esa era nuestra realidad, nuestra identidad parejil. Un día os cuento todas las situaciones que recuerdo ahora y me parecen ridículas a más no poder para que os riáis bien a gusto de las ironías de la vida de otros, que son las que hacen gracia). Desde hace mucho tiempo, algunas de nuestras conversaciones comenzaron esporádicamente a incluir el número de hijos que queríamos tener, así proyectando a futuro en plan despreocupado. Y los nombres que les pondríamos. Bromeábamos con que los niños saldrían rubiales como él y las niñas morenas como yo, esa sería nuestra impronta familiar. Y anticipábamos que necesitaríamos ahorrar para poder permitirnos una excedencia si eso. A veces discutíamos sobre qué nos importaba de un colegio, rollo valores y tal, y cuántas habitaciones necesitaríamos en un piso. Y si cabría o no una cuna adosada si poníamos el armario empotrado a los pies de la cama cuando estábamos diseñando nuestra habitación en la reforma de El Escorial. Temas cada vez más concretos que fueron modelando nuestro plan de vida y sobre cuya base fuimos tomando decisiones, más o menos acertadas.

Y todas estas conversaciones y deseos eran desiguales, por estadística, porque no hay dos personas que vivan la paternidad del mismo modo y ya sería raro que durmieran bajo el mismo techo, porque yo tenía urgencia y a la vez necesidad de tenerlo todo previsto y parejo quería disfrutar y paladear la espera con calma, mero reflejo de cómo afrontamos la existencia.

Cuando decidimos que era el momento, cuando se quebró la presa y nos lanzamos a la aventura, yo estaba pletórica. Cómo no, por fin iba a hacerse realidad, ya tenía los billetes al destino, solo era cuestión de ir al aeropuerto y montarse en el avión. Me cuesta recordar un momento más decisivo en mi vida. Parejo sin embargo recuerda el primer año de búsqueda como el de mi angustia. Me dice que siempre miro el pasado con buenos ojos. Yo ya no sé si al ser lo que vino después peor he idealizado ese periodo, o simplemente lo experimentamos y nos comunicamos de forma tan dispar, o si es cierto que me guardé todo lo bueno, la ilusión, el corazón brincando, y solo compartí las lágrimas cada 28 días (+/- 2) y la rabia y sensación de fracaso con cada embarazo ajeno.

Y la distancia fue creciendo. Yo no tenía mucho espacio para pensar en otra cosa y ver que no llegaba me preocupaba, me hacía vulnerable, irascible. Y él no entendía mi agobio y tal vez se agobiaba en un sentido diferente.

No le deseo ni a peor enemigo lo que pasó cuando descubrimos que lo nuestro iba a estar muy difícil. Solo quien ha sufrido algo parecido se hace una idea de los sentimientos, la pena profunda, los silencios, las discusiones, los lloros, los malentendidos, el proceso de encontrar otra vez cada uno su lugar, rehacer posiciones y no volver a poder hablar nunca más inocentemente de cuántos hijos tendremos ni de cómo se llamarán ni de si de mi genética se llevarán el color oscuro de pelo o la miopía.

Tal es el caso que, después del terremoto, ni siquiera queremos lo mismo. Me sorprendo imbécil perdida todavía obnubilada con la idea de una familia numerosa y parejo tiene claro que no más de dos y cada vez ve más factible que uno y gracias. Me acuerdo de nuestros sueños de juventud, de la lista con los imprescindibles de nuestra casa ideal que incluía un jardín grande, garaje y, no nos engañemos, lo demás está de más, tres churumbeles rubios, y no puedo evitar pensar en que esto de la infertilidad es una maldita apisonadora porque parte de la vida consiste en eso, en soñar, y de ahí ya quedan migajas.

A menudo me pregunto qué habría pasado si me hubiera preñado en algún momento del primer año y medio de búsqueda y seguro que habría vivido muchas noches sin dormir y muchas preocupaciones por motivos bien distintos, pero conservaría intacta la inocencia. La impresión de que todo va a salir bien. Pero eso lo dejo el punto 8.


7. Estoy a disgusto con mi cuerpo

Es un hecho que cuando uno tiene la autoestima un poco por los suelos o se pasa por una de esas temporadas en la que no te encuentras, se acaba pagando también con lo físico y se ven defectos que antes le pasaban desapercibidos. Pero no les quería hablar de eso, ladies and gentlemen. El disgusto que tengo es más profundo y motivado por dos factores.

El primero, el estrés y desazón de la primera etapa, que me provocaron insomnio (¡insomnio a mí, que he dormido de siempre con una facilidad pasmosa por muchos problemas que tuviera!) y un nudo permanente en el estómago que me impedía comer. Literal. Ha habido días en que si comía lo vomitaba. Vomitar de nervios es el nombre científico. Con este panorama, perdí bastante peso. Soy (o era) de metabolismo rápido, así que en general tiendo a estar delgada. No me peso nunca, pero por cómo de grande me quedaba la ropa, calculo que perdí entre 5 y 8 kilos. Después de esta época más ansiosa, llegó otra mucho más calmada en apariencia y el nudo en el estómago se fue definitivamente. Coincidió con un cambio de curro que hace que mi vida sea ahora más sedentaria y mis horarios de comidas un desastre. También sospecho que la calma esta es aparente y algo de ansiedad queda de fondo, porque rechino los dientes por la noche de forma brutal, pero este es otro tema. A lo que voy, resultado as per today: estoy como 5-6 kilos por encima de mi peso normal, calculo (sigo sin pesarme), ya que ponerme los vaqueros recién lavados es una odisea. Eso supone que mínimo estoy 10 kilos por encima de la época en la que estuve más delgada, apenas hace un año, que hay bastante ropa que no puedo ponerme y que me noto más torpe, lenta. O sea, que por unas cosas u otras, llevo un par de años con vaivenes de peso que muestran los vaivenes emocionales y ya empiezo a estar un pelín cansada de tanto bamboleooooooo.

El segundo factor es algo más chungo: la defectuosidad, el sentimiento de tener un cuerpo que no funciona. Cuando era pequeña, no sé, unos 7 años, en un plazo muy corto de tiempo descubrieron que tenía un ojo vago que había que azuzar con parche, lentilla y gafas (triple combo), y también que mi espalda estaba hecha un cromo, escoliosis de órdago por tener una cadera más alta que otra. Amenazaron con poner corsé y alza, y finalmente quedó en una plantilla muy gorda hecha a medida para poner por dentro del zapato y muchas horas de natación que odiaba a más no poder. Me acuerdo perfectamente que no se lo dije a nadie, pero no dejaba de pensar: “vaya una mierda de cuerpo que te ha tocado, que no funciona como tiene que funcionar, que no vale, que está mal hecho”. Pues ahora es más o menos igual. Vaya una mierda de cuerpo que no sirve. Aunque siga sin decírselo a nadie, me lo rumio yo todo por dentro.


8. Me han caído 30 años de golpe

¿Dónde estás, querida juventud? ¿Por qué leñes soy una SEÑORA mayor quejumbrosa y derrotista? Que ya solo me falta pronunciar en voz alta: “llévame Señor pronto contigo, que total, tengo la vida hecha”. Lo que hay que oír.




Ya os conté que yo he sido muy energética, de hacer muchas cosas a la vez, de proponerme cosas complicadas y encabezonarme y conseguirlas. He sido de ilusión y decepción fácil, una persona muy sentida, mari intensita, que se toma a pecho todo lo que hace. He creído que me iba a comer el mundo, que la actitud era importante y que la aptitud se perseguía.

Pues, ele, pa´ que aprendas, la infertilidad ha conseguido paralizarme y colocarme en un limbo en el que nada avanza, la vida es estática y el futuro no necesariamente es mejor que el presente. He frenado en seco. La actitud y la aptitud me son bastante indiferentes, me encuentro derrotada. No es sencillo encontrar un proyecto vital trascendente y motivador que llene el vacío de la no-maternidad.

No es lo único, de fondo hay un ruido constante de “hey, chata, las cosas pueden ir mal”. La inocencia se ha marchado malhumorada, pegando un buen portazo. Cuando cualquiera (generalmente mujeres) hablan de sus embarazos, partos, crianza, anhelos reproductivos… yo miro para otro lado. A veces recuerdo con nostalgia la época en la que yo estuve ahí. El golpe de realidad es una leche considerable.


9. Lo paso regulín en las fechas señaladas

Llámese cumpleaños (“oh, my Lord, otro año más… otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, los 35, están ahí, mierda, mierda, joder, ¿y qué deseo me pido yo cuándo sople la vela?”), Día de la Madre (“estooooooo… ¿y si hoy me tumbo en el sofá y me pongo un gintonics y no hago nada?”) o Navidades (“otro año más, otro año que te acerca peligrosamente a la barrera de los 35, mierda, mierda, joder, ¿y qué le pido yo a los Reyes?”)

Otras fechas molongas o celebraciones, pues tienen sus momentos curiosos; es decir, allí donde se concentran más de 4 personas con las que hay confianza relativa o nula y/o hay padres recientes y/o familiares de los que hace un tiempo que no ves (gensanta, esto incluye mogollón de fechas señaladas), las probabilidades de que se acabe hablando sobre tu afán reproductor son muy amplias y abarcan técnicas versátiles y de sutileza variada. Así que si estás bajita de ánimos y te pilla un día de esos de mecagüentó, no suele apetecer mucho ir a cumpleaños ajenos multitudinarios, quedadas de antiguos compañeros de instituto, carrera o máster, bodas, bautizos, comuniones, nacimientos… Ya expliqué que la presión acecha hasta en los velatorios y puede ser muy dura de sobrellevar en ciertas etapas de la infertilidad. Y cuando ya más o menos he avanzado de nivel, he ganado mil puntos de resiliencia suprema, he encontrado mi equilibrio personal y divino e inventado respuestas para toda clase de situaciones, resulta que tu entorno se ha ido desmembrando, y aparece el último punto de lo que la infertilidad de mierder ha traído a mi vida.


10. Me siento más sola

Ajá, repasemos los puntos anteriores: he estado muy triste, me he amargado bastante, el significado de lo que me rodea tiene una nueva dimensión, hay cosas que prefiero guardarme bien adentro, mi relación de pareja se ha resentido y las interacciones sociales propias de la edad y entorno en el que me encontraba tienden a hacer presente el maldito asunto infértil. ¿A alguien le extraña que con estos ingredientes me sienta y esté más sola y haya amistades y relaciones que valoraba que se hayan enfriado un montón?

En especial, las que más se han estropeado son con los amigos que han sido padres en el tiempo que nosotros llevamos buscando. Y es que conciliar el mundo fértil y el infértil requiere unas dosis de empatía, generosidad y comprensión mutua que al menos yo no he sido capaz de gestionar durante la etapa de dolor agudo inicial después del diagnóstico.

Sí, he tenido esa punzada llena de sentimientos encontrados cuando he recibido el anuncio de un nuevo embarazo, no he sabido dónde meterme cuando me han puesto un bebé cerca o directamente en brazos, me han dolido en el alma los infinitos comentarios bienintencionados de amigas y me han llegado a importunar cuando a pesar de mis caras o reacciones, se han hecho reincidentes. Las madres y padres recientes quieren hablar de sus hijos y yo como infértil convaleciente, niños y reproducción era el último tema del que me apetecía hablar. Claro, visto desde el otro lado, imagino que se hace un poco extraño y molesto que no preguntes por los retoños. Ya advertí que yo peco de todo, pensamiento, palabra, obra y omisión.

Lo que no quita que haya muchas personas a las que he echado de menos, que sabían lo que me estaba ocurriendo y no han sacado el tema, o peor, lo han sacado con tan mínimo acierto que no me han quedado ganas de repetir experiencia. Que tampoco han dicho “¿cómo estás, necesitas algo, me tomo un café contigo, me acerco a verte a casa?” 

Y no las culpo, acertar es complicado cuando una está tan sensible y comprendo que las prioridades cambian, el tiempo escasea y cada uno tiene sus problemas, y yo tampoco he estado ahí para escuchar sus andanzas como padres, es la realidad.

Para ser justa y poner peso en el lado positivo de la balanza, he de decir que otras amigas de las que ni siquiera sé si la maternidad entra en sus planes porque no había sido un tema de conversación entre nosotras ni han querido compartirlo conmigo después, han reaccionado con un cariño y una sensibilidad extraordinarias y me sigue llegando al alma cada vez que me dan un abrazo apretado. 

En resumen, no mola alejarte de gente importante para ti porque te superan las circunstancias. No mola que la gente que es importante para ti no entienda por lo que estás pasando. No mola nada.



En fin, que la infertilidad es así, te pone contra las cuerdas y 10 cosas se quedan cortas. Va a seguir lloviendo ahí fuera una larga temporada… me iré pillando un chubasquero que suelen estar de oferta en primavera y no descarto volver a escribir sobre ello de vez en cuando. La dignidad a tomar por saco.




lunes, 3 de abril de 2017

10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida (parte I)

De los creadores de 10 cosas hipster que puedo seguir haciendo porque no me preño y 10 cosas hipster que pienso hacer cuando me quede preñada, llega una nueva y esperadísima entrega: 10 cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida.

Sé que no podíais esperar, así que allá voy, sin más dilación. Como el post se me ha hecho un poco largo porque tenía mucho que contar y he llorado como una cabrona mientras lo escribía, no me ha quedado más remedio que sacarlo en dos partes. A continuación, las 5 primeras cosas en las que la infertilidad de mierder ha cambiado mi vida:

1. Los "bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?, te tocan los bolondongos de forma muy particular.

Aquí tengo que reconocer que ya me los tocaban de antes, porque es que esto de toda la vida me ha parecido muy básico: veamos, si una pareja no tiene hijos es a) porque no quiere o b) porque no puede, y en ninguno de los dos casos entiendo yo que tengan que estar dando explicaciones a diestro y siniestro sobre un tema tan íntimo, aunque es cierto que cuando todavía era cándida e ingenua, el cotilleo ajeno no me resultaba tan desagradable. Y como dice parejo, en definitiva, aquí entra en juego la suegra y su impagable labor social de meter prisa para la conservación de la especie. Pero vamos, que somos todos mayorcitos y sabemos la teoría de cómo se hacen los churumbeles, por tanto si quiere usted sacar un tema de conversación por matar el tiempo, encarecidamente le recomiendo que mejor comente sobre la evolución del PIB en los países de la antigua Yugoslavia, por mencionar un sencillo ejemplo. 

Asimismo, se ruega eliminen de sus conversaciones cualquier referencia a las criaturas que usted asume que están por venir, especialmente las del tipo amenazante: "uy, claro, cuando tengas hijos tú ya verás..." o los increíbles: "se os va a pasar el arroz, claro, como ahora la juventud es tan egoísta" y “ a ver si es que no vais a servir”. Atiende. 

Puede parecer una queja exagerada (que lo es, al fin y al cabo idiotas e imprudentes hay en todos lados, y bueno, al final resulta que de algo hay que hablar en este mundo), pero si contara la de veces que me he visto en situaciones verdaderamente incómodas tendría para escribir no un post, sino un libro. Desde las personas cercanas que no se dan enteradas con una evasiva seca: "nosotros, de momento, no" y siguen metiendo el dedo en la llaga: "pero, ¿por qué? ¿Es que os da miedo, verdad? ¿Es que tienes mucho curro?" y hasta que no rompes en llanto no paran "mira, no, es que no podemos" y luego, no te lo pierdas, para colmo se incomodan con tu respuesta, leñe, no haber preguntado, hasta los amigos o cuasicompletos desconocidos que sacan a relucir tu vida reproductiva en el curro, en un cumpleaños y en el tanatorio si se tercia. Hasta cuatro veces. Y es que cualquier ocasión es bienvenida. Ahora, no en un momento de conversación a corazón abierto sobre lo humano y lo divino, no, a bocajarro y sin venir a cuento anytime, anywhere. Plas, plas, aplausos.





Lo mejor, ante la presión ajena, cuando ya dices "mecagüentó, estoy ya hasta ahí mismo y a este metomentodo le voy a soltar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad" y recibes respuestas maravillosas. Lo que me lleva al punto 2.



2. Por desgracia, sé más de infertilidad de lo que me gustaría saber. Y muy posiblemente, sé mucho más que tú.

Pero gracias por los consejos no pedidos y el resto de preguntas incómodas. Nombraré solo alguna de las más repetidas, pero el abanico es amplio y variopinto. Aviso a navegantes, nunca sabes por dónde te van a salir, así que no intentes estar preparado, mejor reacciona sobre la marcha. Aquí la improvisación es clave:

·         ¿Y quién de los dos tiene un problema?: verídico, gente con la que apenas has intercambiado unas palabras y a las que has intentado espantar a base de firmes y cortas respuestas, se esconden detrás del visillo, asoman media cara arrugando la nariz y aprovechan el jugoso momento para continuar satisfaciendo su curiosidad. Ojo, no es solo cosa del español medio, por si creían ustedes que esto del cotilleo es menester patrio; esto te puede ocurrir en cualquier lugar del mundo. Como contestar a tal impertinencia con un: “¿acaso le importa?” puede romper importantes acuerdos locales e internacionales, yo opto por la vía del medio y respondo: “pues los dos, señor, los dos tenemos un problema” y que entiendan lo que les dé la gana. Libre interpretación.

·         No te preocupes, puedes adoptar: pfffffffff, ¿qué decir? Esta es una de las respuestas que más me cabrean, es que me llevan los demonios. Creo que en alguna ocasión no he podido contenerme y he soltado a bocajarro: “usted también”. Sí, sé que es una idea descabellada en la mente de muchos, ¿se imaginan?, aunque una persona/pareja pueda tener hijos biológicos, también puede adoptar. Pensamiento subversivo, ¿eh? Gracias por poner sobre la mesa una alternativa tan innovadora, no se me había ocurrido, a mí, que siempre he considerado la adopción como una vía más hacia la maternidad, que desde muy joven he pensado que algún día me lanzaría a tener un hijo adoptivo y que, desde mucho antes de intentar tener hijos biológicos, me he informado sobre el proceso de adopción y conozco la teoría de los pasos, requisitos, procesos y problemática específica a la que puede enfrentarse una familia con miembros adoptivos. También podemos hablar sobre la acogida, de urgencia, temporal, permanente, programas de verano, lo que prefieran. Ya que nos ponemos… ¿Tan difícil es entender que el duelo por la infertilidad es independiente de la posibilidad de la maternidad adoptiva? ¿Tan loco es callar antes de hablar sobre un tema del que no se tiene ni idea?

·         Pues yo conozco a alguien que tampoco podían y chica, después de 4 tratamientos al final se quedaron de forma natural: ya, y yo conozco a uno que le tocó la lotería y no por ello te aconsejo que eches la primitiva y te tranquilices si no encuentras trabajo. No soy tonta, en la infertilidad en pocos casos hay imposibles, pero sí harto improbables. Me alegro por tu amigo. Por cierto, el mensaje implícito no me gusta un pelo, ¿o solo yo entiendo que en el fondo me estás queriendo decir que soy idiota perdida por plantearme un tratamiento de reproducción asistida?

·         A lo mejor lo que necesitas es relajarte: alma de cántaro, que van tres años… Además, quédese tranquilo, que en este tiempo por suerte hemos podido disfrutar de bastantes vacaciones: Berlín, Mallorca, La Palma, Marruecos (dos veces), Suiza, Menorca, Japón, costa peninsular (Valencia, Cádiz, Málaga), aventuras en los mares, Bulgaria… Y no, no ha habido preñamiento. Es absolutamente amazing.

·         Bueno, si no puedes tener hijos, tampoco pasa nada, siempre puedes encontrar otros proyectos: ¿de verdad? Gracias, mil gracias, mi vida es vacía y miserable sin niños, está claro que tendré que buscar alguna alternativa.

·         No te quejes, peor están los refugiados sirios: esta tampoco me la he inventado, es de verdad verdadera. Lo bueno, es que vale para consolar cualquier cuita. Hemos hallado el comodín definitivo.





3. Me he vuelto más reservada. 

Estoy cansada de escuchar mi runrun interno, cansada de aburrir con él al parejo, escarmentada de las ocasiones en las que he compartido lo que ocurre mi entorno más cercano y también en el más lejano. Prefiero callarme y no hablar de nada que tenga que ver con la no-maternidad o la maternidad, reprimirme y acorazar mi muro. No quiero seguir llorando a menudo. Desde el primer año de altibajos en la búsqueda a la aceptación de que no tengo absolutamente ningún control sobre lo que esté por pasar y que, desde luego, con casi total probabilidad tenga que despedirme de la familia numerosa que soñé, he llorado demasiado y he destruido demasiado. Me aburro yo misma y siento que aburro a los que están a mi alrededor, me cuesta abstraerme de la infertilidad, me siento infértil 24 horas al día, pienso en ello a menudo y situaciones muy cotidianas me lo recuerdan a diario, pero me lo guardo para mí y comparto muy poco mis sentimientos. 

No he encontrado una forma mejor de protegerme ni de proteger a lo que más quiero, al parejo.


4. El mundo ha cambiado para mí.

Cuando me acuerdo de todas las cosas que hacía antes, con las que me ilusionaba antes, no me reconozco. Solo hace 3 años yo era capaz de desempeñar un trabajo cualificado y muy exigente, estudiar una segunda carrera que me apasionaba, planificar y ejercer de ayudanta en la reforma integral de un piso y cultivar un número no despreciable de aficiones activas: escribir, fotografiar, aprender idiomas, viajar, soñar despierta. Podía y me gustaba tener muchos frentes abiertos, era inquieta, me interesaba casi cualquier tema. Y de repente, apenas me veo con fuerzas de llevar una vida ordenada y cumplir con lo que para mí son unos mínimos. Mi energía ha desparecido. 

Hay ciertos pasatiempos que he preferido aparcar por mi salud mental, como coleccionar cuentos ilustrados. Ya nunca me paro en la sección infantil de Ikea ni me detengo en escaparate ninguno con ropa de bebé. Interesarme por las maternidades ajenas me duele mucho y no hacerlo, casi más; saber me enfrenta a lo que tal vez nunca sea y no querer saber me hace sentir muy culpable. Elegir un regalo para un sobrino o para el cumpleaños de uno de los hijos de mis "antes amigas" se ha convertido en un gesto sin doble significado. Recibir la noticia de un nuevo embarazo me provoca una mezcla de alegría amarga, indiferencia y ganas locas de salir a correr al Retiro (he de decir que aquí hemos progresado adecuadamente, ya no me pillo lloreras de órdago ni pongo a todo trapo la canción de "Wake me up when it's all over"). Estudiar Psicología del Desarrollo es un mero trámite científico. 

En resumen, en mi vida y, en especial, durante el primer año de búsqueda de preñamiento, todo era una extraña mezcla de ilusión y decepción inocentes, un mundo compuesto de dos capas: la de los acontecimientos que ocurren y los que están a punto de llegar. Los segundos ya no existen. No sé lo que me espera. 

Admiro profundamente a los que han sido capaz de verbalizar, escribir, declarar o visualizar un futuro que abarca un proyecto difícil, el que sea. Yo no puedo. No puedo verme ni declararme madre, no puedo vencer el miedo que es como un monstruo grande, amorfo y pegajoso que va lentamente ocupando cada recoveco. Tres años se me hacen demasiados y pueden ser muchos más, puede no llegar... quizá con suerte pueda ser madre una vez, no quiero ni pensar más allá, ¿qué habría después? ¿Otra vez en la casilla de salida? Si ya me siento exhausta... ¿cuántas veces tendré que volver a estar en el punto de partida? ¿Cuánto aguantará mi salud, nuestra economía, nuestras fuerzas, mi edad, mis ilusiones?

Lo que sí sé es que nada volverá a ser como antes...como dice la canción.

5. Hay emociones que ya no siento y otras que han regresado con fuerza.

Desde que la infertilidad me acompaña, no siento rabia. Nada, cero, caput, finito. Casi nunca, en ninguna situación, me cuesta muchísimo enfadarme y eso que yo he sido de un humor, ¿cómo definirlo?, gata pisada del rabo. Simplemente ha desaparecido, puf, se esfumó.

En su lugar han aparecido la culpa, la desesperanza y una tristeza lenta y profunda, oscura, pura, sin matices, que me ahoga, se mece tranquila y campa a sus anchas en mis entrañas, pesa, es densa, plomo líquido, sabe a metal. Ya nos conocemos, nos hemos acostumbrado la una a la otra, nos miramos a los ojos, nos desafiamos.

He pasado dos duelos muy intensos, pocas experiencias se me ocurren más brutales que ser huérfana a los 19 e infértil a los 29. Joder, cuantísimo duele escribirlo. Dos acontecimientos independientes, dos tormentas con rayos, truenos, centellas, con similares resultados, los despojos de un cuerpo naufragado en una playa desierta, y sin embargo de evolución tan diferente. Dos hechos separados por una década, dos noticias inesperadas, dos veces las palabras que apenas se tardan 30 segundos en pronunciar y cambiar un rumbo, dos ausencias que forjan ese carácter en el que no quiero estar más; una historia, la mía, marcada por las etapas que aún no tocan, los imposibles, nadando a contracorriente. Y no hay mejor o peor, de momento solo hay irreversible frente a incertidumbre. 

Pero la orfandad y la infertilidad se parecen en que es estar sin paraguas cuando llueve. 









jueves, 23 de marzo de 2017

Y tú, ¿por qué reciclas?

Domingo por la mañana, sol radiante en el centro de la granciudad, hemos dejado atrás los dos primeros meses de 2017 y me he dado por revisar los propósitos del año. Desastre. Uno de ellos reza: "leer más ficción", lo que en principio es fácil porque básicamente mi vida apenas me da para leer en mis escasas vacaciones. Así que "más" podría traducirse en un miserable libro.

- Nenis, esto no puede seguir así. Lo del deporte dos días a la semana se te perdona, que eso es claramente específico y concreto, normal que te dé pereza. Ahora que lo de leer más ficción no tiene excusa, chata. Vete a la biblioteca y así de paso te das una vuelta por el Retiro, que siempre sienta bien - me recomienda con sabiduría mi conciencia. 

- Vaaaaaale - le contesta fastidiada mi inconsciencia.

- Y llévate el cartón cuando salgas, ya que estás - me recuerda el parejo. 

Ele, el cartón de los bolondongos. Las cajas de Amazon y de sufrutamadre, pesar, no pesan, pero y lo que odio ir haciendo equilibrios por la calle con las cajas de las narices. Que sí, que podría plegarlas en casa antes de salir, aunque no está el suelo defectuoso que nos dejaron los mamonazos de la obra como para andar pegando saltos sin control, que a mí el cartón me gusta destrozarlo a leches antes de meterlo en el contenedor de reciclaje, qué pasa, hay que descargar por algún lado. 

- Oye, y tú, ¿por qué reciclas?- oigo una voz a mis espaldas. 

Dejo de saltar sobre la caja sorprendida, me doy media vuelta y me encuentro a un individuo de extraño aspecto con un vaso de Starbucks en la mano. Hago como que el tema no va conmigo, doblo la caja con indiferencia y la introduzco en el hueco del contenedor. 

- ¿Eres de las que recicla por convicción o una de esas tipas que solamente hace el paripé y así lavas tu conciencia pensando que estás haciendo algo por detener el calentamiento global? - insiste con fuerte acento argentino mientras le da un sorbo largo a su café y me desafía con la mirada- Yo es que trabajo en el quiosco de aquí al lado, ¿sabes?

- Ajá- salto sobre la siguiente caja, con más mala leche que la anterior. 

- Entonces, ¿qué? - saca la mano que no sostiene el vaso del bolsillo de su cazadora vaquera y hace un gesto de impaciencia. 

Joder, cómo está el patio. Me agacho, recojo la caja que acabo de aplastar del suelo y sigo mi ritual con parsimonia. 

- Pues mira no, yo es que reciclo porque mi marido me obliga- le contesto. Hala, con un par. Me observa con incredulidad, parece que ya se va dando cuenta que estoy un poco pa' allá. Empiezo a saltar con furia sobre la última caja y me vengo muy arriba- Sí, sí, mi marido, ¿sabes? Que si por mí fuera, le iban a dar mucho por saco al reciclaje y al calentamiento global y a las pamplinas. A tomar viento, si por mí fuera, yo es que lo tiraba todo al mismo lado y punto, ni cartón, ni vidrio ni leches que te crió. Todo junto y a la mierda.

Tiro la última caja y me sacudo las manos. Me dirijo a él y levanto la barbilla en plan chulita antes de seguir calle abajo. 

- ¿Ves? - le oigo gritar a mis espaldas- Si por algo digo yo que se está mejor solo.

Chatungos, mi vida en la granciudad es puro surrealismo.



martes, 14 de marzo de 2017

Marejada

Alrededores del 11 de marzo de 2014. Bar Vacaciones, calle Espíritu Santo, Malasaña. Reunión de compañeros de máster, Raquel celebra los 32. Llegamos un poco antes de lo previsto, se nos ha dado bien aparcar. En la entrada nos encontramos con una pareja, damos por hecho que somos los primeros en aparecer y nos ponemos a hablar.

Mi memoria es auditiva, los hechos pasados se reproducen como si alguien me contara un cuento, con una sola excepción: la ropa, la mía, soy capaz de visualizar con nitidez qué prendas llevaba en un día concreto. Quizá sea ese el motivo por el que me cueste tanto hacer limpieza de armario. Sin embargo, ni un recuerdo de lo que llevaba puesto en aquel momento. En cambio, sí veo la camiseta blanca de rayas negras horizontales de ella, la barriga incipiente, el abrazo de él, y la esperada pregunta:

- Bueno, qué, ¿y vosotros para cuándo?

Parejo me mira y sonríe. Desde hace largo tiempo es un tema recurrente en nuestras conversaciones. En realidad siempre ha estado ahí, la maternidad en mi vida es el ruido de las olas en una ciudad costera. Psssss, pssss... una cadencia rítmica con la que convivo a diario, que me mece en sueños, a veces temporal, a veces marea baja. Las épocas de marejada se suceden con mayor frecuencia, rompen las olas enfurecidas en el muro que he ido construyendo a medida. 

- Nosotros, para mi cumpleaños - resuelve. Me coge la mano.

Abril, su cumpleaños. Fisura en el rompeolas, la presión se descarga al otro lado, son todo fugas. Me tiemblan las piernas.



Han pasado tres años. 

Uno: risas, esperanzas, planes, ilusiones. Vaivenes previstos, bendita inocencia. La misma mano que cogía la mía, ahora me acaricia con el dorso la mejilla, borra con delicadeza el rastro de un llanto silencioso.

- No estés triste- susurra. 

Dos: discusiones, incredulidad, miedo, incertidumbre. Un vendaval con ínfulas de huracanado. Nuestros cuerpos, desechos, abrazados en el sofá nuevo, dirimiendo quién se quedará con las gatas. Estoy triste, muy triste, todo el tiempo. 

- Me quedo- declara.

Tres: sosiego, silencios, espacio, penumbra. Empiezo a perder la cuenta de las ilusiones que me he dejado en el camino. Estoy cansada, irritable, me cuesta encontrar la perspectiva. La vida ha seguido su curso, soy yo la que he me detenido. Me siento pequeña, endeble, incapaz, terriblemente sola y perdida. No soy más sabia, solo tengo más canas; mi defectuosa genética se ha esforzado por ir completando lo que empezó a los tiernos veinticuatro. 

Ya no escucho el ruido de las olas en mi ciudad particular, es duro vivir en el interior cuando te has acostumbrado a la costa. 

Creo que he insonorizado el muro. 




lunes, 6 de marzo de 2017

La Boheme

Yo era carne de adosado, jardín con adelfas y tardes de verano impregnadas en olor a crema solar en la piscina, monovolumen con espacio para tres sillitas, sábados de 3x2 en Carrefour. Boda de blanco impoluto y cabeza coronada de azahar, luna de miel en isla paradisíaca, cuna arrimada a la cama de matrimonio, domingos de sobremesa en casa de la suegra. 

Ni en el mejor de los guiones alternativos me había imaginado yo que mi vida a los treinta iba a transcurrir en un barrio céntrico en la granciudad, ese espacio compuesto por apenas la decena de calles que transito habitualmente, amurallado como si de fosos se tratasen por las arterias que delimitan sus dominios: a un lado, casa; al otro lado, territorio comanche. Alcalá, Paseo del Prado, Atocha, Jacinto Benavente y Carretas. Vuelta a empezar. 




Bullicio y desorden de coches y viandantes que esconden en su interior calles estrechas e inusitadamente vacías en su mayoría, con la honrosa excepción de Huertas, esa sí, que aparece en todas las guías. Por lo demás, auténtica rutina de pueblo en plena urbe salpicada de momentos surrealistas de los que me hacen sonreír por dentro: el peluquero que finge como que recuerda mi nombre y me peina a ritmo de grandes divas del soul; el portero que siempre, siempre, está en la cafetería Cervantes en la terraza tomando algo, nunca me fijo el qué, haga frío o calor o caigan chuzos de punta; el hermano perezoso del churrero, todas las mañanas sin faltar ni una apostado en el lado de los pares fumando tranquilo un cigarrito mientras su hermano suda la gota gorda; el óptico que me sonríe y me pregunta cómo estoy de verdad, esperando respuesta, y que yo sé que me lee en la sombra; la señora de la cristalería Venegas, que me agarra el brazo mientras me habla como si fuera una vieja conocida y me aconseja qué marco ponerle al cuadro del ganso que me regaló el parejo, y yo que no le hago ni caso y voy por libre, y después me cuentan el cachondeo que han tenido en el taller porque "no te vamos a engañar, es que vaya marco más raro has elegido, demasiada enjundia para un ganso a fin de cuentas, aunque al final tenemos que admitir que ha quedado precioso"; el camarero de El Alambique que nada más vernos entrar recita de carrerilla eso de dos somontanos, berenjenas con salmorejo y pollo al curry, a ver si queda sitio al fondo de la barra que sé que os gusta.



Quién me iba a decir que encontraría el sosiego en el barrio, Cortes, de las Letras, de las Musas, La Boheme, la boheme... paisaje urbano que me era tan ajeno y hostil, tan lejos de la calma chicha de las urbanizaciones cerradas con columpios para niños y dos plazas de garaje por vivienda. 





A veces siento nostalgia de lo que pudo ser y no fue y echo de menos el aroma de las adelfas y sobre todo, la cuna arrimada. Se me pasa pronto. Y es que las malas épocas en la granciudad, lo son menos.

Gracias, Madrid, barrio, mi barrio, por todo lo que me has dado. No tengo vidas para devolvértelo. 

jueves, 10 de noviembre de 2016

De repente

Ando un poco preocupada: Monica y Chandler se van a casar. Y ya me huelo lo que viene después.



Que estaréis pensando: "pues vaya descubrimiento". I know. Pero es que yo no he visto nada de las cosas míticas que se supone que uno tiene que estar viendo entre, digamos, los 8 y los 14 años, y no había visto Friends hasta ahora que me he enchufado Netflix en casa. Verídico. Lo único que me sabía de memoria de la serie era la canción del comienzo porque la aprendí en clase de inglés en el instituto.

So no one told you life was gonna be this way...tiquitiquitiquití.

Y ando enganchadita perdida. La quinta y sexta temporada me han hecho reír a carcajadas, aunque ahora Monica con tanta idiotez por la boda y tanto "Chandler, you are so sweeeeeet" se me está empezando a atrangantar. Rancia que es una. 

Por cierto, que Chandler se pone muy pancetas y se desmejora que da gusto con el paso de la serie. En algunos momentos me recuerda a Elvis en sus peores tiempos. Pobrete, algo pocho le pasaría, porque tiene como cara de estar chutado de antidepresivos o peor.

Aparte del tardío descubrimiento televisivo y las tardes de risas, Friends me está haciendo darme cuenta de lo viejuna que estoy, de cómo siento que me han caído 20 años de repente, de cómo se me ha escapado la primera juventud y la inocencia tan bonita que tenía yo a los 26. Cuánto lo echo de menos, es la mejor edad del mundo, la vida debería congelarse a los 26. Es algo que ya me llevo un tiempo rumiando, supongo que simplemente estoy en las últimas fases de salir a la superficie después de una temporada en las profundidades y la vuelta será apoteósica. Tengo como nostalgia permanente, pena por las cosas que no han sido. No sé cómo explicarlo muy bien. Bueno, sí, lo que pasa es que he empezado el post hablando de Friends y ya me he venido abajo para contar mis penas y me apetece más hacerme alguna otra pregunta existencial sobre los personajes. Veamos:

  • ¿Por qué Rachel sale casi siempre empitonada? Esos pezoncillos...¿o era el fashion style de los 90?
  • ¿Qué es de los trillizos de Phoebe? ¿Por qué es tan evidente que Phoebe es mayor que los demás?
  • ¿Por qué a Rachel y a Monica les crece el pelo al principio de la temporada 6? ¿Fue ese el comienzo de la moda de las extensiones? Comparen con la imagen anterior y juzguen por ustedes mismos. ¿Se trata de una estratagema de los directores para taparle los pezoncillos?

  • Hay un momento en el que Ross tiene #pelazo, ¿verdad? No sé, es que lo veo y me suena como música del Partido Popular de fondo: tinín, tinín, tininininini...


Por favor, que a nadie se le ocurra espoilearme el final de la historia. Todo a punta a embarazo a la vista. No hace falta ni confirmar, ¿verdad?


domingo, 16 de octubre de 2016

De vuelta...

No tengo perdón. Ni olvido. Más de tres meses con esta ventana cerrada, sin airear la casa, sin contar nada de lo que me pasa ni de lo que no. Que casi es lo segundo lo que predomina. 



Bueno, a lo mejor hoy estoy en modo agonías y de verdad verdadera que mi vida ha cambiado un poquitín desde el día 1 de julio, que se dice pronto, ya han pasado tres meses y medio desde la última vez que publiqué, señores. Va a ser que sí me he ido de vacaciones aventurillas con el parejo y que tenía previsto contarlo todo, con inicio de novela incluido, que en agosto estaba yo muy motivada para presentarme al premio Planeta y firmar en la Feria del Libro del año que viene. Así de fuertes y reveladores han sido mis vacaciones de este verano. Aunque de la novela no haya escrito ni una coma (aún). También es cierto que mis viajes por Europa se han intensificado, los de curro me refiero, y en lo que va de año he estado en 9 países, y me ha dado tiempo de repetir en alguno. Y oye, no voy a negar que he dejado de lamentarme un poco por las esquinas después de los 12 meses más tristes de mi existencia, aunque hay días en los que no me queda muy claro si es cosa del tiempo, de las hormonas, o simplemente de esa nostalgia que se ha atrincherado en mi corazón y ha hecho costra, días que me piden a gritos llorar bien alto acurrucada en el sofá con una mantita de las gordas encima, llorar hasta derrumbarme, llorar hasta reventar, llorar sin consuelo porque no hay consuelo posible, ni abrazos que me sirvan, ni ojos en los que reflejarme, ni ganas de compañía, ni lágrimas me quedan. 

Lo mejor es la lista de temas que metódicamente he ido anotando desde que empecé este blog, desde mis paseos y descubrimientos por esta granciudad que me mata cienes de veces y cada vez me engancha más fuerte, hasta los sentimientos que no me atrevo a plasmar, tantas cosas por contar... sin hilo conductor, un batiburrillo de chorradas varias mezcladas con retazos de una realidad que duele a ratos y saca una sonrisa re-torcida en otros, como la vida misma, al menos, como mi vida misma. 

Venga, le doy al botón de publicar con el firme compromiso de no dejarlo pasar tres meses más. 

Espero encontrarte al otro lado de la pantalla. 

viernes, 1 de julio de 2016

Hasta los ovarios profundos

Hoy vengo a quejarme. Necesito soltar.

Me ha costado decidirme a escribir una entrada tan personal, pero al final he pensado: "total, si no me lee ni perkins y asi me desahogo que me vendrá bien".



La ansiedad ha vuelto a mi vida. Llevaba unos años a raya y no la echaba nada, nadita de menos, pero la japuta no ha tenido este hecho en consideración y últimamente me visita en momentos puntuales. Y me lo hace pasar francamente mal. De momento, se presenta de noche y me quita el sueño. No me había pasado antes, a pesar de las preocupaciones siempre he dormido como un lirón. 

Conozco las técnicas básicas de respiración y todo el tema, pero no me funcionan. A lo mejor debería levantarme de la cama y ponerme a hacer yoga directamente, pero en esos momentos me siento ridícula por querer llegar a ese extremo. Me digo: "no hagas tontunas ni te vayas ahora a saludar al sol, que ya se va, ya se va..." Y no. Se queda. Nunca había tomado nada para calmarla, y recientemente he probado las pastillas de valeriana y he ido al herbolario a por comprimidos de efecto placebo. No me sirven, aunque me las chuto igual por si las flies. El asunto es hacerse adicta a algo.

Mi cabeza piensa demasiado y demasiado rápido. Mucha culpabilidad, muchos cambios en los últimos tiempos, mucha desilusión y pérdida de control de mi vida, para mí, que soy doña planificación y doña orden, y para más inri mari intensita.  



Objetivamente, las circunstancias no acompañan. Casi todo lo que de verdad me llena está patas arriba: mi parejo y mi pareja, personas a las quiero mucho y no estan pasando por su mejor momento, mi casa, mis planes de futuro. Estoy contenta a ratos, pero no feliz, no sé si me explico. Y no consigo centrarme, no saco las fuerzas que hacen falta para poner un poco de orden, priorizar e ir poco a poco solucionando lo que dependa de mí y dejar en manos del destino lo que no. Uffff.

Por otro lado, me siento muy sola. Echo de menos a los amigos y amigas de siempre, las risas despreocupadas, los planes divertidos. Por unas cosas u otras, algunas relaciones que realmente me importaban se han enfriado y la verdad es que ya hace un tiempo que me pesa. Imagino que a ellos también, que esto va en dos direcciones, y la falta de comunicación y los silencios, los cambios naturales de prioridades por los momentos vitales que atravesamos, duelen a ambos lados.

En todo este batiburrillo de mierdas varias, pues por supuesto que yo no he sabido gestionar bien lo que me ha ido viniendo. He puesto el piloto automático, modo survival on, y no he visto las señales ni he sido todo lo madura emocionalmente que debiera ni he atajado los problemas a tiempo. La he cagado mil con algunas actitudes, me ha podido mi dolor y he sido una egoísta. No he medido bien el impacto de mis hechos, no he sido capaz de hacerlo mejor, ni ha habido mala intención, pero los resultados ahí están y en fin, reparación no tienen porque no hay vuelta atrás.

Yo creo que es el peor momento de mi vida. Sin paños calientes, tengo ratos muy chungos. 

Necesito pasar a la acción, estoy paralizada. Y el caso es que se juntan tantas cosas, combinan tan mal con la apatía que me invade, que no sé por donde empezar. 

Estoy jodidilla. Ahí vamos.

lunes, 23 de mayo de 2016

No sin mis oros, antes muerta que sencilla

Me suena que alguna vez os he contado ya que viajo un cojón de pato por trabajo.

La gente suele pensar y hasta decir: "oh, qué guay, qué hipster, qué global todo, cómo mola tu rollo, eres la más mejor, me encantaría viajar por el world y encima topagao' como tú". Ains, pobres, yo también lo creía así y me engañaron, por lo que me veo en la tesitura de advertir a la chavalada: chatos, viajar por curro es una caca de la vaca que consiste básicamente en conocer todos los aeropuertos del maldito world con sus mismas tiendas duty free en las que tu mierdasueldo solo alcanza para mirar escaparates, y hacer jornadas maratonianas en hoteles impersonales donde te da igual estar en Kuala Lumpur o en el chiquipueblo, total, no ves la luz del día. 



Muy global como se puede intuir. Un poco asco además.

Y, por supuesto, no olvidemos la parte de pernoctar y echar de menos la almohada y los abrazos del parejo. No, que no estoy para nada positiva, siento que me están robando un valioso tiempo de vida.

En los hoteles soy bastante desorganizada. Esto lo he comentado mucho y hasta en una ocasión leí un artículo, parece ser que es un hecho común, que en casa ajena digamos que nos puede el desmadre. Casi nunca deshago la maleta, total, para uno o dos días, y desperdigo mis pertenencias por toda la habitación: los zapatos por aquí, el bolso abierto por allá, el cargador del móvil en una mesilla, el móvil en la otra, las gafas sobre el escritorio, el neceser donde caiga...muy locamente, marcando territorio, que se sepa que ese es mi espacio por unas horas.

Otra de mis manías es quitarme todos los complementos cuando estoy en la habitación, lo hago también en cuanto cruzo la puerta de casa: fuera reloj, pendientes, anillos, collares, pañuelos...me pesan de repente, en mis dominios agradezco la desnudez. Y los pijamas del comando antimorbo. 

Ahora que os he puesto en situación con mis parafilias y secretitos confesables, os podéis imaginar la estampa en la que estaba yo plácidamente durmiendo en una fría capital centroeuropea (habitación de hotel hecha unos zorros y bien calentita yo, tapada hasta las cejas y enfundada en mi pijama de borreguito) cuando a eso de las cuatro de la madrugada oigo a los lejos un "tiruriru, tiruriru" con toda la pinta de ser una alarma de incendios.



Pues no habré escuchado yo veces lo que hay que hacer en caso de incendio en un hotel. Ja. ¿No dicen que hay que salir de la habitación con lo puesto, lo más rapido posible? Pues yo a lo mío, siguiendo el orden natural de las cosas.

Lo primero, abrir la puerta de la habitación y salir incrédula al pasillo a comprobar que efectivamente es una alarma de incendios del hotel. Varias veces, en bucle: abro puerta, cierro puerta, abro puerta, cierro puerta...empanamiento a las cuatro de la mañana. Efectiviwonder, es una alarma de incendios, chatunga.

Lo segundo, pensamiento estratégico: "joder, joder, estoy con el pijama de borreguito blanco/gris de lavarlo con la ropa de color. Mmmm...mmmmm...no llevo sujetador, se me transparenta un poco el tetamen. ¿De verdad tengo que salir a la calle en plan comando antimorbo? Mmmm, espera, mejor llamo a recepción antes de hacer una estupidez y compruebo que es una alarma de incendios".

Teléfono, recepcion... ¿no suele ser el nueve? ¿Por qué no da señal el puñetero? A ver, que busco las instrucciones. Leñe, qué difícil sin gafas encontrar nada. Ah, aquí, que hay que marcar el 0 delante. A ver, 0 y 9, por fin, da señal. Mierda, no cogen. Pues va a ser un incencio, sí. Igual está ardiendo la planta baja. 

A todo esto, mientras, "tiruriru, tiruriru", la alarma incesante.

Tercer paso, me asomo otra vez al pasillo estilo vieja del visillo a comprobar que no estoy loca y la peña esta evacuando. Evacuar sola me da pereza. Mejor hacer el ridículo todos juntitos. Al otro lado del pasillo, una compi de curro bastante más avispada que yo, menos mal: 'shhhh, Lajis, que tenemos salir por patas ya, venga, a la salida de emergencia".

Y le pido un momentín. Con todo mi papo.

"Anda, chata, déjame un momentín, que tengo que coger unas cosillas".

Cierro la puerta de la habitación temblando, y pienso rápidamente y con una lucidez que asusta: "voy a pillar un abrigo para disimular las transparencias del pijama y voy a salvar alguna de mis pertenencias, si esto arde todo yo quiero tener conmigo mis anillos de casamiento".

Los anillos de casamiento, los oros, como las urracas.



Ponte a buscar los anillos de casamiento a esas horas, sin gafas, entre el desastre de la habitación y con la presión del "tiruriru, tiruriru" de las narices. Vamos, que te da un jari hasta que los tanteas en la penumbra y te los pones, el de pedida en la derecha y el de matrimonio en la izquierda, con el nombre del parejo en los dos mirando hacia dentro, como siempre los llevas.

Ele, ya estás preparada para lo que pueda ocurrir, con tu pijama antimorbo, las zapatillas de deporte, el abrigo bueno y los oros. Divina, como tú eres. Lista para desalojar.

Tu compi está flipando pepinillos en la puerta de tu habitación. "¡Vamos, vamos!". Es ella quien te guía por la salida de emergencia, que tú no riges. 

La recepción está a rebosar, hay de todo: desde el que sí ha hecho caso a las recomendaciones de seguridad y ha bajado en calzoncillos, hasta el que le ha dado tiempo a ponerse la gomina y vestirse para salir de fiestuqui. En lo que tú buscabas los anillos. Inquietante. 

Afortunadamente, el incendio está localizado y no es nada grave, un transformador eléctrico en la quinta planta del edificio, no ha afectado a otras estancias. En una hora está resuelto, despliegue de medios, bomberos, policía, el de recepción de un lado a otro, corriendo como las locas, como para coger el teléfono está el chaval. Menudo marrón de turno le ha caído.

Todo queda en la anécdota de una noche movida. Tardaré media hora mas que el resto de huéspedes en subir a mis aposentos, por eso de que no he cogido tampoco la tarjeta que abre la habitación y tendrán que hacerme un duplicado. Por suerte, suelo ser de sueño fácil.

Moraleja: en caso de emergencia, no se me ocurre a mí pensar en objetos tales como monedero con dinero, pasaporte, móvil, gafas, llaves de la habitación. No, con lo racional que soy, me puede el lado sentimental y pienso en lo único que si se quemara realmente me daría un disgusto, por ser irremplazable. No sin mis joyas.

Moraleja 2: el tiempo que tardé en reaccionar y rescatar los anillos, podrían haber sido unos minutos valiosos para salvar la vida si la cosa hubiera sido fea de verdad. Ole yo, que podría haber muerto calcinada, ahora bien, con los oros puestos.